Trauma

Dice mi psicólogo que en la vida sufrimos, de media, cuatro traumas. Hay quien se topa con tres, quien padece diez y quien se sumerge en un trauma interminable, porque también la desgracia, la melancolía o la ira proporcionan la intensidad suficiente para sentirte vivo. Por eso hay gente que escucha a Jiménez Losantos.

Yo he echado cuentas y me salen 732 traumas psicológicos en 45 años. O 731, si excluyo la tarde en que unos abusones patearon mi bicicleta nueva y al subir a casa llorando porque me la habían «partido en dos» mi padre me explicó –desorinado– que aquella Orbea verde que me había comprado era plegable. Aquel trauma lo superé como ha de superarse cualquiera: sometiéndome a una segunda humillación.

Cuando pierdes el miedo a que la vida te ridiculice, ninguna situación traumática puede acabar contigo: sabes lúcidamente que todo puede ir a peor, según afirman Calvin y Hobbes, los mejores filósofos de nuestro tiempo. En realidad, sólo tú puedes abusar de tu vida, desperdiciándola con un trauma, o con una radio con la antena exaltada.

Bien lo saben en el PP cántabro: de la lucha a machete que mantienen los dos aspirantes a su Presidencia podría inferirse que el partido atraviesa un trauma. Los adláteres de unos y otros se detestan sin morderse la lengua; sus líderes no se dirigen la palabra. ¿Están traumatizados? No. En cuanto se resuelva la votación, veremos cómo la gaviota se endereza y la bici de la seriedad y el futuro vuelve a estar más unida que la soldadura moral de España.

Algo de lo que no puede presumir el PSOE de Cantabria, que en sí mismo es un trauma (no han ganado unas elecciones, no paran de perder votos, y aún así gobiernan, flipando); ni tampoco el PRC, porque Revilla es un psicólogo de masas (o psicomago). Nuestros Ciudadanos son un diván colocado en mitad de una cocina, mientras que los cántabros de Podemos nunca organizarán un Vistalegre porque, viendo cómo se manejan, les resulta inconcebible cualquier alegría en política.

¿Quién tiene el trauma? Pues Cantabria, que con el abrigo lleno de piedras se hunde paso a paso en el ocaso de sus bahías. ¡Ay Virginia, qué novela escribirías!

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