El mar que se cuela en Valle

Lourdes carga su furgoneta e inicia su recorrido por la comarca. Los vecinos ya están preparados cuendo llega. / DM
Escenas de estío

Como cada semana, Lourdes acerca la pescadería hasta los vecinos de Ruesga con su camión refrigerado | «El verano es buena época»

SHAMIRA HIDALDO / ALEXANDER ALGUILERA

Suena la bocina en repetidas ocasiones. Las mujeres del pueblo ya saben, por el día y la hora, que Lourdes Pérez, gerente de la 'Pescadería Diego', ha llegado hasta la puerta de su casa. La misma estampa se repite una y otra vez: personas asomadas a sus terrazas y ventanas bajan las escaleras de las casas con el monedero debajo del brazo. «Lo que más se vende en verano es todo lo que es de temporada. En junio, las sardinas. En julio, el bonito, que continúa en agosto. Y ya de cara a octubre, el chicharro de temporada». La época se nota y la pescadera está contenta con la postal veraniega. Trabajan más con la hostelería debido al aumento de turistas. «Se agradece algo más de trabajo, porque es cuando subimos un poco las ventas», explica.

Son las nueve de la mañana y en Ramales de la Victoria, delante de su pescadería, Lourdes ya está subida al camión. Ya tiene cargada la parte trasera con cajas de distintas variedades de pescados y mariscos. A esa hora, se dispone a salir camino a Valle. La conductora se conoce la carretera a la perfección. Experiencia no le falta. Son más de veinte años haciendo el mismo recorrido. «Abrimos la pescadería va a hacer 22 años en diciembre y, desde el principio, hemos repartido por los pueblos. En estas dos décadas ha fallado gente, porque los mayores van faltando y los jóvenes se van marchando de los pueblos», relata. Es precisamente esa gente mayor la que le está más agradecida por poder recibir este servicio de reparto. «Hay mucha competencia con algunos supermercados», indica la pescadera, que confiesa que el secreto para mantener a los clientes durante tanto tiempo es traerles pescado fresco. E igual de importante es «tratarles bien y cuidarles». Obviamente, no se olvida de un detalle básico en este rincón de Cantabria: «Tengo el valor añadido de que se lo llevo a la puerta de casa».

De hecho, las primeras paradas corresponden a casas de particulares. A la entrada de Valle. Como cada martes y viernes, Teresa Rodríguez se acerca al camión-pescadería que tiene aparcado en la misma puerta de su vivienda. «Llevo comprando pescado a Lourdes desde siempre, desde que abrieron. Así que cuando se acerca la hora, estoy atenta y preparada para salir en cuanto llega», dice. «Para mí es una cosa buenísima porque, si no, tengo que bajar a Ramales y no tenemos coche, por lo que tendría que coger el autobús y aunque es cierto que hay que cuidarle para que no nos quedemos sin línea, para mí es mucho jaleo». Lo explica, paga y se marcha para su casa con una bolsa de anchoas y otra de cocochas.

Un trato personal y tener el pescado «en la puerta de casa», lo que valoran sus clientes

Arrancar y seguir. Más tarde, el camión se detiene en las inmediaciones de la casa de Juani Lozano, otra de sus clientas de toda la vida. Tras observar el género que le traen, se decanta por filete de lubina y bocartes. «La comodidad de no hacer cola en la pescadería, de la puntualidad, de que te lo traigan a la puerta de casa y de que sabes que te trae pescado fresco no tiene precio». Tiene claro que si faltara este servicio, sí que lo echaría de menos. Y a esta lista de ventajas hay que añadir la confianza que nace con el paso de los años: «En un momento dado no tengo dinero y le digo que el siguiente día le pago y no hay ningún problema». «Además, tengo su número de teléfono. Así que, si necesito algo más, puedo pedírselo el día anterior y Lourdes me lo trae. Del mismo modo, si un martes o un viernes no voy a estar en casa por lo que sea, tiro de teléfono y le aviso de que no voy a estar, para no hacerle venir». Servicio a pedido.

«¡Bonito bueno!, ¡cocochas majas!, ¡anchoas guapas!». Toca otro tipo de parada. Es una llamada. Lourdes y su camión se detienen en la Plaza Francisco Urquiza. Del bar sale Paco Trueba que, aunque vive en Marquina, un municipio vizcaíno, tiene casa en Valle, donde se queda en verano junto con su mujer y su hijo mayor. Las cosas del verano. «Siempre le compro algo porque es comodísimo para nosotros. Suele bajar mi mujer, pero como hoy tengo capricho de algo en concreto, he salido yo. He comprado caracolillos para pasarme un ratito ocupado: cojo un alfiler y para adentro. Lo malo que tiene es la cascarita esa que viene dentro que hay que andar escupiéndola, pero así me entretengo», dice sonriente. Paco explica que es algo beneficioso para el pueblo: «Es mejor que lo que está en los supermercados, porque allí lo guardan todo y esta lo trae reciente». Y ya puestos a hacer publicidad, añade que el que quiera comprar «ya sabe que no tiene más que venirse los martes y los viernes».

El portón trasero del camión se abre y deja a la vista el ‘escaparate’ de la pescadería. / DM

Siguiente parada. Una vez más, la conductora cierra las puertas traseras del camión y se monta en él con agilidad. Arranca y se desplaza unos metros, hacia una parte más interior del pueblo. Cecilia Cano baja sonriente las escaleras. Lleva «un montón de años comprando, desde que Lourdes y su familia empezaron con el negocio». Hoy ha comprado filetes de lubina, «que están reservados para las buenas clientas», bromea Cano. Ella cuenta -cada uno con sus hábitos- que baja a comprar únicamente los viernes: «Aunque pare dos días a la semana, como en mi casa somos más carnívoros que de pescado, sólo lo cogemos un día». «Hay que consumirlo porque es sano, así que es una forma de obligarnos a comerlo una vez por semana», reconoce la vecina de Valle. Tiene hijos que ya son mayores, por lo que asegura, que «aunque protesten, ya saben lo que toca los viernes y, si no, que lo dejen, que son grandes». A pesar de que el pescado no es el plato preferido de esta familia, Cano indica que así se evita tener que ir a buscarlo más lejos. «A mí me viene muy bien que venga Lourdes, porque además trae calidad».

Su hija, Miriam Guillalón, reconoce la confianza que tienen con la pescadera. Cuenta que su madre es quien baja a comprar pero que, a veces, ella también lo hace. Las dos coinciden en que el servicio de reparto es muy cómodo: «Te quita tener que desplazarte hasta Ramales, que son cinco kilómetros, o más lejos para traer pescado a casa y hay mucha gente mayor que no tiene coche propio, por lo que tendría que ir en autobús».

En este punto del pueblo también se ha acercado a por su pescado Rosa Porres, que acude a Lourdes los martes y viernes desde hace dos años para su compra habitual. «Para mí es mucho más cómodo, y además el pescado es más fresco». Porres indica que no siempre compra lo mismo: «El otro día compré merluza, que estaba riquísima, muy buena. Hoy iba a coger bonito, pero a mí me gustan las rodajas más gordas, así que me he decantado por comprar lirios», explica la señora, que se aleja con la bolsa en la mano rumbo a su casa. Vuelta a empezar: cerrar, arrancar...

Más paradas, más pueblos

Y rumbo hacia otros pueblos marcha la pescadera para seguir con la jornada de agosto. Primero parará en Arredondo. Más clientes. Luego se dirigirá hacia el Valle de Soba para poder acercar sus productos a otras localidades cántabras. Contra el crono porque los vecinos le están esperando. La comarca entera con el pescado a cuestas. Así pasa Lourdes su verano. Con los bonitos -con el Cantábrico, en general- a bordo.

Fotos

Vídeos