«En nuestro zoo hay más amor que cartera»

Maribel Angulo y José Ignacio Pardo de Santayana, con un mono criado a biberón, en el jardín tropical del Zoo de Santillana, del que son propietarios./Luis Palomeque
Maribel Angulo y José Ignacio Pardo de Santayana, con un mono criado a biberón, en el jardín tropical del Zoo de Santillana, del que son propietarios. / Luis Palomeque

El Zoológico de Santillana del Mar cumple 40 años que aglutinan toda una vida dedicada a los animales

NIEVES BOLADO SANTILLANA DEL MAR.

El 13 de junio de 1977 fue domingo. José Ignacio Pardo de Santayana se aprestaba, junto a su esposa, Maribel Angulo, a vivir uno de los momentos más importantes de sus vidas. Seguramente estaban expectantes ante las primeras elecciones democráticas que se celebrarían en España dos días después, tras la muerte de Franco. Posiblemente así sería, pero no tanto como ante el inicio de una aventura personal, empresarial y vocacional que cambiaría radicalmente sus vidas.

Sin embargo, no fue un día de bienaventuranza. Cuando se acercaron a la finca de Santillana del Mar para abrir las puertas a los primeros visitantes del primer zoo que se promocionaba en Cantabria, se quedaron helados. Descargó tal tormenta de agua en la zona que cuando José Ignacio y Maribel llegaron, pletóricos y emocionados a la puerta de su flamante zoo, el mundo se les cayó encima: la entrada estaba sepultada bajo cuatro metros de agua y las perspectivas en el interior no eran mejores. 31 animales habían muerto ahogados y bastantes habían huido de aquel espacio que se presentaba como un vergel a pocos metros de donde los bisontes, miles de años antes, habían campado libremente.

Pero los virajes de la Naturaleza poco sabían del tesón, de la voluntad y de la capacidad de superación de aquel entonces joven matrimonio que había decidido cambiar radicalmente una vida profesional que se presentaba fácil y económica, placentera, y lo hacían como privilegiados por algo que casi todos los seres humanos posiblemente ansían: hacer lo que les gusta y, además, vivir de ello. Así que, apenas una semana después de aquel revés, abrían definitivamente las puertas del Zoológico de Santillana del Mar, iniciando una feliz, y a veces dura, travesía que ya quiere acariciar el medio siglo.

José Ignacio Pardo de Santayana de la Hidalga (Torrelavega, 1945) nació en un precioso chalé con aires de mansión montañesa, ubicado en la Avenida Julio Hauzeur de la capital del Besaya. Era la residencia oficial del director de la entonces Real Compañía Asturiana de Minas (después AZSA). Su padre, Gonzalo Pardo, fue quien inoculó en sus hijos algo tan aparentemente contradictorio como ser cazador y defensor a ultranza de los animales. «Confundir ambos conceptos es un error común entre quienes desconocen la cinegética y el amor a la fauna que lleva implícita», explica ahora José Ignacio Pardo de Santayana, quien se formó en Madrid como ingeniero de Caminos, ejerció como tal, siendo profesor de la escuela de Santander, y que al final -al igual que algunos de los principales naturalistas de este país- colgó el título para dedicarse en exclusiva a los animales: «Casi todos los naturalistas han tenido otra profesión, y muchos de ellos fueron cazadores. Sin ir más lejos, el legendario Félix Rodríguez de la Fuente», recuerda ahora.

Riesgo y éxito

Para ser precisos habría que decir que el Zoo de Santillana había comenzado a ser pergeñado dos años antes por otro torrelaveguense, Jesús Ubalde, en un intento que en 1975 no había dado los resultados apetecibles. José Ignacio Pardo era amigo de Ubalde, y como él, con intereses ligados a la tierra. Sabía que, económicamente, era un riesgo, pero él no tenía dinero para hacerse con aquella iniciativa, aunque la ansiaba. Se sentó, hizo números, fue a una entidad bancaria y finalmente se hizo con la propiedad de los 4.000 metros cuadrados iniciales que serían el embrión de un zoológico que recibía en sus mejores tiempos 140.000 visitantes al año, un récord estimable en una entonces provincia que en absoluto era referente turístico de España.

Este naturalista, culto, de trato amable, dicción y narrativa impecable y atractiva, en cuyo rostro destaca un bigotón decimonónico, fue más osado de lo que en un principio parecía y afrontó en solitario, junto a su esposa, cómplice necesario, la aventura de abrir las puertas de un zoológico totalmente privado y que es considerado por Adena/WWWF uno de los cuatro mejores de España.

No fue al colegio hasta los nueve años, lo que propició que trotara por la torrelaveguense Mies de Vega, a pocos metros de su casa, entonces carente de hormigón y plagada de mariposas, animalillos y naturaleza en estado químicamente puro. Estudiaba en casa y se escapaba en cuanto podía a los prados de la cercana Mies, contagiado por las enseñanzas de su padre, un ingeniero de minas que era conocido en toda España como entomólogo y que había clasificado nada menos que 30.000 especies de mariposas.

Volvemos al Zoológico de Santillana del Mar. Pronto se hizo seña de la naturaleza ordenada en Cantabria, eso a pesar de que las carreteras de acceso no eran las más idóneas y que nadie entonces promocionaba un enclave como este, quizás porque no se habían 'inventado' los reclamos turísticos en la España de la televisión única. Pero el éxito llegó pronto: «Había días que en el aparcamiento había 35 o 40 autobuses y recibíamos anualmente no menos de 140.000 visitantes», explica Pardo de Santayana, que pagaban su entrada en el acceso dejando un dinero que sistemáticamente era reinvertido para hacer del zoo un lugar preferente en España.

Dificultades y superación

Pero estos 40 años no han sido siempre un camino fácil. Dos años después de la inauguración del recinto -ya en 1979- se produjo el primer cierre de las cuevas de Altamira para preservar un legado inmemorial de la Humanidad. Aquello conllevó un bajón impresionante de visitantes a la villa: «Las cuevas eran el referente entonces de Cantabria y aquella decisión supuso un duro varapalo para nosotros, aunque no tan fuerte como después significó la apertura de Cabárceno». Al principio, la entrada al parque de la naturaleza ideado por Juan Hormaechea fue gratuita, orillando así la atracción del Zoo de Santillana, que tenía que cobrar las visitas. «La fuerza promocional de un Gobierno, propietario de Cabárceno, no tiene ni aproximación con las posibilidades de promoción nuestras, solo señalados por cuatro indicativos en las carreteras más próxima de donde estamos», se lamenta Pardo de Santayana. «En nuestro zoo hay más amor que cartera», dice.

Pero este hombre valiente y confiado en su sueño recibió un alivio cuando el Gobierno decidió cobrar por entrar al Parque de la Naturaleza de Cabárceno, con lo que Santillana dejó de ser una alternativa onerosa para cualquier familia que quisiera acercarse al parque.

Así las cosas, conforme el Zoológico de Santillana del Mar ha ido creciendo en contenido y continente, sus propietarios tienen que desarrollar la imaginación para que no desciendan los 70.000 visitantes anuales que ahora reciben, prácticamente la mitad de los que tuvieron en sus dorados inicios.

Más de dos mil animales

La realidad del zoo, 40 años después, sigue siendo única y espectacular. Más de 2.000 animales de 400 especies diferentes pueden verse en este zoológico y muchas de ellas, de los cinco continentes, se han reproducido con éxito. Cuenta con 40 programas de conservación para especies en peligro de extinción y se complementa con una preciosa finca de cuatro hectáreas de superficie cubiertas de vegetación, con más de 300 árboles y arbustos de 60 especies diferentes. Cada especie tiene un cartel explicativo con su nombre binomial. Y es que, aunque hayan pasado 40 años, el Zoo de Santillana no es solo un lugar de exhibición de animales sino una auténtica escuela de Naturaleza.

Diseño de futuro

¿Y el futuro? José Ignacio y Maribel no tienen intención de jubilarse de su zoo, «aunque tenemos planes para asegurar su futuro. Estamos diseñando un programa que dé continuidad». Y es que un zoológico, como bien explica su propietario, «no es una empresa común que tienes o quieres cerrar, quitas la maquinaria y ya está. En un zoo existe una responsabilidad ética y unas condiciones estructurales que no permiten tomar decisiones como esas».

Pero de momento trabajan en el presente, rodeando al zoo de experiencias nuevas y sumando atractivos que incluyen eventos especiales para celebrar su 40 aniversario.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos