Vendimia temprana, familiar y manual

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Casona Micaela

En los viñedos del Valle de Villaverde han recurrido este fin de semana a familiares, amigos y a personal contratado para recoger la uva. / Andrés Fernández

  • Cantabria consume los últimos días de una recogida de uva con mano de obra de apoyo a 50 euros la jornada

  • Quince bodegas de la región, de productores pequeños, convocan a parientes y amigos para cosechar el fruto del esfuerzo de todo un año

Isabel Sisniega Revuelta considera que para vendimiar se precisan dos cosas básicas: resistencia y forma física para pasar la jornada inclinada sobre la vid, y una pizca de picardía a la hora de cortar los racimos para no cargar los cestos con fruta pocha o picada. Isabel, a quien todos llaman Chabela, acaba de cerrar su séptimo año de vendimia que este año en Cantabria se extiende del 15 de septiembre al 30 de octubre aproximadamente, por lo que hay bodegas que ya han finalizado y otras que están a punto de hacerlo. La recolección se ha adelantado una media de cinco días. Chabela compatibiliza esta ocupación temporal con la actividad en su centro ecuestre Los Caballucos (Hazas de Cesto) y con otro empleo en un camping. Acude con sus tres hijas –Isabel, Beatriz e Irene– a trabajar en las fincas que los hermanos Mikel y Jon Durán, propietarios de Bodegas Vidular SC, tienen en Voto y Noja. Chabela se enfunda unos guantes, agarra las tijeras y se pone a cortar racimos que deposita en cajas de unos 15 kilos. Esas cajas se dejan en el extremo de cada fila de vides, y allí las carga un tractor y las conduce hasta la bodega.

La jornada de vendimia suele empezar a las nueve de la mañana, cuando el rocío ya se ha secado, y terminar sobre las cinco de la tarde, con una parada en medio para comer. «Me gusta mucho este trabajo, estoy muy a gusto. No pensé nunca que haría la vendimia, pero es que no pensé nunca que hubiera vinos en Cantabria».

Los hay, y suben peldaños cuantitativos y cualitativos cada temporada. Bodegas Vidular es uno de los diez nombres que se integran en el epígrafe ‘Vinos de la Tierra Costa de Cantabria’, que son productos distinguidos con una Indicación Geográfica Protegida (IGP) a nivel europeo y que regula y controla la Odeca, la Oficina de Calidad Alimentaria de Cantabria. Lo mismo ocurre con la mención ‘Vinos de la Tierra de Liébana’, que cuenta con cinco operadores registrados. En total, 15 bodegas con IGP, blancos y tintos con regulación y control especial. Se trata, por lo general, de negocios pequeños, con una producción reducida y al alza, que enfrentan la vendimia con ayuda de familiares y amigos, y de personal contratado si la extensión de la finca lo requiere.

La Odeca alentó la creación de estas dos figuras de calidad en 2005. La Oficina acomete planes de control anuales que se traducen en unas 85 inspecciones en viñedos y bodegas, donde se miden aforos, se toman muestras, se mantienen reuniones con los productores. A falta de recopilar los datos de la presente campaña de IGP, se saben las cifras de aforo de la pasada: se inscribieron 49 viticultores (33 de Costa de Cantabria, 16 de Liébana), y 15 vinicultores (cinco en el primer epígrafe, diez en el segundo); y se cosecharon 54.931 kilos de uva referida a los Vinos de la Tierra de Liébana, y 144.410 kilos para Costa de Cantabria.

Los últimos datos oficiales se corresponden con la campaña 2014/2015. La Odeca anotó las siguientes cifras: la superficie de cultivo era de 49,75 hectáreas (38,49 para Vinos Costa de Cantabria y el resto para Liébana). En la primera figura de calidad se inscribieron 17 viticultores y 10 bodegas, se obtuvo una producción de 832 hectolitros, y gran parte de esos caldos blancos se comercializaron en el mercado interno. El valor económico fue de 503.000 euros. En el caso de Liébana, se inscribieron 34 viticultores y cuatro bodegas, se obtuvo una producción de 328,43 hectolitros y la mayor parte de ese volumen de tintos circuló por el mercado interior, y el valor fue de 324.073 euros.

Algunas bodegas optan por vendimiar con la ayuda de familiares y amigos, y otras contratan personal para esos días. Normalmente, el trabajo se contrata por días e, incluso, por horas, dado que el periodo de vendimia es muy variable; si llueve, por ejemplo, se paraliza la recogida. Por una jornada de 8 horas, un trabajador podría cobrar en torno a los 50 euros de media, o entre 6 y 8 si se trata de un contrato por horas. Lo más común es que los jornaleros sean gente del mismo pueblo en el que se localiza la finca, o de núcleos aledaños.

En Vidular hacen una ‘vendimia a la italiana’, participan primos, tíos, amigos… Sin embargo, pueden contratar hasta 15 personas por jornada laboral de ocho horas, gente del pueblo, «responsable, superválida y cualificada. Es una lástima que no podamos dar más trabajo». Los hermanos Durán gestionan diez hectáreas repartidas en tres fincas (en Castillo, Noja y en Voto), una extensión de terreno considerable, que necesita de manos abundantes y eficaces para vendimiarse, y que además hace que no toda la uva madure al mismo tiempo. Sin embargo, Vidular sigue siendo una explotación pequeña y eso permite a los hermanos Durán conocer, gracias a un refractómetro y otras tecnologías, el momento óptimo para enfrentar cada fase de recogida. Ellos cultivan las variedades chardonnay, albariño y treixadura.

En los días de vendimia hay incertidumbre, expectación, ganas de mejorarse. Mientras trabajadores y conocidos ‘atacan’ las vides en grupos de dos o tres personas por fila, Mikel se encarga de transportar la fruta velozmente a las bodegas. «Lo hacemos muy rápido, nuestro principal enemigo es la oxidación». A cubierto sigue el proceso que deriva en los vinos Ribera del Asón. Durán defiende con vehemencia la calidad de los vinos cántabros por su adecuada acidez y su frescura. «El vino de Cantabria es una realidad».

Los Durán son unos entusiastas del campo, del cultivo sostenible y del negocio del vino. Tuvieron que hacer una inversión inicial fuerte, que van amortizando. «Es un orgullo vivir de lo que quieres». De algún modo, estos hermanos originarios de Portugalete son herederos de una tradición vitivinícola centenaria en Cantabria, que comenzó a decaer en el siglo XIX y que, en los últimos años, resurge de la mano de proyectos como el suyo.

Este año, las expectativas de la vendimia que están a punto de cerrar son buenas. Cada campaña, explica Mikel, se vende un poco más, y el vino se conoce otro poco más.

También hay unas expectativas fantásticas en cuanto a producción en Casona Micaela, que comercializa vinos homónimos. Carlos Recio, su propietario, se muestra esperanzado, aunque reconoce que «la vendimia es un momento de nervios porque se recoge el trabajo de todo un año». Son casi nueve hectáreas en el Valle de Villaverde, donde cultivan las variedades albariño y riesling recogidas «en el momento óptimo». Recio vive la vendimia entre los viñedos y la bodega. En realidad, invierte más tiempo en la bodega supervisando todo el proceso. Si bien Casona Micaela es una empresa familiar, y la parentela participa en la vendimia, también contratan mano de obra. En la finca se pueden llegar a reunir entre 20 y 30 personas, hombres y mujeres de distintas edades, y del mismo pueblo y alrededores.

Celebración a la lebaniega

Al otro lado de la región, en Liébana, terminó hace poco más de dos semanas la vendimia de Orulisa (empresa que aglutina las marcas Orujo Los Picos y Justina de Liébana). Poseen cuatro viñas, una anexa a la planta de Tama, donde cultivan variedades de jerez y Mencía; y otras tres en Pumareña (valle de Bedoya), que son viñedos en terreno montañoso y de gran inclinación. Isabel García, gerente de Orulisa, estima que en esta campaña tendrán un 15% menos de uva, si bien la recogida es «muy buena y está muy sana, con grados de azúcar y acidez muy buenos también».

El día de vendimia hizo sol, fue un día perfecto. La cuadrilla Orulisa se compuso de unas 30 personas, entre familiares y amigos. Después de trabajar lo celebraron. «Lo hicimos a la lebaniega, porque las vendimias aquí siempre han sido sinónimo de fiesta». La filoxera, entre otras razones, redujo bruscamente los cultivos recién estrenado el siglo XX, tocando fondo en 1912-15, según señala un estudio del CIFA, cuando se quedó en apenas 50 hectáreas.

La ‘cuadrilla Orulisa’ comenzó a vendimiar sobre las nueve y media de la mañana en Pumareña, «que son vides que estamos empezando a recuperar, que estamos cuidando y dando cariño». No utilizan abonos químicos o pesticidas, sino productos orgánicos. Allí cultivan albillo, mencía, garnacha, godello y palomino. Con esta uva recuperada, Orulisa, dedicada principalmente a la producción de orujo y cremas de orujo, está trabajando en la elaboración de un vino «que sea de Liébana y tenga un sentido de Liébana. Si lo conseguimos lo sacaremos adelante».

22.000 kilos en Corvera

En Bodegas Sel D’Aiz han enfrentado la vendimia este fin de semana, 15 días después que el año pasado. El clima siempre influye en la recogida, hace que la maduración varíe, y este año la ha ralentizado. Se trata de una bodega familiar, así que convocan a amigos, familiares, conocidos, vecinos para que echen una mano con los 22.000 kilos de uva.

Asier Alonso explica que el día anterior a comenzar la vendimia se deja todo preparado: maquinaria, herramientas, las cajas de unos 18 kilos. Al día siguiente, la jornada empieza con un ‘briefing’ para explicar a las cerca de 30 personas reunidas en Castillo Pedroso (Corvera de Toranzo) los pormenores de la recogida. En Sel D’Aiz sólo se hace una pasada y la uva que queda es para los pájaros. La bodega posee cinco hectáreas que se vendimian por parejas y de forma manual. «Es un día de muchos nervios, te juegas mucho».

Pasadas las dos de la tarde, se realiza un descanso. Y a seguir. Asier Alonso tiene buenas vibraciones. «Nos gusta mucho la uva de este año, pero vamos a ser prudentes por el momento». La Consejería ha precisado que su aforo ronda los 22.000 kilos de uva (unos 12.000 litros de vino), pero Asier y los suyos quieren sacar hasta 6.500 kilos por cada hectárea. Y van a seguir trabajando.