La despensa del Belén

Postales de Navidad

Especializados en la tradición, Regalos Pico o la Librería Religiosa llevan décadas llenando nacimientos de toda Cantabria

Ana Pico, en la exposición de la planta baja de su tienda, sostiene uno de los Reyes Magos de barro de un juego que cuesta (los tres) 680 euros. Una joya./Javier Cotera
Ana Pico, en la exposición de la planta baja de su tienda, sostiene uno de los Reyes Magos de barro de un juego que cuesta (los tres) 680 euros. Una joya. / Javier Cotera
Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

Delante de las estanterías repletas de la planta baja, Ana Pico dice ‘la frase’: «El nacimiento no está muerto». Ella (de Regalos Pico) o Laura Hernández (de la Librería Religiosa) manejan con mimo reyes, niños, animalitos o pastores. Sus días pasan en diciembre entre musgos, piedras, puentes, portales, ángeles o castillos. Todos reunidos, por todos los rincones de sus tiendas. Como siempre. Porque estos dos comercios en Santander han sido la despensa de los nacimientos navideños de cientos de hogares cántabros desde hace décadas. Con vaivenes en las costumbres, la economía y hasta en la política –«hay como una reivindicación hacia la artesanía española más clásica, aunque sea más cara», apunta Laura–. O sea, que ha habido cambios. Sí. Pero ambas coinciden en que la tradición sigue viva. Hasta vinculada a la actualidad: «¿Te puedes creer –dice Ana– que han venido varias personas para pedirme el ‘caganer’ con la cara de Puigdemont?». Por aclarar, ese no lo tienen.

«Papá, ¿en qué año abrió la tienda?», pregunta Laura. En un minuto, –además de responder «que en 1903»– su padre hace un repaso por una historia santanderina que incluye la calle de La Rivera, el incendio, los barracones en los que pusieron al comercio y un paso de muchos años por su antiguo local en Juan de Herrera (ahora están en la calle Cádiz). «Sí, desde el principio con los belenes. Teniendo en cuenta que al ser una librería religiosa, con la imaginería, todo esto siempre ha estado muy presente». Ella enseña con interés unos curiosos nacimientos en unas cajas decoradas con estaño y hasta en un botijo que se ilumina. «Se venden por encargo», pone sobre cada uno. «Intentamos cada vez más centrarnos en la artesanía española, casi todo en barro, con figuras de Olot». De allí, por ejemplo, es el Niño Jesús que hay en el escaparate. «A la gente le llama la atención». Su precio, 235 euros. Más allá de la repercusión que en sus ventas ha tenido la crisis o el cambio de local (dicen que el público ha estado «un poco desubicado» al principio), creen que este año «ha resurgido la tradición de comprar un niño Jesús bueno, de volver a los orígenes, a las raíces».

‘Exposición de belenes-Planta baja’, pone en el escaparate de Pico (en la calle San Francisco). Y lo de exposición casi que se queda corto. La sala es todo un museo por secciones. Ana Pico cuenta que su abuelo ya andaba en ello en 1921, cuando abrió la tienda, pero que ahora «se han especializado aún más». «El árbol y otro tipo de adornos ya se venden por todas partes, en cualquier sitio». Lo suyo está centrado en este mundo. Tienen figuras y accesorios de plástico –«la sección infantil», más baratos– y también de resina, marmolina o –las mejores y más caras– de barro. «El misterio de barro viene gente que le tiene desde hace cincuenta años. Cuesta de cien euros para arriba. El gigante, para el que quiera comprarlo, son 1.500 euros. El último que se llevó uno fue el Club de Tenis y se expone en la entrada. Es precioso». También venden figuras con movimiento (que oscilan entre los 150 y los 300 euros que vale la de un panadero), todos los accesorios necesarios y colaboran con la Asociación Belenista, junto a la que entregan uno de sus premios.

Laura Hernández, con un curioso Belén en un botijo.
Laura Hernández, con un curioso Belén en un botijo. / Javier Cotera

«Se empieza a vender en torno a noviembre. Los primeros que vienen son los que ponen los nacimientos más grandes, que se llevan las mejores piezas. Esta última semana la lluvia nos ha matado, porque ha hecho tan malo que se veía a muy poca gente por la calle. Muy mal tiempo. Y se venden, sobre todo, hasta el día 25. Luego sigues teniéndolo a la venta –aunque la exposición reduce su tamaño a la mitad para dejar hueco a los artículos de broma y el material para los cotillones y, luego, a lo de carnaval–, pero ya es mucho menos», explica Ana. Es la parte comercial, pero estos artículos tocan también una fibra más sensible. «Es bonito porque vienen matrimonios jóvenes con niños y les cuentan que aquí venían ellos de chiquitines».

Esa presencia infantil es una inversión para el futuro, para ese «el Belén no está muerto» que Ana dice convencida. «Sigue en auge, se sigue poniendo».

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