La muerte lejos del frente

Centenares de presos se hacinaron en el antiguo edificio de Tabacalera, en Santander.
Centenares de presos se hacinaron en el antiguo edificio de Tabacalera, en Santander. / Albert-Louis Deschamps
  • El odio y las rencillas personales dejaron cientos de muertos por la represión en Cantabria

  • El lado más oscuro de la naturaleza humana alimentó cientos de asesinatos que se ocultaron a la opinión pública en ambos regímenes

Incluso en mitad de una guerra, la misma muerte puede entenderse como un peaje lógico del lance; o como una barbaridad gratuita perpetrada por el lado más oscuro de la naturaleza humana. Las cifras de la represión en Cantabria asustan. Murieron 2.289 republicanos víctimas del ensañamiento franquista, –más de los 1.996 que lo hicieron en combate–. En el otro bando, la represión republicana dejó 1.156 caídos partidarios del frente nacional –y otros 1.601 murieron en el frente–. "Es sorprendente cómo el ensañamiento trascendió el campo de batalla para cebarse en la vida cotidiana", analiza Enrique Menéndez, historiador y experto en este triste episodio del conflicto.

"Hubo malas personas que hicieron gala de su calidad y se comportaron como auténticos asesinos. Ytambién hubo otras tantas que demostraron un liderazgo del bien asombroso, que incluso se jugaron el pellejo para salvar el del prójimo", agrega el escritor e historiador Jesús Gutiérrez Flores.

Los dos son acreditados cronistas de uno de los epígrafes más oscuros del conflicto que asoló Cantabria entre junio de 1936 y septiembre de 1937. Al principio de la contienda, días después del levantamiento, las viejas afrentas y odios personales entre clases se dirimieron con violencia a pié de calle. "Algunos pudientes urbanos pudieron salvar la vida con contraprestaciones económicas. Muchas veces fueron revanchas procedentes de la Revolución de 1934. Alguna vez, los chivatazos incluso sirvieron para deshacerse de una deuda. Delatar al prestamista era el mejor modo de terminar con la deuda", acredita Gutiérrez Flores. La centralización del aparato represor dio lugar a la creación, el 29 de julio, del Comité Ejecutivo Jurídico del Frente Popular para regular y homogeneizar las actuaciones contra los detenidos.

Pero nada de eso frenó el esperpento. "En esta región prácticamente se exterminó a los frailes de los conventos. Los 19 trapenses de Cóbreces, los 19 dominicos de Las Caldas y de Montesclaros, los 3 capuchinos de Montehabo, 9 jesuitas y 9 seminaristas de Comillas...", lamenta Flores. Muchos de ellos fueron arrojados al fondo del mar en la isla de Mouro. Concha Espina ficcionó en sus letras el instante en que un supuesto buzo se sumerge en la zona y descubre los cientos de cuerpos allí fondeados.

"Lo cierto es que pocos o ninguno sobrevivió a las corrientes marinas y a la descomposición;pero fueron muchos los que se arrojaron en aquel lugar", relata Menéndez. "Apagaban las luces a la altura de donde hoy está el CEAR de Vela para que nadie pudiera verlo. Allí subían a los prisioneros en una barcaza. Bajo la isla de Mouro los propinaban un palancazo en la cabeza y los arrojaban al fondo del mar atados a una piedra o un ladrillo. Muchos de esos cadáveres aparecieron días después en las playas de Somo y Loredo; y fueron identificados por sus pertenencias".

Una larga persecución

"¡Vámonos! ¡Vámonos, que nos matan a todos!". Esas eran las esperanzas de los dirigentes del Frente Popular de sobrevivir la madrugada del 26 de agosto de 1937 a la entrada de la IV brigada de Navarra y de la División ‘Littorio’, la maniobra que simbolizó la victoria franquista. "En las ejecuciones, distinguimos las legales que se aplicaban como resultado de los procedimientos de urgencia, sumarísimos u ordinarios; y las muertes que fueron fruto de venganzas privadas conocidas con el nombre de ‘paseos’", narra Jesús Gutiérrez Flores.

La primera represión, la más efervescente, apenas dio respiro tras la incursión de las tropas nacionales. Se fusilaron y se pasearon a cientos de dirigentes y personas que de alguna manera habían tenido delitos de sangre. A Santander llegaron 40.000 soldados y oficiales que fueron concentrados en la actual Plaza de Italia. "De allí los mandaron a las cárceles y a los campos de concentración". Cercaron espacios para este fin en Corbán, en la plaza de Toros, el hipódromo Bellavista (en Cabo Mayor), los campos de ‘Sport’ de El Sardinero y La Magdalena. "El hacinamiento era asfixiante", narra Gutiérrez Flores. "En La Magdalena, que tenía capacidad para 600 personas, recluyeron a 1.600", detalla.

Apilados como sardinas

Algo parecido sucedió en las cárceles. "Se apilaban como sardinas en el suelo al dormir. Si uno quería levantarse para hacer sus necesidades, debía cruzar toda la habitación para alcanzar un gran cubo que se colgaba en el centro. Allí se veían obligados a hacerlo, a la vista de todos y el olor a inmundicia era atroz", detalla Gutiérrez Flores. Ingresaron en prisión unos 30.000 cántabros, aproximadamente el 10% de la población. Algunos de los presos no vivieron para escuchar su sentencia: "En Tabacalera se hicieron sentir mucho más los efectos del hambre y la desnutrición", confirma Enrique Menéndez. Cientos de personas murieron por avitaminosis, paludismo, tifus... Todas ellas enfermedades que se creían superadas en un mundo que se oscurecía cada día y en el que no obstante también brillaron ángeles. Personas que hicieron lo posible por frenar los odios y envidias que convirtieron la guerra en un episodio mucho peor de lo que su naturaleza traía consigo.

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