Cinco menores acaban en Urgencias cada mes por intoxicación etílica

Los menores de edad que pasan por las Urgencias hospitalarias reconocen que no les resulta complicado adquirir las bebidas alcohólicas.
Los menores de edad que pasan por las Urgencias hospitalarias reconocen que no les resulta complicado adquirir las bebidas alcohólicas. / DM
  • Los médicos advierten del aumento de casos a edades precoces | El más impactante fue el de una niña de 11 años atendida en Valdecilla

‘He quedado con unas amigas, mamá. Me voy a dar una vuelta’. Quienes tengan hijos en plena adolescencia les resultará más que familiar la frase de despedida. En el momento en que el menor sale por la puerta, sólo la confianza corta el paso a la inevitable preocupación como padres. La reciente muerte de una niña de 12 años tras sufrir un coma etílico durante un botellón en la localidad madrileña de San Martín de la Vega ha reabierto el debate sobre el consumo de alcohol en menores y, sobre todo, de la relativa facilidad para conseguirlo. La noticia impacta por su dramático desenlace, pero la problemática no es excepcional. En Cantabria, de media cada mes cinco menores de edad acaban en las Urgencias hospitalarias por intoxicación etílica –repartidos entre Valdecilla, Sierrallana y Laredo–. Raro es el fin de semana que no ingresa uno.

Según los datos facilitados por el Servicio Cántabro de Salud (SCS), que no reflejan los casos atendidos directamente en los Servicios de Urgencias de Atención Primaria (SUAP), en Valdecilla se han recibido once, la mayoría menores de 14 años, desde mayo (mes en el que se abrieron las nuevas Urgencias pediátricas desplazadas desde la Residencia) hasta octubre. Mientras que en Sierrallana (Torrelavega) se contabilizaron 21 menores ingresados por ingesta excesiva de alcohol entre enero y octubre, y en Laredo, una media de un caso al mes. Al contrario que en Valdecilla, en estos centros predominan los mayores de 14 años. Utilizando estos datos como referencia, el cómputo anual (no oficial) de los tres hospitales cántabros podría llegar hasta los 60 ingresos al año por borrachera.

Aunque en número «no se reflejan cambios significativos respecto a ejercicios anteriores», como subrayan desde el SCS, «la sensación subjetiva de los profesionales sanitarios es que ha aumentado la frecuencia de urgencias que tienen como protagonistas a menores que han consumido alcohol de forma compulsiva», apunta María Jesús Cabero, coordinadora del área de Urgencias pediátricas de Valdecilla. Diferentes estudios señalan que los adolescentes españoles empiezan a beber alcohol cada vez de forma más temprana –la edad de estreno se sitúa en torno a los 13 años–.

Lo que se esconde detrás

El caso más impactante llegó el año pasado a la Residencia: una niña de 11 años. «Las intoxicaciones etílicas son más habituales entre las niñas, probablemente porque tienen una madurez más precoz que los varones –lo que hacen que empiecen a salir antes– y peor tolerancia al alcohol», explica la pediatra. Según apunta, muchas veces ese grave estado de embriaguez «esconde un trastorno de personalidad, un déficit de atención con hiperactividad o algún problema familiar. Puede ocurrir también que beber sea una forma de significarse en el grupo».

Los profesionales sanitarios denuncian la impunidad con que los menores, que tienen prohibida por ley la venta de bebidas alcohólicas, pueden adquirir los licores para sus combinados ¡de 2 litros! «Ellos mismos reconocen en qué locales no les ponen pegas para comprar o si han recurrido a un mayor de edad para que les haga el pedido. Te explican que cogen un refresco, vacían la mitad y la rellenan de vodka, ron... No beben vino, se trata de un consumo rápido y de alta graduación».

Otra de las cuestiones que más llama la atención a Cabero «es el desconocimiento de los padres sobre el tipo de ocio de sus hijos». Por lo general, son los primeros sorprendidos cuando reciben la llamada desde el hospital para comunicarles el ingreso. «La respuesta más habitual suele ser: ‘¿Cómo puede ser, si mi hijo no bebe?’», comenta.

«Puede que hubieran sufrido con anterioridad algún episodio, pero que no resultara tan llamativo como para percatarse. Los menores empiezan a beber muy pronto, a mitad de la tarde, por lo que para cuando llegan a casa, por la noche, los efectos se han podido pasar», añade. Además, es frecuente que busquen la complicidad de los amigos y pasen la noche fuera de casa, en ocasiones aprovechándose de la permisividad de la que carecen en la suya; en otras recurriendo directamente a la mentira. Y, si no se han recuperado para cuando se acaba la fiesta, malo. Porque eso implica que «hoy se han pasado». Así lo justifican habitualmente los menores que acompañan a Urgencias al más perjudicado –«a veces reincidente»–. «Lo que vemos es que no nos llega un caso aislado, sino que es un hábito generalizado en la pandilla. Y lo que resulta más preocupante es que no lo perciben como están haciendo algo malo. Acabar en el hospital no supone un aprendizaje. Los adolescentes asumen que ha sido un accidente, pero eso no les va a impedir volver a beber», alerta la pediatra, que confiesa la «sensación de fracaso de la sociedad» que le genera la situación.

«Está claro que estamos fallando. Desde el ámbito sanitario recomendamos una vida de hábitos saludables y, sin embargo, vemos que se bebe más que antes y cada vez a edades más tempranas. Un cambio hacia patrones anglosajones de consumo de alcohol que hasta hace seis o siete años aquí no veíamos», sostiene Cabero. Sin embargo, aclara que, «más que culpabilizar a los chavales, este problema requiere de una reflexión profunda sobre la hipocresía de la sociedad; se sabe dónde se vende alcohol a menores y no se hace nada. Parece que se ha interiorizado que esto es algo inevitable».

El año pasado, la Estrategia sobre Drogas de Cantabria, documento elaborado por el Servicio de Drogodependencias de Salud Pública, alertaba de que los planes de ocio nocturno de la mayoría de los adolescentes (76,5%) estaban regados de alcohol, y que, pese a la prohibición expresa de la venta a menores, en la práctica, había poco impedimento para gastarse la paga en «unos litros». De hecho, el 93,6% de los encuestados reconocía tener bastante fácil su adquisición. Es más, la mitad de ellos ni siquiera precisaba intermediarios mayores de edad para hacer la compra. Al contrario que en la población adulta, donde el consumo ha iniciado una tendencia descendente, entre los jóvenes la evolución es a la inversa. Según la encuesta, seis de cada diez adolescentes confesaba haberse emborrachado una vez, y buena parte repitieron la experiencia. De ellos, el 45% admitía haber participado del fenómeno ‘binge drinking’ o atracones, que es la ingesta de cinco o más vasos en menos de dos horas.