«Los juegos on line llevan a una ruina fulminante y cada vez encontramos más jóvenes enganchados»

Las máquinas tragaperras están perdiendo terreno entre los nuevos ludópatas, que responden a un perfil más joven que se engancha a los juegos por internet. :: dm/
Las máquinas tragaperras están perdiendo terreno entre los nuevos ludópatas, que responden a un perfil más joven que se engancha a los juegos por internet. :: dm

Jugadores Anónimos cumple 24 años dedicados a «ayudar a personas que han caído en la ludopatía, una enfermedad que hace de tu vida una mentira y puede acabar en suicidio»

Ana Rosa García
ANA ROSA GARCÍASantander

«Pedí en el trabajo un anticipo del mes entero y en 45 minutos me lo había gastado en las tragaperras». Otra vez. El testimonio lo aporta un hombre que pasó «de no jugar a nada» -«ni echar una partida de cartas en familia»- a no saber parar: «No había dinero suficiente, ganase lo que ganase». Su ruina empezó «el día que eché en una máquina y me tocó». Y el freno se le impuso su mujer: 'O lo dejas o te vas de casa'. Para entonces, habían transcurrido ocho años de engaños, de broncas... El agujero acumulado, «aún en pesetas», sumaba 23 nóminas, y eso «sin contar lo que había robado dentro del hogar». «Siendo jefes de escalera, hasta me llevé los fondos de la comunidad de vecinos», cuenta. A regañadientes, pensando que «mi mujer era una exagerada, que se había vuelto loca», acudió a la Asociación Jugadores Anónimos. «Allí me di cuenta de que el loco era yo, de que lo mío era una enfermedad grave; solo así se explica que permitiera que mi hijo viniera a pedirme dinero para comprar un libro y le dijera que tenía que esperar al mes siguiente, y no porque no lo tuviera, que para eso trabajaba como un bruto y metía todas las horas extra del mundo, sino porque el tonto de su padre lo había perdido en una máquina».

Ya lleva 16 años alejado de las tragaperras y de todo lo que invite a la más mínima tentación. «No juego ni a la Lotería de Navidad». Y sin bajar la guardia, «porque el temor a la recaída siempre está ahí». «No sé el dinero que he podido gastar, prefiero no hacer la cuenta, eso ya da igual. Solo sé que me hizo polvo».

LA ASOCIACIÓN

Aniversario
El primer grupo se fundó hace 24 años en Santander para compartir experiencias y ayudar a recuperarse del problema del juego. Los socios no pagan cuota.
Estructura
Jugadores Anónimos tiene constituidos cinco grupos de apoyo, dos en Santander, dos en Torrelavega y otro en Camargo.
Teléfono de contacto
626 59 44 13.

La asociación, de la que forma parte desde que se decidió a salir de aquel pozo excavado moneda a moneda, celebra la próxima semana su 24 aniversario, con una jornada informativa convocada el 10 de febrero en el salón de actos de la parroquia de Consolación (19.00 horas), en Santander. A través de dinámicas de grupo en las que se comparten experiencias y se preserva siempre la identidad, Jugadores Anónimos ayuda a personas que han caído en las garras del juego y quieren salir. Ese anonimato impide cifrar el número de socios, que participan cada semana en sus cinco grupos de apoyo (dos en Santander, dos en Torrelavega y otro en Camargo), repartidos de lunes a viernes.

«Me gastaba el anticipo de un mes entero de trabajo en 45 minutos delante de una máquina tragaperras»

Desde esta entidad sin ánimo de lucro alertan del aumento de gente atrapada por la ludopatía. «Y ya no son solo por las clásicas máquinas y los casinos. Ahora, por desgracia, cada vez hay más personas enganchadas, sobre todo jóvenes, a los juegos on line, disponibles las 24 horas del día. No te tienes que esconder para ir a jugar, puedes hacerlo desde el móvil, desde el ordenador de casa, incluso sin salir del trabajo», apunta otro cántabro que se reconoce como «jugador compulsivo». Con el inconveniente añadido de que «socialmente el juego está bien considerado, nadie se escandaliza si le cuentas que has hecho una apuesta al póker. Estamos hartos de ver anuncios animando a jugar».

«Se logra salir, pagar lo que se debe, pero queda la desconfianza que has sembrado con mentiras»

Todo eso hace que «caer sea mucho más fácil que años atrás. Tenemos compañeros que han arruinado su vida en dos días». «Es fulminante», apunta el segundo testimonio, a diferencia de su propia experiencia: «Lo mío fue progresivo hasta destrozarlo todo a mis 48 años. En mi primer recuerdo relacionado con el juego era menor de edad. Metí un duro en una máquina de bolos en un bar y me tocaron seis». Coinciden en que sus historias son «como una misma película con distintos actores».

«Todos hemos generado un agujero económico en la familia. Se logra pagar lo que debes, pero queda la desconfianza que has sembrado con las mentiras, tapando una con otra mayor. Al final tu vida es una farsa que te lleva a un deterioro como persona, como pareja... y eso cuesta mucho más recuperarlo que el dinero». De hecho, cuenta que «hemos tenido compañeros a los que la desesperación les ha llevado al suicidio».

«El juego te engancha, te da una vida de sueño, pero la realidad es que te quita la autoestima, los valores... »

«Lo más difícil es reconocer que tienes un problema. Yo tampoco pensé que necesitaba ayuda, contaba con que lo podía controlar. Siempre le decía a mi mujer que esa vez era la última, hasta que me volvía a trabar», dice este hombre, el último en plantarle cara al juego de los tres casos consultados. Él confiesa que «cuando ya estás al otro lado de la orilla es cuando te planteas ¿qué he hecho con mi vida? Si la he tirado. Al principio, mantienes lo que entra con lo que sale, digamos que se puede pagar el vicio, hasta que llega un momento que se te va de las manos y no lo ves; y eso que, si cobraba el día 1, el 7 ya no tenía nada». En su caso, llegó a tal extremo que «igual sacaba dinero para ir de cena con mi mujer y lo echaba a la máquina, si me daba premio, salíamos a cenar, si lo perdía, pues para casa. Todo estaba condicionado por el juego. Y lo cojonudo es que no me daba cuenta».

«Cuesta salir»

«Desde fuera, uno no se imagina lo que se puede llegar a sufrir por esta grave enfermedad», apunta el primer testimonio, que ahora dice ser «un hombre feliz, porque tengo el apoyo de mi familia», aunque no niega que «me ha costado salir».

El tercer jugador que se ofrece a compartir su historia en este reportaje, como ejemplo de esperanza para quien no ve salida a su adicción, es uno de los socios más veteranos -lleva 20 años sin jugar- y a la vez uno de los más jóvenes, puesto que acudió a la primera reunión de la asociación cuando tenía 24 años. «Llegué a Jugadores Anónimos por mi familia, después de jugarme todo lo habido y por haber, de robar en mi casa, de engañar, mentir, prometer y llorar que esa era la última vez, pero siempre había una siguiente», relata. El detonante que precipitó la consulta con un psicólogo fue que, «después de muchas liadas, un viernes cogí una gran cantidad de dinero que tenían mis padres en casa para los gastos familiares y lo perdí. Cuando volví a casa, el domingo, me estaba esperando mi madre, pero no me echó la bronca. Solo me miró y me dijo: 'Estarás orgulloso...'».

I. Domínguez

Pese al dolor que reconoce por haber defraudado a su familia, en aquella primera conversación con el psicólogo aún mantenía que «podía dejarlo cuando quisiera». «Fui a Jugadores Anónimos con la idea de que se calmaran las cosas en casa y después volver a lo mío, que era jugar. Al póker, a las apuestas... Pero una vez allí nadie me juzgó, me entendieron, me dieron apoyo y cariño y me ayudaron a dejarlo. Ahí es cuando empecé a hacer las cosas bien, a valorar las cosas, a vivir sin jugar, algo que me parecía imposible. Yo podía estar días o una semana sin jugar porque no tenía dinero, pero mi cabeza estaba maquinando cómo conseguirlo». Se considera afortunado por haber atajado el problema de joven: «Mi situación era privilegiada, acabé de estudiar, no tenía responsabilidades, ni hipoteca... Gracias a que mi familia me dijo 'hasta aquí has llegado' ahora estoy casado, tengo hijos y también planes de futuro, algo impensable entonces, cuando como jugador el dinero no tenía valor».

Los tres insisten en que «los riesgos de la ludopatía no son ningún juego. Te puede llevar a la muerte, pero entremedias uno puede perder su trabajo, su familia, la realidad de la vida... Para alguien que no es ludópata, el juego puede ser divertido, pero hay que tener cuidado», advierten. Sus testimonios demuestran que «te engancha, te da una vida de sueño, pero al final la realidad es que te quita la autoestima, los valores... y te hace sufrir. Deja una herida que estamos pagando con creces». Aunque admiten que «lo más complicado es reconocer que tu vida se ha vuelto ingobernable y que necesitas que te ayuden para centrarte», ese es el primer paso para «darse una oportunidad de ser feliz», siempre sin perder de vista que «el jugador compulsivo lo será de por vida, porque esta enfermedad se frena, pero no se cura».

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