La Hermida: 20 años de promesas y piedras

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/ Vídeo: Pablo Bermúdez

  • Conducir por el Desfiladero es transitar entre el espectáculo y el riesgo, pero a dos meses del Año Jubilar, la carretera de acceso a Liébana sigue esperando el "gran proyecto" de mejora

El Desfiladero de la Hermida no es una carretera. Es más una forma de vida, la de los ángulos ciegos del retrovisor sustituidos por árboles que parecen fantasmas, con las ramas en el aire sin saber muy bien dónde tienen las raíces; esa forma de vida que supone sacar la mano para emular el anuncio de cierto coche y tocar literalmente la caliza de la que está hecha Cantabria.

Eso es el Desfiladero, un pasillo de piedra del que sus vecinos se saben de memoria sus ruidos y grietas, y que, para los turistas, es la oportunidad de sentirse nuevo en algo. Aún cabe la sorpresa al otro lado del cristal, y aunque parece imposible que dos coches quepan por una calzada tan encajonada, lo cierto es que la vía es una de las más seguras de la región. ¿La razón? Lo lento que hay que circular para atravesarla. Sin embargo, no está impoluta su historia.

Los vecinos de la zona recuerdan los incidentes y no olvidan que hubo muertos, aunque la mayoría de esos siniestros se remontan hace más de 30 años. Evitarlos pasa por las actuaciones en los márgenes de la montaña para frenar los continuos desprendimientos; principal baza de los peores augurios.

Hoy, el Desfiladero es una vía que inquieta al volante pero ni el jefe provincial de Tráfico, José Miguel Tolosa, la considera en sí misma peligrosa: "Es una vía con un trazado tal que los conductores van despacio, por tanto hay pocos accidentes y los que se registran son de poca consideración", dice en alusión a las cifras de los últimos años.

En 2016 se registraron quince accidentes en el tramo que comprende el Desfiladero, y por fortuna ninguna víctima mortal: sólo un herido grave y nueve leves. Lo mismo sucedió un año antes, en 2015, cuando tampoco hubo fallecidos en los 18 accidentes que contabilizó la DGT.

La baja siniestralidad sin embargo ha dejado de lado la necesidad, la otra, la que no se computa por víctimas sino por hechos, que las obras en la vía suenen a plegaria. Los lebaniegos quieren viajar más. Y mejor. Se trata de la piedra angular del desarrollo de toda sociedad pero, en este caso, la mejora del Desfiladero suena como una letanía. El santo oficio de pedir y conceder se ha quedado a medias en un trayecto que supone el acceso principal a uno de los atractivos turísticos más prósperos de Cantabria: el valle de Liébana (Potes, Santo Toribio) y Picos de Europa. A dos meses de que abra la Puerta del Perdón y por tanto se inicie al Año Santo Jubilar, el acceso por carretera a Liébana sigue con las rayas amarillas pintadas en el suelo de una calzada que no permite adelantar pero tampoco se adelanta a su tiempo.

La reforma integral se planteó en 1996 como algo ineludible. Una necesidad, decían. Pero lo necesario se fue volviendo prescindible y durante los 20 años siguientes la obra ha permanecido como un amago; un quiero y no puedo recurrente en cada promesa electoral. Hasta seis ministros han anunciado su inicio. Los vecinos lo llaman 'el proyecto', casi un nombre mítico que debería escribirse en mayúsculas. Y no es para menos: la actuación está presupuestada en 60 millones de euros, pero solo ha aparecido en los Presupuestos Generales del Estado con pequeñas partidas para estudios previos, redacciones técnicas e intervenciones de urgencia. En 2014 y 2015, la cantidad consignada fue de 815.000 euros.

Y ahora, ¿cuál es el plan?

El Desfiladero soporta un tráfico de 2.500 vehículos diarios, un volumen de coches que se multiplica por tres en verano y que, en Año Santo, dobla su afluencia. Es la vía de entrada de los suministros que abastecen la comarca y que en hora punta soporta cruces de camiones y vecinos de la zona, coches y furgonetas que conviven por las curvas ganadas al terraplén. En cuanto a turistas, decenas de autobuses lo cruzan a diario, hasta en temporada baja, sin embargo, a pesar de que podría parecer un embudo, "no hay Año Jubilar que colapse el desfiladero", dicen los alcaldes que, acostumbrados a vivir sin las obras prometidas, dan la bienvenida a los los 3.000 fans que podrán asistir al concierto de Jean-Michel Jarre.

El plan más inmediato para el Desfiladero pasa por el Ministerio de Fomento. El proyecto, que ha salido a licitación en cuatro ocasiones pretende iniciar un remozado en 2,8 kilómetros, casi todos pertenecientes a Cillorigo de Liébana. Rectificará cinco curvas, las de peor trazado, para que alcancen los ocho metros. También ensanchará y enderezará cuatro puentes sobre el río Deva. No intervendrá en la montaña ni en la ribera, ya que de momento solucionará lo urgente con voladizos. En total, ha presupuestado 9,8 millones para estos 'arreglos'. Las rayas están pintadas y las vallas puestas desde que en la primavera de 2016 comenzaran esos trabajos preliminares pero se cancelaron antes del verano. Ahora sólo queda empezar, de verdad, las obras.

¿Pero cómo ejecutarlas en semejante escenario? Ahí está la otra gran batalla de los lebaniegos. Para trabajar en ella será necesario cortar la carretera una semana –y con suerte acabar una de las cinco obras-, fijando un calendario que se debe acordar con los alcaldes para prevenir a la población y tomar las medidas oportunas para sobrellevar la incomunicación.

La apertura de la Puerta del Perdón es el 23 de abril pero la cercanía de la campaña hostelera de primavera, con las reservas echando humo, así como la cercanía del verano, que es el cañón turístico de la comarca, hacen impensable una actuación a corto plazo. En otoño, sin embargo, se suma otro inconveniente, ya que las obras deben tener en cuenta la particular necesidad de las especies animales a riesgo de interrumpir, entre otras cosas, la freza del salmón o el anidamiento del alimoche. Por lo tanto, a corto plazo, el precio de llegar hasta Liébana y rozar sus paisajes es "llegar mareado" a La Hermida o donde uno pueda bajarse del coche y respirar de otra manera, como si estuviera en una parte del mundo a la que no está acostumbrado.

"La primera vez llegan mareados"

Algo así les sucedió a los expertos de la compañía SEAT, que la eligieron como 'una de las diez carreteras más espectaculares del mundo'. El Desfiladero es la única vía de España en este ranking. Los de SEAT quedaron prendados al pasar entre estas enormes paredes verticales de hasta 600 metros de altitud, una carretera que es un tajo a montañas que están vivas, por la que es imposible mantener la vista al frente ante tanto espectáculo paisajístico.

"La primera vez que nos visitan llegan mareados, agobiados por las curvas, pero cuando repiten entienden su encanto", cuenta el director del balneario de La Hermida, Alberto Rentero, un establecimiento situado a mitad de trayecto de esta carretera, con cuarenta trabajadores que dependen de que todo vaya bien para llegar puntuales a sus puestos. Porque además de belleza, si algo tiene el Desfiladero son piedras. Muchas. Y peligrosas.

El último "argayo fuerte" ocurrió a finales de 2014 . Más de mil toneladas de piedras cayeron sobre la N-621. Ocurrió de noche y la vía estaba desierta. Hubo que cortar la carretera unas horas para dejarla limpia. Pero la vida siguió. "No podemos estar en estado de pánico", dice Rentero, porque por allá nadie espera que se encuentre la fórmula mágica que evite los desprendimientos. Saben que un alud no hay malla que lo pare. Que si te toca debajo te tocó. A veces es cuestión de milímetros. En 2013 un pedrusco atravesó el techo de un autobús y salió disparado como un proyectil por la ventanilla del conductor, sin rozar a ningún pasajero". "Suerte", se dijo entonces, la misma que invocan los miedosos cuando han de pasar.

Aunque las muertes por desprendimientos son contadas, no hay lebaniego que se precie que no tenga una historia cercana grave o un susto que contar. El propio alcalde de Potes, Javier Gómez, perdió a su padre hace 38 años alcanzado por una piedra cuando atravesaba la carretera para ir a repartir leche. Llegó a la Alcaldía hace ahora una década y aún no ha conseguido mejorar la vía. Se siente "decepcionado y frustrado, personal y políticamente, por no haber sido capaz de que el proyecto sea una realidad", dice. "Los alcaldes, los representantes del Gobierno de Cantabria y del Ministerio de Fomento. Todos tenemos una deuda con Liébana, en todas las campañas electorales hemos prometido arreglarla". Hasta hoy. Pero Gómez, que sueña con la mejora de la vía, siempre añade una condición: "Que el Desfiladero conserve sus valores. No queremos ir a cien por hora, solo mejorar la circulación".

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