Las Casas de Dios

En esta sociedad líquida que tan atinadamente describió Zygmunt Bauman, por la que transitamos sin anclajes morales, convivencia colectiva ni más afán personal que la compra de chucherías; en este mundo donde –como disecciona en su blog el periodista Jorge Dionisio López– descomunales corporaciones someten a los Estados según el antojo de unos pocos tiranos cresos y emboscados; en este planeta descreído ya de utopías, donde en lugar de conducirnos por la máxima vital del filósofo Javier Gomá («Compórtate de tal manera que tu muerte sea injusta») preferimos anestesiar nuestra virtud reflexiva con cualquier pijada televisiva; en esta tierra loca y agnóstica de sí misma, en definitiva, Cantabria se enfrenta durante estos días a un dilema ontológico de una dimensión fantabulosa: el cura de Galizano no quiere que los Reyes Magos den los regalos a los niños dentro de la iglesia del pueblo. No responde a capricho: el sacerdote está dispuesto a permitir ‘inside’ del templo «la Adoración» que los excursionistas de Oriente ofrecen al dios recién nacido, pero no la entrega de obsequios a las criaturas paganas de la localidad. Los vecinos dicen que el anterior cura les dejaba. El nuevo cura dice que el Obispado no le deja a él. Nosotros no podemos dejarlo pasar.

Recordemos que este rito ya nació arcano. Más allá de la boutade de la mirra, y de lo extraño de agasajar con una fragancia ambientadora a una familia paupérrima alojada en una covacha, las Sagradas Escrituras no aclaran por ninguno de sus versículos qué hizo San José con el oro recibido. Tampoco existe hermenéutica ni hagiografía al respecto. Del cual silencio eclesiástico podemos colegir que lo importante de aquel acontecimiento no fueron las dádivas al rey mundano, sino la postración ante el dios alumbrado. Ergo, el cura de Galizano tiene razón. Los regalos, afuera. Pero entonces, ¿para qué sirve una Iglesia? ¿Qué es un templo, una Casa de Dios, sino un albergue de hospitalidad infinita? Si se le sustrae dicha condición, las iglesias pueden acabar como las Casas del Pueblo socialistas: solo las visitan los parientes de las siglas. Y por otro lado, ¿por qué necesitan la iglesia los parroquianos y sobre qué axioma sustentan su demanda? ¿Cuántos son tan creyentes y cumplidores como para cuestionar al Obispado, cuántos piensan acudir a Misa de Gallo? Si se toman la Cabalgata como una fiesta popular, pues que la celebren definitivamente como tal, o sea definitivamente laica. Que como todo el mundo sabe es la perra que viajó al espacio.

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