Credo

"Creer es más fácil que pensar", han escrito en la fachada de la iglesia de El Astillero. El que rotuló el templo –probablemente también profesará algún credo laico– quizá tampoco meditó mucho a quien endosaba la sentencia. Porque las lecciones de fe más inquietantes ya no se proclaman desde el púlpito, sino desde otros micrófonos del poder. Que entre cuentos, verdades a medias y meter miedo consiguen mantener sus privilegios, generar indiferencia hacia los corruptos y lealtad hacia quienes les protegen.

Los ciudadanos comulgan a diario con relatos adulterados. Algunos ni siquiera necesitan hechos o más información: todo aquello que no encaja en su fe ciega se niega o se ignora.

Pero hacer una pintada en otros muros, allí donde no ponen la otra mejilla, probablemente arriesga una sanción mordaza considerable. Desconcierta, además, esta extemporánea vuelta a la proclama clásica en las paredes, ahora que las reivindicaciones viajan en el escaparate de un autobús. Aunque hasta aquí sólo llegará el ‘metrobús’, versión más inocente del carrusel ‘Tramabús’. Y más práctica, porque –a falta de AVE– nos han prometido un corredor de alta velocidad entre Valdecilla y Sardinero.

En realidad, ya no necesitamos que las promesas se cumplan. Ni siquiera que las cosas sucedan. Nos las creemos antes de que pasen. Ayer nos dijeron que el polémico calendario de ‘descanso escolar’ se va a mantener porque tiene «un resultado francamente positivo». Un diagnóstico desconcertante, propio de la adivinación: dan el resultado antes de que acabe el partido.

Más extraña es la templanza con la que se toleran la reputación infame de Rato, un partido de gobierno protagonista del enésimo ‘caso aislado’ de corrupción, presiones del poder ejecutivo al poder judicial o la indiferencia hacia el escabroso asunto de la ‘policía política’. Rescataremos las autopistas en quiebra, pagaremos sus deudas y limpias de hipotecas –como dice Fomento que son rentables– se las devolveremos al sector privado, para que hagan negocio.

Silencio. Resignación. Indiferencia. No acepten lo habitual como lo natural, proclamó Bertolt Brecht. En tiempos de confusión, de arbitrariedad y de deshumanización nada debe ser natural, nada debe ser imposible de cambiar.

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