¿Un plan de qué?

Cada político que anuncie un plan, el que sea (de derribos, de museos, un plan integral de la ciudad) debería, a partir de ahora, cesar instantáneamente en el cargo y recibir el vilipendio de quienquiera que se lo cruce por la calle, plaza o establecimiento público, aunque fuere de vermú. «Mira, mira: ese presentó un plan».

Imaginemos una comparecencia estándar.

–«Buenos días, señores de la prensa. Soy Fulanito Fantástico, consejero (o concejal, o director) de Tal y Cual, y hoy vengo a exponerles el plan que hemos preparado para transformar radicalmente las...»

En ese momento, cual raudo halcón, intervendría el bedel, ordenanza o el agente de la Fuerza de Seguridad pertinente:

-«Espere, caballero Consejero: conforme a la nueva legislación vigente, dispone usted de diez minutos para recoger su despacho, devolver el iPad, los lápices de colores y demás enseres prestados por esta Administración, o cualesquiera otros que se haya afanado por su cuenta, y desalojarse a sí mismo de este edificio so pena de fenomenal colleja acompañada de la correspondiente multa o sanción».

Presentar planes se ha convertido en una anomalía tan enquistada como la contratación de asesores marcianos o la constitución de comités para «desbloquear» asuntos de especial complicación. Hay quienes, rizando el vicio, incluso se inventan comisiones de expertos para encargarles la elaboración de un plan. Esto es como añadirle leche condensada a un merengue, o como ponerle pies de página a la letra pequeña de un préstamo bancario: pura depravación.

La experiencia nos demuestra que quien anuncia un plan nunca, ni por asomo, lo acaba. ‘Plan para Reindustrializar el Besaya’. ¿Está reindustrializado el Besaya? No. ‘Plan de Inmersión Lingüística’. ¿Se han sumergido profesores y alumnos en alguna isla foránea? No. ‘Plan para la Creación de Empleo en Cantabria’. ¿Se ha...? Ja.

En un plan siempre coinciden tres circunstancias: el anuncio es pomposo; el documento está plagado de generalidades; y el dinero para sufragarlo nunca aparece muy claro. Los planes, además, no se pueden evaluar, porque al político se le suele acabar el mandato antes que la ejecución. Así que un plan político, según podemos concluir, suele ser una fenomenal tomadura de pelo cuyo fracaso se le atribuye, invariablemente, al adversario. O sea, a los otros (que nunca somos nosotros, los destinatarios del plan).