¿Quieres ser científico? Pues tendrás que sufrir

¿Quieres ser científico? Pues tendrás que sufrir
/ María Gil Lastra
  • El camino hacia la plaza fija de científico obliga en el sistema universitario español a encadenar un mínimo de 15 años de contratos temporales en un proceso que termina con la paciencia y los nervios de muchos jóvenes

En este mundo del revés, donde el talento parece no valer nada, centenares de jóvenes investigadores españoles viven una precariedad laboral lamentable. Las becas escasean y apenas suponen un sustento digno, los contratos temporales –quienes tienen la suerte de firmarlos– amenazan con vencimientos como mucho a los cinco años y la empresa privada no da ningún valor a la formación investigadora. Muchos alcanzan los cuarenta sin tener certeza de su futuro en los laboratorios; no pueden pedir una hipoteca, formar una familia es una aventura y siempre ronda la cabeza la idea de abandonar definitivamente España por un puesto digno.

Solo algunas excepciones sobreviven a ese doloso recorrido profesional. El profesor titular de la UC Diego Ferreño se incorporó al campus cántabro en el 2000. Era en aquel entonces un joven ingeniero de caminos rebotado de la empresa privada. «Me di cuenta de que mi primer trabajo consistía en contar ladrillos y evidentemente pensé que si había disfrutado de la carrera en mi tiempo como estudiante, no podía condenarme a eso», concreta ahora, con 41 años. «El coste de oportunidad fue tremendo porque había dejado un puesto con un sueldo muy alto por un trabajo en la universidad mucho peor remunerado. Ahora algunos de mis compañeros en el paro me confiesan que acerté. Pero sencillamente hice lo que creí que necesitaba hacer», cuenta.

Transitó con paciencia por casi todos los escalones que hay que ascender hasta lograr un puesto con una cierta seguridad. «Empecé como becario contratado, luego fui profesor asociado. Más tarde profesor ayudante y cuando finalicé la tesis doctoral fui ayudante doctor. Después de todo eso fui contratado doctor y ahora profesor titular de universidad en el Departamento de Ciencia e Ingeniería del Terreno y de los Materiales».

Su situación es ahora más relajada. Tiene una seguridad que muchos otros compañeros anhelan, como en el caso de Ángela Barreda (24 años), del Departamento de Física Aplicada. «Terminé la carrera en 2013, hice el máster para acceder al doctorado y este es mi tercer año preparando la tesis», aclara. «Lo que pasa es que tienes la inquietud de no saber qué es lo que va a ser de ti cuando termines; porque puede que haya un puesto o puede que no. Ysi sales a la empresa con esta preparación, muchas veces es incluso más complicado conseguir un trabajo», subraya con la preocupación de alguien que siente pasión por lo que hace y teme perder la oportunidad de un futuro en la universidad.

Germen de ansiedades

Tensiones laborales como estas han terminado con los nervios de más de uno. La precariedad es un germen de estrés, ansiedad y depresión. «Cada poco tiempo barajas irte a otro país para estar mejor, pero mientras sea posible procuras mantenerte aquí, cerca de los que quieres», completa Barreda.

El periplo internacional de Clara Casado (28 años), otra de las jóvenes que sueñan con la plaza fija, es extraordinario. Finalizados sus estudios de Química en la Universidad de Cantabria continuó su formación en la universidad de Hiroshima, luego en Holanda y más tarde en Zaragoza. «Ahora disfruto de un contrato Ramón y Cajal y espero tener suerte para lograr la plaza de profesora titular», confía.

Estas ayudas, reservadas a los mejores expedientes, otorgan cada año una oportunidad a 150 investigadores de iniciar una andadura de 5 años en el laboratorio. «Suponen una criba muy importante porque solo la consiguen un 10% de los aspirantes. Eso sí, una vez lo logras, casi te has garantizado la plaza de profesor», se suma Pablo García (39 años), que disfruta otra de estas ayudas en el Departamento de Ciencias de la Tierra y Física de la Materia Condensada.

«No es fácil lograrlo. Tienes que destacar sobremanera con tu currículo, haber estado trabajando en otros países, etc. Lo bueno de esto es que es una herramienta excelente que tiene el sistema español para recuperar a gente buena que se ha ido a investigar fuera», remarca García. Por norma, centros de investigación y universidades se comprometen a convertir estas ayudas en contratos indefinidos una vez finalizadas. «Al menos es así en la UC», apuntan. No es un camino de rosas. «Pasan muchos años hasta que logras algo como un Ramón y Cajal. Yo tuve mi primer hijo en EE UU. Formar una familia es casi una aventura y tienes que tener a tu lado a una persona que sea capaz de aguantar tu periplo por el mundo», agrega García.

El techo de cristal

Para las mujeres es mucho peor. «Se supone que somos las madres y que es nuestra obligación la dedicación completa a la familia. Si tienes que trabajar, investigar y viajar, es imposible plantearse tener un hijo», denuncia la investigadora inglesa Jennifer Jones, contratada en el Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de la UC gracias a la primera beca Marie Curie que se otorga a una científica en el campus cántabro. «Si quieres formar una familia lo lógico es que busques asentarte durante un largo tiempo en un sitio, y eso para la situación que viven los investigadores hoy en día en España y también fuera, es imposible», denuncia convencida de que la precariedad laboral de los jóvenes con talento no es algo exclusivo de España.

Todos coinciden en que es un problema cultural, que la sociedad no le otorga importancia a la ciencia ni valora a sus profesionales porque no entiende de verdad el alcance de lo que se hace en los laboratorios. «Debemos hacer más divulgación pero necesitamos más tiempo y más reconocimiento. Yo soy consciente de que he de divulgar, pero no puedo hacerlo todo lo que quisiera si para ello pierdo tiempo que podría dedicar a escribir más publicaciones que mejorarán mi currículo y me permitirán avanzar en mi carrera», denuncia Ferreño. «Deberían existir mecanismos para reconocer o premiar de alguna manera esa labor o de lo contrario nos resultará muy difícil conjugarlo con nuestro trabajo diario», completan.