Los carpinteros de la bahía

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Quico (izquierda) y Álvaro Porres posan junto a uno de los barcos de madera con el que han venido trabajando en su taller de la calle Gamazo, junto a Puertochico. / Andrés Fernández

  • Dos hermanos recuperan en Santander el viejo oficio de los calafates. "Hay botes que están tirados por ahí y no han visto el agua en 15 años...", dicen

"Santander tiene una de las bahías más bonitas del mundo y un barco es la mejor manera de disfrutarla". Es una buena razón, la que esgrime Quico Porres, para ‘embarcarse’ en una aventura como la suya: montar un taller para el mantenimiento de barcos de madera, para su reparación y, llegado el momento, para la construcción de nuevos modelos. Es un oficio muy viejo en Cantabria, pero ya desaparecido. Por eso su recuperación a cargo de Quico y de su hermano Álvaro constituye una novedad en este momento. Ya nadie podrá decir que los antiguos carpinteros de ribera –los calafates– se perdieron para siempre. No, mientras ellos sigan adelante con la misma ilusión con la que han empezado a trabajar en su taller de la calle Gamazo.

Antes, todos los barcos de la bahía eran de madera. Se construían aquí, se reparaban aquí y se transformaban aquí. De hecho, no hace tanto tiempo que se derribaron las viejas naves del Promontorio de San Martín, junto al Palacio de Festivales. Hasta entonces allí funcionaron muchos de ellos.

En ellos se seleccionaba la madera, se cortaba, se armaban las quillas y cuadernas... y luego todo se ensamblaba y las embarcaciones se botaban para su primera singladura. Era un trabajo artesanal, pero de mucha demanda en las poblaciones del litoral cantábrico, donde la tradición de la construcción naval se remonta quinientos años atrás, a los tiempos del Descubrimiento de América y la Armada Invencible.

La construcción en madera, a una u otra escala, siempre existió en la bahía, pero con la llegada de los botes de fibra –de mantenimiento más sencillo, aunque indudablemente con muchísimo menos encanto– el oficio desapareció. Los últimos que lo mantuvieron vivo fueron los hermanos Ruiz –Julio y Agustín–, en Pontejos. La aventura de Álvaro y Quico Porres al ampliar a embarcaciones la actividad de un antiguo taller de limpieza y mantenimiento de coches ha revertido esta situación y, por ello, es noticia y motivo de comentario en las rampas de Puertochico y en los muelles de la bahía.

Seis meses

"Desde el 23 de marzo hemos trabajado en limpiar y pintar 44 embarcaciones; ahora estamos empezando con la restauración de antiguos barcos de madera", dice Álvaro. Llevan un par de ellos. Preciosos.

El mantenimiento es sencillo. "Nos dejan la llave del atraque y nos dicen el número de pantalán. Nosotros lo recogemos y se lo devolvemos en perfecto estado". Es un servicio muy necesario, pues la nueva normativa portuaria impide trabajar en las rampas, probablemente por razones medioambientales que tienen que ver con el vertido de pinturas y patentes. De ahí el éxito de la iniciativa.

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Detalle del carel y el tolete de un típico barco de madera de la bahía. / Andrés Fernández

Pero lo más importante es todo lo que tiene que ver con la recuperación, restauración y construcción de botes de madera. Quico es el manitas: "Cuando era niño, veía a mi padre cómo arreglaba su bote en la rampa y le ayudaba. Luego he trabajado en la carpintería y llevo manejando máquinas toda la vida". Y Álvaro, el empresario. Lo resume el hermano mayor: "Álvaro es la cabeza y yo las manos".

Todavía no han construido ningún barco, pero lo harán. La ayuda de Pepín Castanedo, un veterano de Pedreña ya jubilado, puede ser inestimable. "Pepín era bueno seleccionando la madera y sacando plantillas". De él están aprendiendo mucho, a sus 82 años. Carece de interés en el negocio, pero ya ha pasado por el taller para asesorarles. Quizá le mueva la ilusión de comprobar que, en última instancia, su oficio de toda la vida no se va a perder para siempre en Santander.

Italianos e ingleses

"Teca, iroco, roble... las mismas maderas que tienen los barcos. A veces es complicado encontrar la madera adecuada", relata Quico. "Hay botes que están tirados por ahí en naves y no han visto el agua en quince años, botes construidos por Pompeyo o por Castanedo...", añade Álvaro.

¿Solo para caprichosos? No necesariamente: "Hace años era algo muy manual y muy artesanal, pero con las técnicas y las herramientas de ahora es más fácil la construcción y, por tanto, más barato".

Todo acaba de empezar, pero ya se ha convertido en un pequeño acontecimiento en Puertochico. "Pasa la gente y mira –italianos, ingleses– y nos preguntan si pueden hacer fotos. ¿Por qué no? Si es en lo que se ha trabajado aquí toda la vida...".

El viejo oficio que no muere

Álvaro y Quico son conscientes de que el interés social que ha despertado su taller de capintería de rivera va mucho más allá de la simple actividad de un negocio que, de momento, solo da empleo a un par de personas. Sean dos, cuatro o cinco los que terminen trabajando en las instalaciones de la empresa, el interés obedece a que su iniciativa viene a recuperar un viejo oficio que ocupó a centenares de personas en Cantabria, pero que terminó por desaparecer. Trabajarán allí menos empleados que en un bar, pero el valor simbólico de su tarea tendrá un alcance mucho mayor. Será un oficio a punto de desaparecer, pero recuperado.

En los muelles de Santander, Santoña, Colindres o San Vicente de la Barquera proliferaban, no hace tanto tiempo, los pequeños talleres de este tipo, vinculados normalmente a la actividad pesquera y, en menor medida, a la deportivo-recreativa. También era así en otras provincias del litoral español. Los barcos de pesca eran de madera y se construían, lógicamente, en torno a los puertos.

Pero el arraigo de este oficio en Cantabria es mucho más profundo y se remonta al periodo histórico en el que se produjo el paso de la Edad Media a la Edad Moderna. Los navíos y galeones que tomaron parte en la Carrera de Indias, desde el Descubrimiento de América (1492) hasta la Batalla de Trafalgar (1805), fueron construídos todos ellos en estas costas. Desde Fuenterrabía (Guipúzcoa), en el Este, hasta San Vicente de la Barquera, en el Oeste, las rías y fondeaderos del litoral estaban salpicadas de astilleros y talleres de distintos tamaños, para la construcción de embarcaciones de todo tipo. Los calafates del Golfo de Vizcaya dominaban las técnicas de la construcción naval como nadie en el Mundo -junto a los portugueses, primero, y los ingleses, después-, y por eso la Corona de Castilla pudo mantener los vínculos con los territorios americanos en una etapa histórica en que las comunicaciones resultaban especialmente complicadas. Y no sólo la construcción naval: el dominio de las técnicas de navegación también resultó determinante. Ahí está el ejemplo del santoñés Juan de la Cosa, por ejemplo, cuyos conocimientos científicos le permitieron trazar con todo detalle el perfil del litoral atlántico americano ya en el año 1500, sólo ocho después del Descubrimiento. Y con los medios de entonces... José Luis Casado Soto, historiador hiperactivo y director del Museo Marítimo del Cantábrico durante más de tres décadas, lo definía perfectamente con esta ilustración: "Los puertos de Cantabria, Vizcaya y Guipúzcoa eran, en el siglo XVI, el Cabo Cañaveral de su tiempo".

Evidentemente, ni Álvaro, ni Quico, ni ninguno de sus colaboradores, ni ninguno de sus posibles empelados futuros, van a reproducir en su taller la carabela 'Santa María' o el navío de línea 'San Juan Nepomuceno'. Es evidente. Pero produce una cierta satisfacción saber que, aunque a muy pequeña escala, aquel oficio no ha desaparecido para siempre de la bahía de Santander; aquel oficio que fue una de las mayores aportaciones de esta tierra al proceso de construcción nacional y a la creación en España del primer estado moderno europeo, en torno a las coronas de Castilla y Aragón, durante el reinado de los Reyes Católicos.