El precedente de 1992 y el caos de 1994

Los retrasos en el Presupuesto, los errores en las cifras del borrador y la inevitable prórroga de las cuentas han levantado un revuelo importante en los despachos del Parlamento, con una oposición indignada por la gestión que el bipartito ha hecho con la ley más importante del año. Pero la historia reciente de la política cántabra tiene episodios que han coqueteado aún más con el caos, como si Cary Grant hubiera escapado de una escena de ‘Arsénico por compasión’ para pasearse por los pasillos del Antiguo Hospital de San Rafael.

Para encontrar la última vez que Cantabria se vio obligada a prorrogar el Presupuesto hay que remontarse a la convulsa primera mitad de los 90, cuando Juan Hormaechea era presidente del Gobierno.

Hito histórico

En 1992, Cantabria no fue capaz de validar las cuentas y se autogestionó durante todo el año con la prórroga de 1991. Y en 1993 logró un hito histórico. Se convirtió en la primera comunidad autónoma en aprobar un Presupuesto una vez finalizado el ejercicio al que correspondía. Es decir, en 1993 no sólo se aprobó el documento de ese año, sino también el del anterior.

Pero, sin duda, los momentos más desconcertantes se sucedieron entre 1994 y 1995. Cantabria se enfrentó a un Gobierno en minoría que no pudo aprobar el Presupuesto, al macrojuicio y condena del presidente regional por prevaricación y malversación de fondos públicos, a una fallida moción de censura por parte del PSOE, a la dimisión de un Hormaechea que siguió en el cargo en funciones y a dos investiduras de presidentes fallidas, la de José Luis Vallines y Miguel Ángel Revilla. Todo eso en solo doce meses.

El último precedente de un Presupuesto prorrogado es el de aquel año. Hubo que esperar hasta el siguiente para que, de nuevo, se aprobaran dos cuentas distintas. Las de ese ejercicio y las del anterior.

Pero aún faltaba un último giro de guión para hacer más rocambolesca la historia. El Presupuesto de 1994, que se aprobó en marzo de 1995, contenía unas cifras de ingresos y gastos que no coincidían con las que realmente había tenido la comunidad. En concreto, 15.000 millones de pesetas menos de ingresos y 10.000 millones de pesetas más de gastos. Se puede entender un desfase en unas previsiones, pero en un balance de año ya terminado parece complicado de entender.