Más de 4.000 niños abandonaron el puerto de Bilbao un 23 de mayo de 1937 para huir de la guerra con destino a Southampton.
Más de 4.000 niños abandonaron el puerto de Bilbao un 23 de mayo de 1937 para huir de la guerra con destino a Southampton. / AP

Una despedida de masas

  • Más de 20.000 cántabros exiliados, en su mayoría niños, huyeron de la guerra y la represión

La fotografía que ilustra este reportaje constata el hacinamiento con que el buque de vapor ‘Habana’ partió del puerto de Bilbao el 23 de mayo de 1937 con 4.000 pequeños huidos de la guerra. No cabía un ratón. Muchos de esos zagales del llamado frente norte (Asturias, Cantabria y País Vasco) jamás volverían a reencontrarse con sus familias; otros, ni siquiera regresarían a España. Lo dijo Jorge Semprún: "...Es la puerta del exilio, un camino sin vuelta, quizá..."

Igual que ocurrió en otras regiones españolas que permanecieron en el bando republicano en los primeros compases de la guerra, la de Cantabria fue una emigración forzosa, que se fue improvisando al ritmo que marcaron los acontecimientos, "y que se prolongó durante tres largos años", matiza Consuelo Soldevilla, la principal cronista de este fenómeno que condujo a la huida a más de 20.000 cántabros.

Hasta 1942, la inmensa mayoría alimentó la esperanza creyendo que la ayuda de las fuerzas aliadas llegaría a restituir el Gobierno anterior a la dictadura;"pero fue una aspiración inútil. La consigna era clara, no merecía la pena arriesgarse a volver mientras viviera Franco", describe el escritor José Ramón Saiz Viadero, buen conocedor también de este fenómeno histórico en la región. Sí que regresaron algunos niños. Otros hicieron sus vidas lejos del hogar y volvieron décadas después como turistas. "Hay historias de personas que quedaron profundamente traumatizadas por este episodio. Nunca regresaron a su tierra, a su casa", describe Viadero.

"Muy conocido es el caso del poeta León Felipe, que rechazó el retorno a Santander por considerar que esa ciudad ‘ya no era la suya’. Evidentemente, temía que el incendio que asoló los barrios del centro en 1941 hubiera cambiado por completo aquella fotografía urbana que prefirió guardar en su memoria para siempre".

Rumbo a otras vidas

Dos destinos coparon el grueso de esta inmigración: México y Francia. "Intelectuales, profesionales, dirigentes políticos y mandos sindicales componen el exilio americano. El resto, las bases políticas y sindicales, se quedan en Francia", constata Soldevilla.

La evacuación de la población civil desde el puerto de Santander comenzó en octubre de 1936. Lo que se enmascaró como una salida de extranjeros escoltada por buques de guerra ingleses, terminó por convertirse en un éxodo de españoles. "Entre octubre y diciembre de 1936, la consejería exterior de Santander otorgó un total de cien mil permisos de salida para los buques ingleses. De ellos, el 76% era para españoles y un 24% para ciudadanos de nacionalidad extranjera", aclara Soldevilla.

Lo complicado no fue huir –dentro de las complejidades lógicas de ese tiempo de aislamiento que vivió la región entre junio del 36 y septiembre del 37–, lo más difícil era conservar la vida. "En una ciudad pequeña como Santander era fácil, con medios económicos y una red de relaciones, conseguir un visado de salida incluso en los meses de 1937", narra Consuelo Soldevilla. Pero, una vez en el destino, la crudeza de la realidad sorprendía con una acogida nada grata y en algunos casos ni siquiera segura. En una Europa a las puertas de la II Gran Guerra fue difícil sobrevivir a los campos de internamiento. Y peor destino sufrieron quienes tuvieron la mala fortuna de terminar en Mauthausen.

"4.074 españoles murieron en Mauthausen y Gusen, desde el 6 de agosto de 1940 al 5 de mayo de 1945", cuenta el historiador José Manuel Puente. Allí hubo muchos montañeses. "En los campos nazis hubo deportados al menos un centenar de cántabros -yo tengo registrados 108-, la gran mayoría en Mauthausen, pero también los hubo en Dachau, Oranienburg, Bergen Belsen, Ravensbruck. Murieron unos 70 en total".

Un nuevo ejército

El apetito de revancha y el ímpetu de batalla del grueso de exiliados jóvenes en Francia los empujó a incorporarse a la legión extranjera gala. Otros se sumarían a las compañías de trabajadores extranjeros. "Estos últimos constituían una mano de obra militarizada que se ocupó en aquellos días de fortificar la zona fronteriza ante la amenaza inminente del ejército alemán, con Dunkerque como vértice", narra José Manuel Puente.

Terminaron por caer apresados cuando Alemania invadió Francia en mayo de 1940. "Eran prisioneros de guerra, pero a los españoles se les dio una oportunidad por el hecho de ser españoles. El Gobierno de Franco se desentendió de ellos porque eran exiliados contrarios al régimen y eso condujo a muchos a terminar en campos de concentración nazis".

Entre los que corrieron mejor suerte se encuentran algunos de esos que figuran en las fotografías que conmemoran la liberación de París. Sobre los tanques, los españoles que participaron en aquello alzaron el brazo en símbolo de una victoria que soñaron con celebrar en Madrid.

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