La casa de todos los indianos

Sede del Museo de la Emigración-Archivo de Indianos, en la Quinta Guadalupe de Colombres.
Sede del Museo de la Emigración-Archivo de Indianos, en la Quinta Guadalupe de Colombres. / J. Peteiro
  • La memoria de los cántabros y asturianos que partieron a América se exhibe en Colombres

Buena parte de la historia reciente de Cantabria se encuentra depositada en las estanterías y en los archivos de una institución cuya sede está ubicada a apenas 500 metros del límite fronterizo con Asturias: Colombres. Allí se conservan documentos, fotografías, enseres y hasta la memoria de muchas de aquellas personas, de aquellas familias, que decidieron partir con destino a América con el fin de abrirse un porvenir que, al parecer, aquí les estaba negado.

La figura del indiano está presente en numerosos valles de Cantabria –Asón, Pisueña y Liébana, principalmente–, porque en sus pueblos erigieron colegios, casas de salud, plazas o campanarios con donaciones provenientes de las fortunas amasadas durante su aventura americana. La propia capital de Cantabria, Santander, no es ajena a ese fenómeno: ahí están todavía los antiguos pabellones del Hospital Marqués de Valdecilla, uno de los centros sanitarios más avanzados de su tiempo.

La geografía rural de la región está salpicada de casonas de indianos, erigidas por unos promotores aquejados por la necesidad de alcanzar en la culminación de sus vidas el reconocimiento social del que no disfrutaron en sus orígenes, cuando decidieron apostarlo todo a la carrera americana. Sarón, Liérganes, Selaya, Ruesga, Arredondo... cientos de casonas de indianos figuran repartidas por todo el territorio regional. En una de ellas, en el pueblo de Colombres (Ribadedeva), muy cerca del cauce fluvial que marca los límites fronterizos de Cantabria con Asturias, se acondicionó hace casi treinta años el Museo de la Emigración y el Archivo de Indianos, en cuyas salas se conserva la memoria de alguna de las figuras más relevantes en este ámbito, no sólo del Principado, sino también de la vieja Montaña.

Año clave: 1987

El Museo de la Emigración se creó en 1987 y es, según su director, un «punto de encuentro con la historia de los indianos de Asturias y Cantabria». Santiago González Romero dirige la institución desde 1989 y tiene razones para sentirse orgulloso del trabajo que desarrolla el centro, porque además de exhibir y divulgar el fenómeno de la emigración americana, dispone de un valioso legado documental que crece con los años. A la conclusión de 2016, la instalación alcanzará 18.000 visitas y 60.000 datos digitalizados, nada menos.

Es, pues, un museo en sentido completo, pues sus materiales no sólo se conservan y exhiben, sino que además se catalogan, estudian y amplían; es uno de los principales atractivos turísticos de la comarca del bajo Deva, visitado por viajeros que dedican sus días de descanso a recorrer indistintamente los caminos de Asturias o Cantabria; y es, además, un vínculo con los herederos de aquellos indianos que partieron de Cantabria o Asturias con destino a México, Cuba, Argentina o Uruguay, y mantienen un anclaje con la tierra de sus orígenes gracias a instituciones como esta, dedicadas a preservar la memoria de sus antepasados. En esas tres facetas reside el principal valor del Archivo de Indianos-Museo de la Emigración.

La casona de Íñigo Noriega

El palacete azul se eleva sobre una colina que destaca por encima de todo el caserío tradicional del pueblo de Colombres. Fue erigido por un indiano del lugar llamado Íñigo Noriega Laso, cuyos negocios florecieron en México en tiempos de la presidencia de Porfirio Díaz. El inmueble tiene cuatro plantas y se ubica sobre una finca de 50.000 metros cuadrados. Lo gestiona la Fundación Archivo de Indianos, cuya presidencia ostenta el exrector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo José Luis García Delgado.

La figura de Íñigo Noriega no es la única que tiene un tratamiento especial dentro de los contenidos del museo. Manuel Ibáñez Losada es otro de los indianos que dispone de una sala específica. También el General Miaja, no propiamente como indiano sino como representante de otro tipo de emigración posterior: el exilio político. Al término de la Guerra Civil, muchos españoles partieron hacia México, único país que abrió sus puertas a los exiliados republicanos durante el mandato del presidente Cárdenas. Miaja, responsable de la defensa de Madrid, fue uno de ellos.

En el museo se muestran fotografías, documentos, libros de registro, mobiliario de época y algunas maquetas. La del Centro Asturiano de La Habana reproduce las características de uno de los edificios con más interés de la capital cubana, ubicado en Parque Central, entre los distritos de La Habana Vieja y Habana Centro. Otra maqueta, la de un hospital, deja constancia de los esfuerzos desarrollados por los emigrados para organizarse en el país de acogida con el fin de garantizarse a sí mismos la asistencia sanitaria. «La labor organizativa-solidaria en el punto de destino fue muy importante en aquel tiempo», explica el director del centro. De ella surgieron los centros regionales, como la Casa de Cantabria de La Habana, fundada en 1910 con el nombre de Centro Montañés.

En el museo, cada pieza muestra una historia vital. Cada foto, cada carta, cada libro... es la biografía misma de un aventurero. No a todos les sonrió la fortuna, pero sí a muchos. Y gracias a ellos el vínculo con la tierra de origen se mantuvo vivo y en muchos casos ha podido perdurar hasta el día de hoy.

Un siglo de indianos

Los marqueses de Valdecilla, Comillas y Manzanedo, cuyas residencias constituyen algunos de los principales patrimonios arquitectónicos de los municipios de Medio Cudeyo, Comillas y Santoña, fueron los tres indianos de Cantabria más relevantes. Gracias a sus negocios en la isla de Cuba, revertieron capitales a España, promovieron negocios aquí y financiaron en Cantabria numerosas actuaciones de carácter benéfico-social.

Pero hubo muchísimos más que, con arreglo a sus capacidades, también promovieron escuelas, financiaron obras públicas, construyeron iglesias, carreteras y ayuntamientos, repararon campanarios en ruina... En las localidades del Alto Asón es imposible no encontrarse con placas conmemorativas en las fachadas de los edificios públicos. En los valles pasiegos ocurre otro tanto.

Durante mucho tiempo –segunda mitad del siglo XIX y primera del XX– la aportación económica de estas familias fue determinante para el bienestar de quienes residían en sus localidades de origen, especialmente de los más desfavorecidos. Eso explica todos los esfuerzos hechos por preservar su memoria.