Los chicucos, el Centro Cántabro y el viaje hacia la Montaña del sur

Rubén Haya, en la bolera de la Casa de Cantabria en Cádiz.
Rubén Haya, en la bolera de la Casa de Cantabria en Cádiz. / DM .
  • Los problemas originados por el pago del IBI ponen en serio riesgo la supervivencia de una sociedad más que centenaria

La relación de Andalucía con Cantabria viene de antiguo, porque hacia allí partieron los emigrantes montañeses en busca de fortuna. Unos, de paso a los países de América; otros, conocidos como jándalos, se quedaron en Sevilla, la puerta de salida a ultramar; el resto se estableció en Cádiz, donde también los llamaron 'chicucos' en razón de su procedencia y de la corta edad con la que llegaban. La presencia de los cántabros tuvo tanta importancia en el comercio de la ciudad, especialmente en el sector de comestibles, vinos y licores, que "formaban el grupo de origen provincial más numeroso, después de los gaditanos (1730-1823), matriculados en el Consulado de Cádiz para el comercio con América". A finales del siglo XIX eran "más de los dos tercios del total de los comerciantes e industriales minoristas de la ciudad", según los estudios de la profesora Consuelo Soldevilla. Citada durante esos años como "la Montaña del sur", dado el fuerte flujo migratorio, aún hoy, aunque ha descendido el número de cántabros que viven en Cádiz, los nombres de algunos de sus establecimientos evocan a Cantabria.

Un trabajo publicado por José Álvarez, un empresario gaditano estudioso de su comercio, hace mención a que Juan Roig, el presidente de Mercadona, lamentó hace algún tiempo la ausencia entre los españoles de "la cultura del esfuerzo de los bazares chinos". Desconoce, sin duda, el ejemplo de los 'chicucos' montañeses, "jóvenes y niños que vivían en el propio establecimiento donde trabajaban. Cuando cerraba el local, tras una larga jornada laboral, dormían en unos finos colchones instalados tras el mostrador. Allí comían, sin apenas días libres y, mucho menos, vacaciones. Los más avispados acababan ascendiendo o bien terminaban por ponerse al frente de la misma tienda o bien montaban su propio negocio donde, a la vez, contaban con sus correspondientes 'chicucos'. Algunos de esos chavales apenas tenían diez años, y eran cántabros reclamados a la provincia desde Cádiz por familiares y amigos, convertidos ya en comerciantes, los cuales montaron un peculiar sistema de financiación, ayudándose unos a otros para evitar la petición de préstamos bancarios de intereses abusivos, "en clara similitud con lo que hacen ahora las familias asiáticas".

Asistencia y solidaridad

Por todas estas causas, a comienzos del siglo XX eran ya muchos los cántabros residentes en Cádiz –no sólo en la capital, sino también en Jerez de la Frontera, El Puerto de Santa María (lugar repoblado por montañeses), Chiclana o Sanlúcar de Barrameda– cuando se fundó el Centro Cántabro como consecuencia de la necesidad de contar con un servicio propio de carácter asistencial y social, ya que por entonces no existía ningún sistema de protección para patronos y trabajadores. Los fines fundacionales fueron, según se señala en el acta, los de "estrechar los lazos de unión, fomentar los ratos de solaz e instrucción, la defensa de los bienes naturales y la creación de una Casa de Salud para la asistencia gratuita de los socios". En la asamblea de constitución, celebrada el 3 de abril de 1913 en la sede de la calle Sagasta, se acordó que podían asociarse "todos los naturales de la provincia que fuesen dueños o dependientes de comercio dedicados a comestibles, bebidas o similares", al tiempo que se formaban tres categorías: los socios de primera, que eran los dueños o arrendatarios de los establecimientos; los socios de segunda, aquellos dependientes que desempeñaran sus servicios en los mismos, y los socios de tercera, la que integraban los 'chicucos', quienes solamente pagaban de cuota una peseta al mes.

En 1941, después de que la Guerra Civil y la posguerra provocaran una grave crisis al ser muy acusada la pérdida de socios, el Centro abandonó su carácter benéfico y asistencial y pasó a convertirse en lo que es hoy, una sociedad de carácter recreativo y cultural. Las penurias económicas obligaron a la venta de una parte de los terrenos, quedándose reducida la superficie original de más de 3.000 metros cuadrados a 1.700, los que dispone en la actualidad. Ya en el año 2001, afectado el inmueble por el Plan General, fueron derribadas las viejas instalaciones, dando origen a una sede moderna, amplia y funcional, gracias al esfuerzo y el trabajo personal de Félix Obregón Gutiérrez, con el apoyo de Teófila Martínez, natural de Santander, quien fuera alcaldesa de Cádiz durante un largo periodo, y la ayuda del Gobierno de Cantabria.

Félix Obregón, el joven presidente de la Casa de Cantabria en Cádiz.

Félix Obregón, el joven presidente de la Casa de Cantabria en Cádiz.

El Centro Cántabro de Cádiz tiene, pues, un largo recorrido, más que centenario, aunque ahora los tiempos andan revueltos. Ejemplo de funcionamiento de una Casa de Cantabria de tamaño moderado durante muchos años, los problemas derivados del pago del Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI), que supone unos 9.200 euros anuales, amenazan su supervivencia. El joven presidente de 41 años, Félix Obregón Fernández, quien recogiera el testigo de su padre Félix Obregón Gutiérrez, regidor histórico, quiere renegociar la estimación del coste de los terrenos de la céntrica Avenida de Portugal, sobre los que se asienta el edificio –muy sobrevalorados, en su opinión–, con el controvertido alcalde gaditano José María González, a quien llaman 'Kichi', mientras solicita el apoyo y el asesoramiento legal del Gobierno de Cantabria. El IBI es el caballo de batalla de muchas de estas casas regionales sin ánimo de lucro, que apenas cuentan con los ingresos justos para mantener dignamente la sede, realizar las actividades anuales programadas de la mejor forma posible y procurar que el presupuesto no se desmande. Probablemente la solución deba ser global y no individualizada, pero la escasa disponibilidad económica, condicionada exclusivamente por la tributación, ha impedido que por primera vez en treinta años la Casa de Cantabria organice el tradicional concurso Bahía de Cádiz, puntuable para el circuito nacional (CINA), que se celebra el mes de octubre y en el que participan los mejores jugadores de bolo palma.

Aspecto de la entrada al centro cántabro.

Aspecto de la entrada al centro cántabro.

Razonablemente optimista

Aunque Obregón, quien lleva doce años en el cargo, se muestra razonablemente optimista sobre la continuidad de un centro que su padre revitalizó y consolidó –es el único ejemplo conocido de "relevo generacional" en una Casa de Cantabria– afirma que 2017 será clave para conocer el futuro. "Veo la situación un poco mejor que la veía hace unos meses, pero el IBI nos está matando. No podemos pagar una cantidad tan desmesurada porque se lleva todos los ingresos. Muchos socios se han dado de baja, y ahora mismo hemos cerrado el acceso porque hay poco que ofrecer. Con el impuesto a la mitad no tendríamos dificultades y el centro podría garantizar el buen servicio de siempre".

La Casa de Cantabria llegó a tener un número estable de afiliados superior a los trescientos, pero ahora sólo hay ochenta. "Si logramos solventar esos problemas, esto no constituye inconveniente alguno, porque la gente vendría de nuevo, aunque debo advertir que los cántabros de nacimiento cada vez son menos, apenas un treinta por ciento del total". Félix Obregón, empresario, quien regresa cada año de vacaciones a su casa familiar de Cantabria y echa de menos en Cádiz "el verano santanderino, la seriedad y puntualidad de su gente y el buen vestir" quiere, al igual que México, que el Centro Cántabro funcione como una empresa, "porque es la única forma de mantenerse durante años. Y en eso estamos".

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate