Los dientes apretados de la pastorcita

Los niños y sus padres hacen cola estos días para visitar a Papá Noel en Valle Real. Los críos se paralizan totalmente asombrados

Los padres de Valeria y Daniel, que son primos, guardarán esta página de periódico. Un recuerdo para toda la vida. /Antonio 'Sane'
Los padres de Valeria y Daniel, que son primos, guardarán esta página de periódico. Un recuerdo para toda la vida. / Antonio 'Sane'
Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

A Valeria le ha dado por apretar los dientes. Es un gesto nervioso, una reacción. «Sonríe, sonríe», le dice su madre a metro y medio. Pero a la niña, con un rostro para poner en el diccionario junto a la palabra inocencia, no le sale. Está maravillosamente paralizada. El asombro. Apenas le ha podido decir que quiere una bebé llorona –que parece ser que están muy de moda– y el colegio de Playmobil. Si acaso, mover la cabeza de arriba abajo cuando le pregunta si se ha portado bien. «Es muy buena», responden por ella. Su madre, que sonríe también por las dos, sale al quite. Han venido directas de la función del colegio y Valeria todavía lleva el traje de pastora. Está guapísima. Con ellas viene Daniel, el primo. Pero su traje de pastorcillo se ha ido quedando por el camino (sólo le quedan las botas). Anda con unas décimas y al pobre se le nota. Él quiere el furgón y el coche de policía y su madre también está atenta a todo lo que dice. «Es que está un poco malito». Esta semana los dos niños fueron a ver a Papá Noel en el centro comercial Valle Real y mañana le estarán esperando con la ilusión más pura que uno es capaz de recordar. Eso, a corto plazo. Porque dentro de unos años alucinarán viéndose en una foto que se guarda toda la vida. Y, de mayor, sigue ilusionando.

Para ir a verle

Hoy, sábado.
De 12.00 a 14.00 horas y de 17.30 a 20.30.
Mañana, domingo.
De 12.00 a 14.00 horas y de 17.00 a 20.00.
La semana que viene.
A partir del próximo martes serán los Reyes Magos los que estarán en Valle Real, que también organiza talleres infantiles hasta el 4 de enero.

Resulta fascinante ver a los niños. Hipnótico. Hasta el más revoltoso de la cola se ‘cuadra’ cuando le llega el turno. Impresionados. Le hablan bajito, más buenos que el pan. Después de un largo rato de espera. Para hacerse una idea, al hombre del traje rojo le han colocado frente a la entrada del Primark de la planta baja. La cola pasa con creces de la base de las escaleras mecánicas para subir a la zona de hostelería y los cajeros automáticos. Papá Noel tiene ayudante. Una chica duende vestida de verde que reparte globos y caramelos. Además, hay una fotógrafa que, para el que quiera, inmortaliza el momento (por tres euros una foto y por siete, tres, que se entregan al instante en un pequeño marco para llevar). Y, al lado, el buzón para las cartas y el gigantesco árbol de Navidad que han colocado. Todo, en una atmósfera en la que flota constante el traqueteo de un tren infantil tirado, por supuesto, por renos. Pura ambientación de diciembre en la plaza del centro comercial.

«¿Y qué le has contado?». «¿Y qué te ha dicho?». «¿Y te daba vergüenza?». Es difícil saber si se emocionan más los niños o los padres, que tiran ráfagas de fotos con sus móviles. A una niñita de rizos de oro no le han cogido una imagen sonriendo. Es muy pequeña y, con tanto follón, le ha dado por llorar. Y no será por intentarlo. Una mirada a Papá Noel, nada. Papá con un caramelo, tampoco. Mamá haciendo gestos... «¿Has podido hacerle alguna?». Ella revisa el teléfono, pero no hay sonrisas en la carpeta del álbum. Mientras lo miran, la cría, ya en la silla y monísima con su vestido gris y un globo en la mano, se está partiendo de risa y diciendo que quiere volver... A buenas horas. Y así, uno detrás de otro. A la del lazito rosa en la cabeza se le ha caído la campana. Ella sí se ríe. Angelical. Parece una tarta. Pero sólo asiente cuando el barbudo pregunta.

«Es un recuerdo para toda la vida», charlan dos adultos que curiosean a pocos metros sin niños a su cargo. Sólo miran. Ella, sobre cincuenta –aunque no los aparenta–, dice que tiene una foto de pequeñita con Baltasar en los antiguos almacenes Woolworths, de la calle Lealtad. «Tú no les has conocido». Él, de poco más de cuarenta, le contesta que él también guarda con cariño la suya con los tres Reyes Magos, pero por San Francisco. Se acuerda hasta de la ropa que llevaba esa tarde. La cazadora que le dio su primo mayor cuando se le quedó pequeña y el jersey con un conejo pintado por su hermana. Hablan. Ríen. Y reconocen que salen en la foto con la misma cara de asombro que todos los críos que tienen delante haciendo cola...

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