#ContraLaViolenciaMachista

«Mi madre sufrió humillaciones continuas y yo tardé 30 años en ponerle nombre»

«Mi madre sufrió humillaciones continuas y yo tardé 30 años en ponerle nombre»

Un cántabro que vivió violencia machista confiesa que en su casa jamás se habló de que su padre fuera un maltratador

VIOLETA SANTIAGO SANTANDER.

Este hombre llegó un día de verano a casa de su madre cincuentona y se la encontró «como ida», mirando por la ventana. Estaba rara. «Mucho, porque ella nunca contaba nada». En aquella ocasión sí lo hizo. «Tu padre me ha dicho que con este calor huelo mal, que le doy asco y que me vaya a dormir a la habitación pequeña». La mujer y el hijo ni se miraron ni hablaron durante un rato eterno. El hombre se tensa incluso hoy al recordar el momento, y eso que han pasado 20 años. Fue ella la que arrancó otra vez: «Bueno, tampoco me importa. Mejor para mí, que con estas noches de bochorno no hay quien duerma. Ya sabes como es. Cuando llegue el invierno, querrá que vuelva».

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Es un ejemplo de los mil que él recuerda y, desde luego, no el más doloroso, porque hay otros que no fueron acompañados de palabras y que se niega a relatar. Pero esta corta conversación de un domingo caluroso es la única que el hombre etiqueta como un reconocimiento «en voz alta» del maltrato que sufrió su madre desde que se casó y que no concluyó hasta 40 años después, con la muerte del marido. Toda una existencia de agravios, ofensas y humillaciones en la que nunca hubo golpes ni palizas. «Fue una vejación continua, que nunca se verbalizó. Mamá fue una esclava: llevó la casa, nos sacó adelante casi sola. Hizo malabares con pocos recursos. Y todo, aguantando humillación tras humillación. Mi padre sólo le hablaba para mandarla o para rebajarla».

«Si fuera valiente, sería un activista contra la violencia machista. Pero no me atrevo a salir del armario»

Ella nunca se quejó. Al contrario, ocultó todo lo que pudo la realidad. Y el hombre que lo relata ahora ni siquiera fue consciente (su infancia y adolescencia transcurrieron en los años sesenta y setenta) de que había crecido en un entorno que supuraba violencia machista. Sólo se dio cuenta cuando tuvo más de 30 años y ya había formado su propia familia. Entonces, «por comparación», cayó en que era hijo de una maltratada y de un maltratador. Antes no había sabido definirlo.

Ahora se ríe al acordarse, porque fue en una peluquería, ojeando una revista «femenina», cuando el cerebro le hizo «click». Le había enganchado la atención un reportaje sobre víctimas de violencia masculina. «Según iba leyendo, iba viendo a mi madre e iba viéndonos a mis hermanos y a mí», recuerda. Todo encajó. «Fue tremendo», a la vez que liberador. Por fin comprendió los silencios de días enteros, la «doble vida» de su madre, que sólo se relajaba si el marido estaba fuera. Por fin entendió por qué ella vivía recluida. Por fin supo por qué sus hermanos y él salieron por pies del domicilio familiar casi con la primera nómina.

Por fin reparó en que su padre -al que sus próximos no lloraron cuando murió- les había agredido cada minuto con un descontento que no acababa. «Con todo. En la mesa apartaba el plato de comida a un lado porque estaba soso, o salado, o muy pasado. Mi madre se ponía a hacerle otra cosa, sin abrir la boca».

«Enterramos a mi padre hace 15 años y jamás he vuelto a hablar de él con mis hermanos»

El hombre intuía que lo de su progenitor no era del todo normal. «Lo sabía por lo mucho en que todos nos empeñábamos en hacer que lo fuera, siempre disculpándole». El padre siempre tenía una excusa para estar de malas. O le iba mal en el trabajo, o estaba enfermo, «o nosotros le molestábamos y por eso ella nos hacía comer antes. Para que él estuviera tranquilo».

Hubo «poca vida familiar», cero respaldo con los estudios, cero afecto. Ni un solo regalo «ni a mi madre ni a nosotros». No recuerda que su padre le llevara «jamás» a ningún sitio ni de crío ni de adolescente. «Me llevaban unos tíos, mis abuelos, los vecinos... Me parecía lo lógico».

Esta es una de las poquísimas veces en que este cántabro ha contado su historia. No la conocen ni sus amigos. Dice que no le importa hacerlo para un medio de comunicación -que respete su anonimato- porque a veces piensa en aquel momento de la peluquería, donde él reconoció su situación y se siente «en deuda. Si fuera valiente, me dedicaría al activismo contra la violencia machista. Pero soy cobarde, no me atrevo a salir del armario».

«Nada divertido que contar»

El hombre está ahora en la cincuentena. Lleva una vida que cualquiera entendería como muy normal. Es un profesional de «cierto éxito», un tipo con infinidad de amigos y conocidos, de buena reputación, que va trajeado a su trabajo. La gente que le trata «no tiene ni idea de lo que pasé de crío». En sociedad es difícil escucharle una anécdota de su infancia. «Si en una reunión la gente empieza a contar batallitas, yo me callo. No tengo nada divertido que contar».

El hombre ha entendido muchas cosas con el tiempo. Solo se le resisten dos. La primera: cómo pudo su madre aguantar tantos años, «tapando y tapando» lo que había «ante familiares y vecinos, porque amigas no la conocí». Tampoco sabe descifrar por qué entre los hermanos jamás se ha tocado este tema. «Enterramos a mi padre hace 15 años y ninguno hemos vuelto a aludirle. Es como si no hubiera existido», dice. Ni siquiera han hablado entre ellos de sus larguísimos años bajo la violencia.

Y la mujer, ¿cómo pasó sus últimos años sin el agresor?, ¿tuvo tiempo de recuperarse? «Diría que no. Estuvo siempre acobardada. En el banco o en el supermercado era una señora que hacía valer sus derechos. Pero al lado de él se transformaba. Nunca le plantó cara. Él tiraba su dardo envenenado y ella acataba. Cuando era más pequeño la recuerdo algo más alegre. Le sobrevivió más de 10 años y se convirtió en una amargada: supongo que rumiaba los 40 años de castigo».

«Nunca he contado a mis hijas lo que sufrió su abuela. Ni he podido ni creo que pueda»

El hombre confiesa que se siente «algo ridículo» por haber pasado tanto tiempo en un ambiente de temor y ocultación sin haber interpretado qué ocurría. Aunque esto no es algo que sorprenda a los expertos. Para Anabel Perales, psicóloga del Centro de Atención Integral del Gobierno cántabro, sería un caso de libro. Ella ayuda a mujeres que le dicen «mi marido nunca me ha pegado, pero le tengo miedo» y que viven «en estado de incredulidad, que tratan durante años de buscar explicación a algo que no la tiene». Perales señala que los menores que pasan muchos años expuestos a la violencia psicológica «la más difícil de detectar y la más peligrosa» acaban teniendo baja autoestima, inseguridad en las relaciones e incluso fobia social.

El hombre no recuerda haberse reído al lado de su padre, aunque él trata de reírse «lo más posible» con sus hijas. Si tiene una inquietud es que ellas se emparejen con un maltratador. «Las advierto, me intereso por sus amigos». Nunca les ha contado lo que sufrió su abuela. «Ni he podido nunca ni creo que pueda. Yo nací en la ley del silencio».

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