La guerra que vivieron las mujeres

Mujeres celebrando la entrada de las tropas nacionales en el Santander de agosto de 1937.
Mujeres celebrando la entrada de las tropas nacionales en el Santander de agosto de 1937. / DM

La Historia no les ha hecho justicia pero jugaron un papel crucial en el frente y la retaguardia | Fueron madres, esposas hermanas, hijas... La mayoría vivió con impotencia la sensación de tener las manos atadas para frenar la mayor sinrazón de la Historia de España

José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

A muchas les falló la voz cuando tuvieron que impedir que sus hijos, sus maridos o sus padres acudieran al frente. Sabían que algunos nunca regresarían y por eso los lloraron desde el primer día. El sufrimiento persiguió a todas esas mujeres como una sombra por la vida que no entendió de derechas o de izquierdas, sino de amores fundamentales: el de una madre, una esposa o una hija. Padecieron la espera con la impotencia de un colectivo que en el plano social vivía con las manos atadas: no se les permitía acudir a la guerra, aunque algunas lo hicieron.

Abandonadas a la soledad de los hogares vaciados de hombres, aprendieron a gestionar la ansiedad por las noticias que llegaban de la guerra. Se mantuvieron en pie pese a las aberraciones de una represión, de uno y otro bando, que dejó la Historia plagada de relatos en su mayoría tristes, otras veces heroicos. Su papel fue clave en la retaguardia, como arenga para levantar los ánimos de los soldados, como enfermeras, con voces que apaciguaron instantes de tensión o como conseguidoras de muchos de los indultos y amnistías que hubo en la Cantabria del conflicto.

Las que se atrevieron a empuñar el rifle

Al menos en Cantabria, el alistamiento de las mujeres en 1936 era ilegal. Hubo casos de quienes intentaron empuñar el fusil sin suerte; pero la tenacidad y los ideales eran tan fuertes en personas concretas que se lanzaron al frente con igual o mayor valor que los hombres.

«Algunas eran asturianas; mujeres acostumbradas al trabajo de la minería, hábiles en el manejo de la dinamita. Incluso hay casos de transexuales que combatieron», explica José Ramón Saiz Viadero. Todavía se recuerda el heroísmo del grupo de milicianas que plantaron cara a las tropas italianas en La Penilla.

Otras quisieron también echarse al monte; «pero aquello sí que se prohibió. No lo permitieron porque hubiera traído muchos problemas. No hubiera sido muy sensato mantener a una mujer en el monte viviendo junto a un grupo de hombres», explica Viadero. «Valor no les faltó, y en la arenga a las tropas hay episodios que recuerdan la fuerza con la que animaron a los combatientes».

«Uno de los máximos errores que se cometen al hablar de la guerra es la omisión del papel crucial que tuvieron en todos los sentidos. Sustituyeron a los hombres en las fábricas, en el campo y en todas las labores del día a día. Tuvieron que asumir todos los roles sociales», constata el historiador y escritor Fernando Obregón, uno de los estudiosos del tema.

Un buen número de ellas se sumaron a los llamados ‘Hospitales de sangre’ para cubrir tareas de enfermería y otras auxiliares. Hubo casos en Santander, Torrelavega, Ontaneda, Ampuero, La Hermida... La capital de Campoo, caracterizada tradicionalmente por sus talleres de modistas, se transformó durante la guerra para disponer las máquinas de coser al servicio de la batalla. «Confeccionaban ropa para los milicianos y también vendajes». «Se responsabilizaron del ámbito sanitario y logístico. Desde sus hogares o desde diversas organizaciones participaron en todo lo que pasaba de forma destacada», concreta José Ramón Saiz Viadero, autor del estudio ‘Mujer, República, Guerra Civil y represión en Cantabria’.

Matilde Zapata Matilde Zapata era andaluza (Sevilla, 1906). De joven presidió el Grupo Infantil Socialista de Santander. Tras el asesinato de Santander, Luciano Malumbres, director del diario La Región, se hizo cargo del periódico hasta su cierre en 1937. Más tarde ingresó en el partido Comunista y encontró la muerte en su intento de alcanzar el exilio. Cuando iba a subir a un barco rumbo a Francia fue apresada y terminó fusilada.

Mientras los hombres morían en el frente, ellas lo hacían poco a poco en casa, víctimas de la tristeza, primero, y de los malos tratos y la represión, después. Retrata la escritora cántabra Concha Espina que en la Cantabria republicana, «distintas señoritas del valle fueron obligadas a realizar labores de limpieza de habitaciones y a servir la mesa de los milicianos de guardia en Unquera». «En algunos pueblos, sus vecinas fueron obligadas a sembrar patatas». El ensañamiento respondía casi siempre a una inquina propia del enfrentamiento histórico de clases. El de ese tipo fue el maltrato más benigno.

Violaciones

De uno y otro lado hubo vejaciones, fusilamientos y violaciones. Las tropas llegadas de Marruecos fueron las más proclives a esto último. «Como advertencia usaban un nombre figurado. Ellas decían que venía el moro Juan para abusar de ellas», cuenta en su libro Viadero. «Existe el testimonio recogido en Santander sobre la violación a una muchacha por parte de uno de ellos y las consecuencias que tuvo que pagar por ello. Mandaron formar a todo un regimiento y preguntaron quién había sido. Lo sacaron, pidieron voluntarios para fusilarlo y lo mataron». En otros muchos casos que plagaron la región, al pecado no le sucedió la penitencia.

Matilde de la Torre Heredera de la vocación escritora familiar, fundó la Academia Torre en Cabezón de la Sal, donde empleó los principios de la Institución Libre de Enseñanza. Se afilió al Partido Socialista Obrero Español en 1931. Su carrera política encontró mayor proyección en Asturias, donde llegó a ser diputada por el PSOE en la circunscripción de Oviedo. Colaboró en los periódicos El Socialista y La Región. Escribió varias novelas como 'El banquete de Saturno'.

El estigma con el que vivieron algunas de estas mujeres marcó a familias enteras. «Los ensañamientos eran más sangrantes en los pueblos, donde la forma de vida recrudeció la represión fascista», desvela Viadero. «Rapaban la cabeza a las mujeres de milicianos republicanos y las obligaban a pasear por la calle principal mientras les hacían beber aceite de ricino». «El dolor les persiguió a ellas; pero también a esos hijos que tuvieron que crecer con el recuerdo de lo que sufrieron sus madres».

Salvar a la familia

El escritor Fernando Obregón retrató con su recopilación de testimonios la realidad de esa situación: «Mi abuela venía andando por la noche desde Cieza con una cesta a la cabeza y otra en cada brazo. Ruperta, se llamaba. Venía desde Puente San Miguel, desde ahí cogía el tren a Santander para llevársela al hijo que tenía preso en el barco en la capital». El ‘barco’ era el buque prisión Alfonso Pérez, habilitado como penal en la Cantabria republicana para dar cobijo a los militantes detenidos del Frente Nacional.

Destino similar padecieron las mujeres de los presos republicanos: «Quedaron relegadas al más bajo de los niveles sociales. Este sometimiento abarcaba todos los aspectos de la vida familiar: sufrían prisión o fusilamiento, se las desposeía de todo lo económico. El temor de una nueva denuncia siempre estaba ahí. Socialmente siempre llevaron el estigma de ‘perdedoras’ y optaron por el silencio como respuesta al miedo que las inundó», resume Viadero .

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