La agria realidad de la posguerra

El Rosario de la Aurora, en la plaza de las Estaciones (Santander), un 7 de abril de 1957./Mazo
El Rosario de la Aurora, en la plaza de las Estaciones (Santander), un 7 de abril de 1957. / Mazo

En Santander volvieron las cartas de racionamiento, la iglesia se erigió como baluarte educativo y moral, y la sociedad quedó dividida en dos: vencedores y vencidos

José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

Desde que el 26 de agosto de 1937 las tropas franquistas tomaran Santander, los cántabros quisieron ver en el fin de la guerra el principio de un nuevo tiempo de esperanza. Una nueva etapa para dar carpetazo a meses de racionamiento, miedo, bombardeos y otras penalidades; pero todas esas aspiraciones se frustraron. Los derechos sociales y sindicales fueron seriamente recortados. El hambre se perpetuó por culpa de un régimen autárquico que durante largos años basó su supervivencia en el aislamiento frente a una Europa gobernada por unos aliados que vencieron al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Después, el ejército y la iglesia hicieron el resto. La falange se amparó en el poder religioso para consolidar el nacionalcatolicismo y forjar así el pilar sobre el que sustentar toda la estructura del Estado.

«La España de la posguerra es una nación dividida en dos bandos, el de los vencedores y el de los vencidos», relata el historiador cántabro Miguel Ángel Solla. El estigma persiguió a todos aquellos que de alguna manera se habían mostrado afines a la república. En Cantabria no eran pocos. «Los grandes núcleos industriales eran de izquierdas. Y sobre Santander -que durante largo tiempo se mostró como una ciudad de derechas-, convendría recordar que en las elecciones de 1936 venció la izquierda del Frente Popular», recuerda el historiador cántabro y profesor de la Universidad de Valencia Julián Sanz, autor de una tesis sobre este periodo de posguerra en Cantabria.

El hambre era un problema que quedó patente en los mismos informes de Falange. «En Cantabria, dentro de lo que cabe, no fue ni tan mal. Porque en otras partes del territorio español, la situación fue desastrosa. De la guerra a la posguerra la situación mejoró algo, claro está, pero al final supuso pasar de la miseria a la pobreza», cuenta Julián Sanz.

«Alguna gente bien situada aprovechó sus contactos para hacer negocio con el estraperlo» Julián Sanz

Se multiplicaron los delitos contra la propiedad, se generalizaron los robos de alimentos y se fortaleció el mercado negro. «En los pueblos la gente sobrevivía algo mejor gracias a la huerta y al ganado. Muchas casas abastecían de comida a sus familias en la ciudad», explica Sanz. El régimen era claro en sus consignas contra el estraperlo, pero en la práctica se generalizó la vista gorda: «Alguna gente bien situada en el régimen se sirvió de sus contactos para hacer grandes negocios», señala el profesor de la Universidad de Valencia.

La mujer perdió los derechos adquiridos durante la república y la transformación social se prolongó también al resto de realidades. «Las calles de Santander cambiaron de nombres», explica Miguel Ángel Solla. La que hasta entonces había sido la avenida de Pablo Iglesias pasó a ser avenida de Reina Victoria; la plaza del Ayuntamiento de la capital, que era de Francisco Pi y Margall, pasó a ser la del generalísimo Franco.

Una iglesia hegemónica

Los crímenes pasionales se multiplicaron, «probablemente como vía de escape», y los bares cobraron mayor importancia como lugares donde cultivar una vida social en la que el catolicismo caló hasta el tuétano. «La alineación de la iglesia con el bando nacional fue clara desde el inicio de la guerra. Eso le valió no pocos sufrimientos. Fueron muchos los sacerdotes represaliados durante el periodo anterior al gobierno franquista. Con la llegada al poder cobraron un protagonismo que les permitió monopolizar la educación y dirigir la moral y las costumbres», explica el historiador cántabro Fernando Obregón. España se autoproclamó reserva espiritual de occidente. Pero no fluyó igual de bien el modelo político para instaurarlo.

«Hasta Normandía, el Frente Norte temió un gran desembarco de los aliados en estas costas» Fernando Obregón

La pugna entre los sectores falangistas y los promonárquicos -partidarios de que Franco diera un paso atrás en favor del rey-, se tradujo en tensiones que en ocasiones terminaron con serias disputas. «Ejemplo claro fue el del alcalde promonárquico Emilio Pino, que acabó siendo destituido del cargo a manos de unos enemigos que se granjeó en su proyecto de reconstrucción de la ciudad tras el incendio», explica Julián Sanz.

Las llamas devoraron el casco viejo de la capital en febrero de 1941 y dejaron sin hogar a más de 10.000 personas. «La gente pobre perdió lo poco que tenía. Familias enteras dormían donde podían. Fueron años terribles», describe Fernando Obregón.

Un panorama gris

Se estanca el crecimiento demográfico, se dispara la rentabilidad industrial impulsada por los ajustes auspiciados por una patronal amparada ahora por un régimen que vigila con firmeza al sector obrero; y se mira con recelo el contexto internacional, especialmente tras la victoria de los aliados en la Segunda Gran Guerra. «España vendió siempre que era neutral; pero de fondo favoreció al fascismo», aclara Fernando Obregón. «De hecho hubo sucesos en territorio cántabro. Santander refugió en el dique de Gamazo a un submarino italiano que estaba siendo perseguido por la Royal Navy inglesa. La misma flota británica hundió el carguero alemán 'Baldur' frente a los acantilados de Castro Urdiales», relata Obregón.

Aún se conservan las ruinas de hormigón de las baterías de artillería que estuvieron preparadas en buena parte de la costa cántabra. Siempre en lugares estratégicos, expectantes ante una posible invasión por mar de los ejércitos aliados. «Pasado junio de 1944 y ejecutado el desembarco de Normandía, los ánimos se tranquilizaron en España», argumenta Obregón. «Si se había producido esa invasión, ya no llegaría a la costa del Cantábrico».

La depuración de los maestros de escuela

Ninguna persona ajena a Falange podía optar a concurso de oposición pública en esa nueva España de la posguerra. «Con los maestros sucedió algo que se veía venir. El régimen puso mucha atención en la educación. Consideraba con lógica que era un capítulo esencial para construir esa nueva identidad nacional y se cuidó muy mucho de garantizar su eficacia», cuenta el historiador Miguel Ángel Solla. Muchos maestros fueron destituidos, otros incluso sufrieron represión más severa y fueron paseados.

El texto 'La depuración franquista del profesorado', con los autores Enrique Gudín de la Lama, Jesús Gutiérrez Flores, Fernando Obregón Goyarrola y Enrique Menéndez Criado, detalla lo que ocurrió. «En la depuración franquista del magisterio, aparte de quienes tuvieron que sufrir Consejo de Guerra, todos los maestros tuvieron que pasar depuración. Se les encargaba a los alcaldes que pusiesen en marcha los mecanismos correspondientes y que comunicasen al rectorado correspondiente 'toda manifestación de debilidad u orientación opuesta a la sana y patriótica actitud del Ejército y pueblo español, que siente a España grande y única, desligada de conceptos antiespañolistas que solo conducen a la barbarie'».

Dicen los autores que «los maestros que sufrieron Consejo de Guerra lo padecieron por motivos políticos, por ideología, por pertenecer o significarse como simpatizante de un partido o sindicato del Frente Popular o por haberse alistado al ejército rojo». Ninguno de ellos volvió a ponerse frente a una pizarra en la España de Franco

Fotos

Vídeos