El día en que terminó la guerra

Medio Santander saltó a la calle para festejar la llegada de las tropas nacionales el 26 de agosto de 1937
Medio Santander saltó a la calle para festejar la llegada de las tropas nacionales el 26 de agosto de 1937 / DM
  • Las tropas nacionales entraron el 26 de agosto de 1937

  • Las Brigadas Navarras entraron por Camargo y las italianas por Bezana para encontrarse en El Sardinero y finalizar la toma de la capital

El momento que protagoniza las crónicas de la toma de Santander, con un pueblo volcado con las milicias franquistas, jubiloso, sobre los tanques y con el brazo en alto, dista mucho de la otra estampa más olvidada. La de una periferia desierta y un puerto vacío, con decenas de barcos huidos. Valoran algunos textos de Historia que la debacle republicana en Cantabria fue la más dura, la que precipitó la caída semanas después de todo el frente norte y el mismo fin de la contienda. Fue el clímax de una acción militar iniciada días antes, el 14 de agosto.

"La ofensiva estaba preparada para junio; pero la Batalla de Brunete obligó a Franco a replegar las tropas al norte de Madrid. De no haber sido por esa circunstancia, Santander hubiera caído mucho antes", explica el historiador y escritor Miguel Ángel Solla.

Apagado el fuego de Brunete, el foco de la estrategia militar nacional regresó al norte, el 14 de agosto, con dos puntos de apoyo: Las Brigadas Navarras, que se dirigieron hacia Reinosa, y las italianas –que tras las órdenes de Benito Mussolini acudieron a España para apoyar en la batalla–, que caminaron hacia el puerto del Escudo. "Su intención era neutralizar a las fuerzas republicanas estacionadas al sur de la cordillera y avanzar luego hacia el norte en busca del mar", aclara el escritor Jesús Gutiérrez Flores.

Las tres victorias de Franco

No fue una campaña muy complicada para las milicias nacionales. La moral del ejército republicano era lamentable. Meses de racionamiento y malas noticias del frente, con la derecha tomando el control del país, diezmaron los ánimos de las masas armadas. También influyó la falta de coordinación. Y en el balance esta victoria local de Franco tomó tintes de hazaña nacional: primero ganó buena parte del territorio norte, de alto valor estratégico. Se hizo con el poder industrial, con La Naval de Reinosa para alimentar la necesidad de producción bélica. Y por último logró sumar a sus filas a buena parte de los soldados hechos prisioneros en la rendición. "De los 40.000 milicianos republicanos que fueron capturados en Cantabria, muchos pasaron sin problemas un juicio rápido para volver a integrar las filas franquistas pocas semanas después. Franco sabía que los soldados del norte eran los mejores de España y no quiso desaprovechar esa oportunidad", matiza Solla.

El 26 de agosto las Brigadas Navarras avanzaron por Bezana mientras las italianas llegaron a Camargo. El planteamiento era la captura de Santander por dos frentes. Y en el encuentro de ambas en El Sardinero, se fijó la caída definitiva de Santander. Pese a todo, la guerra en Cantabria documenta su final con la toma del último reducto republicano, el pueblo de Tresviso, el 17 de septiembre.

El júbilo nacional

Muchos vecinos de la capital, que en gran medida nunca habían ocultado su simpatía al régimen conservador, salieron a la calle para festejar todo lo que significaba el fin de la guerra. No solo en lo ideológico; también en lo concerniente a las condiciones de vida. Los 13 meses de racionamiento, de incertidumbre y bombardeos, de guerra sin fin, habían minado la moral de todos. "Para muchos la política ya era lo de menos, querían volver a la normalidad, sin más", aclara Solla.

El brazo en alto fue el gesto para empatizar con los militares.

El brazo en alto fue el gesto para empatizar con los militares. / DM

Quedó inmortalizado el baño de masas de las tropas nacionales en el paseo de Pereda. El pueblo se abalanzó sobre los tanques, subió a los coches, alzó la bandera nacional y cantó para celebrar ese día. Fueron momentos de júbilo que marcaron el fin de la contienda en la capital cántabra. Pero de otro lado existe una historia menos entusiasta, la de aquellos que se vieron obligados a abandonar Cantabria conscientes de que los aguardaba una muerte segura. O la de quienes se mantuvieron fieles a sus ideales y prefirieron morir antes que ver Santander en manos de los nacionales. "Cuentan muchas historias, algunas no se han podido demostrar, pero pueden ser el reflejo de lo que se vivió en aquellos momentos", narra Fernando Obregón, otro de los cronistas acreditados de estos años de contienda. "Precisamente en el pueblo en el que nací, Obregón, recordaban los ancianos que el 24 de agosto, dos días antes de la toma de Santander, medio pueblo se refugiaba de los bombardeos en una cueva. Allí había una pareja muy joven. Él se llamaba Federico, ella Carmen. Sus familias estaban enfrentadas: la de él era de izquierdas y la de ella, de derechas. Su amor es el puro reflejo de la sinrazón de esta guerra, que enfrentó a hermanos y familias. No pudieron aguantar la presión, salieron a la boca de la cavidad y allí se suicidaron".

La muerte de otros que trataron de huir de ese mundo belicista fue menos acordada. En un intento frenético por abandonar la ciudad con las tropas nacionales a la puerta de la capital, cientos de personas se hacinaron en barcos. Lo mismo daba que fueran de carga, de pesca, o pequeños cascarones, la huida era desesperada. "Al menos dos de esos barquitos se hundieron poco después de salir de la bahía. Probablemente iban abarrotados", narra Obregón.

Los altos mandos militares y gubernamentales de la república encontraron mejores medios de escape. "Al menos el jefe del ejército del norte, el general Mariano Gamir, el delegado del Gobierno Juan Ruiz Olazarán y varios diputados y mandos militares escaparon en un pequeño submarino hacia Gijón", describe Miguel Ángel Solla.

Una muerte entre amigos

Eulalio Ferrer describió la más memorable de estas leyendas. Varios hombres de izquierdas tomaron una trainera, agarraron los remos y decidieron huir hacia ninguna parte. Subieron a bordo con una pistola con el cargador lleno y echaron a suertes la muerte. Antes que sufrir la captura, uno de ellos sería el encargado de asignar cada bala a cada uno de sus compañeros para luego suicidarse. Al parecer, fueron interceptados, y cuando llegaron a bordo, los encontraron muertos.

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