Mensajes desde la eternidad

  • Iracundos, graciosos, edificantes... los textos en los cementerios mueven pasiones o aleccionan sobre la vida de quien se fue

«Aquí yace quien vivió sin Dios, sin Rey y sin Patria». Lógicamente la mujer enterrada bajo una vieja losa en el cementerio de Campuzano (Torrelavega) dejó una lección de anarquismo en una sola frase. El tabú de la muerte suele dejar de lado las demostraciones –entre literarias, sociales, emotivas e históricas– que se sellan en los dinteles de los cementerios, en los frontispicios de los panteones o sobre las losas de las tumbas.

Quizás esté pendiente un estudio sobre esta demostración que se mueve entre el género discursivo y el afán de sobrevivir a la misma muerte más allá de los símbolos y las fechas. Los mensajes que los muertos sellan sobre las tumbas podrían llegar a ser objeto de un análisis diacrónico que seguramente desvelaría muchos de los datos que encierran, tanto en intención como en sentimiento.

Antiguamente, el epitafio se escribía en verso y se recitaba en honor de los difuntos el día de su enterramiento. Después, se tomó como inscripción sobre los sepulcros, de alguna manera erigiendo un monumento verbal a su recuerdo. Estos textos también definen de alguna forma la personalidad del difunto que, en algunos casos, deja escrito su propio epitafio. La Duquesa de Alba es un ejemplo palmario: ‘Aquí yace Cayetana que vivió como sintió’, dejó dicho a sus deudos.

Las sentencias acompañan a esta forma de mensaje de los muertos a los vivos, y así, en el frontis de algunos cementerios –especialmente los más antiguos de Cantabria– se inscriben frases que helarían la sangre a quien, atemorizado quizás por el miedo al fuego infinito, pase bajo su dintel.

En el cementerio municipal de Torrelavega, a la entrada del vetusto camposanto de Geloria se advierte de que ‘Aquí acaban del mundo los disgustos y principia la vida de los justos’ en una suerte de consuelo y esperanza para quienes en vida cultivaron las Bienaventuranzas. Lírico mensaje de paz para los que aquí quedan, en el cementerio de Laredo: ‘Aquí yacen los que formaron parte de nuestras vidas... y siguen formando parte de nuestros pensamientos, sentimientos...’. Recomendación sobre lo inútil de las lágrimas perdidas fue el que dejó un benefactor pasiego a sus paisanos de Borleña cuando les construyó en el siglo XIX un cementerio: ‘No debemos ofrecer lágrimas por los muertos sino oraciones, limosnas y sacrificios’. O la desafectación de las vanaglorias terrenas que se le recomienda a los vivos desde el cementerio de Liendo: ‘En un sepulcro profundo paran las glorias del mundo’.

La costumbre de dejar epitafios escritos sobre las tumbas no se ha perdido a pesar de ser una tradición antigua. De alguna manera reflejan la personalidad del fallecido, la proyección, el recuerdo.

Humor nada negro

Prueba de ello, por ejemplo, es un epitafio en la losa de un sepulcro en el cementerio de Renedo de Piélagos, donde un hombre, fallecido en 2012, dejó este mensaje: ‘No estoy en estos momentos pero volveré pronto’. Junto a las flores, sus deudos dejan pipas Piponazo, fabada El Litoral y una Coca Cola, productos que seguramente deberían ser del gusto del fallecido. En este mismo camposanto, en 1941, otro finado dejaba este inquietante mensaje: ‘Aquí vendréis a parar, así que id buscando el lugar’.

Similar sentido del humor se llevó al otro mundo un fallecido santanderino, inhumado en Ciriego en 2010, que hizo en su epitafio una petición: ‘Traedme las zapatillas, que me voy andando’. En el cementerio de Campuzano otro vecino que vivió entre 1922 y 1984, debió ser tan buena persona que su familia ha dejado escrito que ‘Dejarnos para siempre fue el primer disgusto que nos diste’. Para devanarse los sesos es la inscripción en una tumba del cementerio de Torrelavega que, sin fecha ni otro dato sobre los dos allí enterrados, dice: ‘¡Pepín! y su padre Santiago O. R.’ Sin más.

La vida en una sola frase

Y desatendiendo a esa recomendación de irse al otro mundo sin cubrirse de gloria quedan para la posteridad fallecidos a los que no se quiso enterrar sin dejar antes claro su alto estatus social: ‘B. R. P. nació en Cienfuegos en 1860. Abogado’ y otra tumba, esta en el cementerio de Los Corrales, que determina que un hombre que murió en 1948 era ‘Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y Topógrafo’. No era un ‘cualquiera’.

Nieves Concostrina, escritora y periodista que ha buceado en los mensajes en forma de epitafios, reuniendo más de 4.000, define muy bien el sentido de estas sentencias: «Te pueden contar en tres palabras la vida de esa persona, si se ha muerto satisfecha o insatisfecha. Hay uno que dice ‘Ni fue lo que quiso, ni quiso lo que fue’. Eso es definir de un plumazo toda una existencia».

Una maestra, que ejerció en varias escuelas de Cantabria, y que vivió entre 1862 y 1939, dejó tan buen sabor de boca a sus alumnos que cuando murió en Laredo su esposo puso en su recuerdo con una adenda: ‘Y tus alumnas que no te olvidan’. Todo un elogio profesional.

También hay retazos de la historia cruel que queda en los mensajes. En el cementerio de Geloria, en una tumba, se cuenta que el fallecido, un joven de 21 años ‘fue asesinado por los enemigos de Dios y la Patria el 19 de mayo de 1939’, mientras que unos metros más allá, bajo la lápida con nombres de muertos del otro bando, se pide: ‘Que nunca vuelva a suceder algo así, a nadie, en ningún lugar del mundo’.