13 meses de resistencia

La Guerra Civil en Cantabria

Este domingo se cumplen 80 años de la caída de Tresviso, la batalla que supuso el colofón de la Guerra Civil en la región. Las tropas nacionales se hicieron con el último reducto lebaniego el 17 de septiembre de 1937 para poner fin a 13 meses de resistencia republicana en una Cantabria que sufrió bombardeos, racionamiento y represión

José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

Nadie llegó a imaginar que tras el estallido del golpe militar del 18 de julio de 1936, Cantabria -una región con fuertes raíces conservadoras-, fuera a mantener la fidelidad a la República. Si se analiza bien la secuencia de lo ocurrido, parece que los caprichos de la fortuna guiaron el discurrir de los hechos en esas primeras horas tras el golpe para truncar la sublevación. Pero nada de eso libró a los montañeses de las penalidades de la guerra. Asesinatos, bombardeos, exilio y combates marcaron el discurrir de esos 13 meses de resistencia al nuevo régimen.

Cantabria vertebraba entonces el llamado Frente Norte. El objetivo estratégico que la unía al País Vasco y Asturias para guiar en un mismo sentido las operaciones militares de un Frente Nacional que comprendió al instante que la guerra en esos tres territorios funcionaría como un juego de dominó. Caído uno, le seguirían todos. Y así fue.

Las mujeres jugaron un papel crucial en todo el conflicto. Ellas vieron caer a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, a sus prometidos. Sin su trabajo en la retaguardia, la infraestructura de la batalla hubiera sido imposible. Mantuvieron en pie los hogares vacíos de hombres, conservaron la producción de las fábricas y alimentaron las familias de esperanza. Las mujeres también fueron el pilar esencial sobre el que se sostuvo meses después la resistencia en los montes. Su silencio y complicidad mantuvieron la vida y la moral de todos aquellos milicianos que se escondieron en los bosques cántabros una vez terminada la guerra para defender los ideales de la República.

Los estudios sobre la Guerra Civil Española son cuantiosos y los análisis de los historiadores extranjeros son incluso más certeros que los elaborados por los estudiosos nacionales, que durante largo tiempo encontraron en este país una oposición frontal a recuperar la memoria. En Cantabria, un nutrido grupo de expertos ha investigado cada detalle de la contienda y el modo en que afectó al curso de la vida en la región. De aquel tiempo quedan ya pocos testimonios de quienes vivieron las penalidades en primera persona, son los niños de la guerra. El siguiente documental reúne las voces de todos ellos para reconstruir la memoria de lo sucedido.

Todo acabó el 26 de agosto de 1937, cuando la caída de Santander supuso el principio del fin de la contienda en Cantabria. El pueblo saltó a las calles para alzar la nueva bandera y levantar la mano al frente. Muchos ya no pensaban en la política, solo querían recuperar sus vidas, pero meses después se comprobó cómo las penalidades sufridas en la guerra iban a perpetuarse en la posguerra, especialmente el hambre.

El racionamiento establecía los límites más severos. Una papeleta individual servía al día 250 gramos de patatas, 300 de garbanzos, 80 de azúcar y una onza de chocolate -solo para los lunes y viernes-.

El mayor terror de la población llegó del cielo. Hacia el final de la guerra los santanderinos podían guarecerse de las bombas con una red de túneles con cabida para 40.000 personas. Nunca antes se había comprobado el tremendo poder devastador de un ataque aéreo. De hecho, los especialistas alemanes, que destrozaron parte de Santander el 27 de diciembre de 1936 causando 65 muertos, utilizaron el conflicto español como campo de pruebas para ensayar esta nueva forma de arma de destrucción de cara a lo que después se vería en la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, décadas después, las peores cicatrices son las debidas al exilio y la represión. El odio y las rencillas personales dejaron cientos de muertos en Cantabria. Un total de 2.289 víctimas cayeron por la persecución franquista y 1.156 murieron por el castigo republicano. De los que se salvaron, más de 20.000, en su mayoría niños, huyeron de la barbarie al extranjero. La vida cambió para siempre. Algunas crónicas de la época, las más tristes, narran que antes de la guerra había personas incapaces de matar a una mosca, pero que tras la contienda asesinaron personas como moscas.

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