Las cicatrices de la guerra que el tiempo no ha podido borrar

Decenas de niños cántabros, asturianos y vascos con rumbo a la ciudad inglesa de Stoneham, en el inicio de su exilio para dejar atrás la barbarie.
Decenas de niños cántabros, asturianos y vascos con rumbo a la ciudad inglesa de Stoneham, en el inicio de su exilio para dejar atrás la barbarie. / DM
  • Ocho décadas después del fin de la Guerra Civil en Cantabria, El Diario recordará la contienda con una serie de reportajes

La guerra es para los adultos; probablemente solo ellos pueden entenderla en su sinrazón. A ojos de cualquiera de los niños que aparecen en la imagen de este reportaje, preparados para dejar el país y alejarse de la barbarie, es imposible concebir la muerte así, gratuita. Por eso no hay atisbo de preocupación en sus semblantes; con lógica ninguno conocía la verdad del futuro que les aguardaba, con exilio, orfandad o desapariciones.

Muchos adultos tampoco imaginaron que esa mala hierba que es el odio, que crecía vigorosa meses antes de aquel fatídico julio del 1936, fuera a cegar las miras de unos y otros. La batalla política fue solo la superficie de un desacuerdo que polarizaba las clases sociales, los pensamientos religiosos y las formas de vida de compatriotas, vecinos y hasta hermanos. El mayor error de la historia reciente de España acabó en Cantabria con la vida de más de 7.400 personas.

El Diario inicia con este reportaje un recorrido por este fatídico episodio de cuyo final se cumplen este verano 80 años para recuperar la memoria regional del conflicto en una serie de artículos que se detendrán en fechas clave, hechos fundamentales y miradas concretas con las que configurar el mejor relato de lo sucedido.

El primero de esos reportajes sitúa el punto de partida en el germen y estallido de la contienda. "La mayoría de la gente se vio implicada en una disputa que no le importaba", zanja el historiador cántabro Jesús Gutiérrez Flores. "No había lugar para la neutralidad. O estabas con unos o estabas con otros. Y lo peor es que la amalgama de ideologías que alimentaron el odio enfrentaba no ya a países, sino a vecinos, incluso a familias. Si un día antes del estallido de la guerra le dices a la gente lo que iba a suceder, muchos no lo hubieran creído".

La épica de algunas operaciones militares ha sido estudiada por historiadores de diferentes generaciones. Tras ellas afloran relatos de valentía, de honor y traición. "Cuando uno estudia la Guerra Civil no se puede detener solo en la cronología de la contienda. Hay sucesos colaterales que ayudan a entender lo que ocurrió y por qué ocurrió", cuenta el historiador Miguel Ángel Solla. Por eso otro de los reportajes esbozará el recuerdo de lo que fue el día a día de penurias, racionamiento y miedo de una sociedad atemorizada por los bombardeos durante los 13 meses que resistió el régimen republicano en una región que paradójicamente siempre había sido de derechas.

Hambre y miedo

Cercada por las tropas de Franco por el sur, y por el acorazado Almirante Cervera en el Cantábrico -que cerró la puerta al abastecimiento por mar-, Cantabria tuvo que soportar como pudo un tiempo de hambre y miedo. "El primero de los bombardeos, el de 27 de diciembre de 1936 de la mano de aviones de la Legión Cóndor alemana, fue el más mortal", relata el especialista santanderino José Manuel Puente. Perdieron la vida 65 vecinos, con castigo especial al barrio santanderino de Porrúa. La reacción republicana no esperó y la muerte se respondió con más muerte. Ese mismo día el jefe de la policía, Manuel Neila, y el director de justicia del Gobierno Republicano, Teodoro Quijano, orquestaron el asesinato de 157 presos encarcelados en el buque prisión Alfonso Pérez.

El miedo al cielo espoleó la construcción de refugios antiaéreos, que recorren Santander por rincones insospechados. "Hay galerías conocidas y otras menos. La gente se atrincheraba con sacos terreros en los bajos de los edificios más sólidos, como el Banco de España o Correos", detalla José Manuel Puente. Y pese a todo nadie pudo esquivar el terror, ni el que despertó la guerra ni tampoco el que vino después, con la fiera represión que perpetró el régimen de Franco. Cuenta el escritor santanderino Enrique Menéndez que los fallecidos en campos de concentración, en paseos al monte y otros fusilamientos ascendieron a 2.289.

Unos cuantos tuvieron la suerte o la desdicha de ver cómo los separaban de sus familias hacia un exilio forzado y muchas veces improvisado por los avatares de la contienda. "Entre octubre y diciembre de 1936, la Consejería de Exterior de Santander otorgó 1.100 permisos de salida para los buques ingleses, más del 75% eran españoles y el resto declaraban nacionalidad extranjera", revela la investigadora Consuelo Soldevilla, especialista en el exilio.

Muchas madres despidieron a sus hijos en el puerto; algunas nunca volvieron a verlos. Ellas, las mujeres de la guerra, son también protagonistas a veces mudas de la Historia. "Fueron madres, hermanas, hijas y esposas. Vivieron muchas veces con impotencia un conflicto que no entendieron jamás. Aunque otras sí lo hicieron y llegaron a tomar las armas con igual o mayor coraje con el que lo hicieron los hombres", esboza sobre este epígrafe el escritor José Ramón Saiz Viadero.

Los que no quisieron vivir la derrota encontraron formas de rebeldía. Son los que se echaron al monte. A ellos se dedicará otro de los epígrafes de esta serie periodística. "Los llamaron maquis pero es un error. El término maqui es francés", narra el escritor cántabro Isidro Cicero. "Hay anécdotas inolvidables de gente como el Cariñoso, Juanín o Bedoya, los que se echaron al monte y hoy son recordados casi como una leyenda".

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