Los muertos que olvidaron su nombre

El Instituto de Medicina Legal es el encargado de tomar las muestras para su identificación. /luis ángel gómez
El Instituto de Medicina Legal es el encargado de tomar las muestras para su identificación. / luis ángel gómez

La introducción de nuevas técnicas reduce al mínimo los casos de cadáveres sin identificar en Cantabria

Daniel Martínez
DANIEL MARTÍNEZSantander

El informe que se conserva en el cementerio santanderino de Ciriego explica hasta el último detalle. Varón de alrededor de 20 años, 1,75 metros de altura y con dentadura en perfecto estado. En el momento de su localización vestía un pantalón vaquero azul de la talla 44 de venta exclusiva en establecimientos Pull and Bear, calcetines Boomerang adquiridos en El Corte Inglés, zapatillas deportivas Nike y calzoncillos grises de Leo. Pero falta lo más importante, el nombre del finado. Este caso, fechado el 17 de junio de 2013, es uno de los últimos de personas fallecidas que aún no han podido identificarse en Cantabria. Se pueden contar con los dedos de una mano los ocurridos en las últimas dos décadas.

Los entierros de beneficencia han descendido tras la crisis

Los cementerios municipales han detectado en el último año un importante descenso en el número de entierros de beneficencia, aquellos de los que se hacen cargo los ayuntamientos cuando el finado o sus herederos no tienen medios suficientes. «Se notó un gran aumento con la crisis económica pero en los últimos meses han bajado mucho», explica María Bolado, responsable del camposanto de Ciriego, en Santander. Esta tendencia se aprecia también en el resto de recintos de este tipo de la región.Todos los municipios están obligados a disponer de partidas para este fin y de ofrecer el servicio de beneficencia. Tan solo hay que pedirlo a través de los servicios sociales, que son los encargados de redactar un informe al respecto. Se trata de un sepelio austero, con un ataúd sencillo y sin elementos propios de este tipo de actos como flores, esquelas o celebraciones religiosas. El entierro de beneficencia se encuentra recogido en el artículo 34 del Código Civil y es de obligado cumplimiento por todos los municipios siempre que la persona fallecida no disponga de patrimonio o bienes con los que responder a los gastos.«Hay personas que en el momento de su muerte no tienen recursos. Llegan al cementerio y reúnen las características para beneficiarse de este tipo de sepelio, pero finalmente hay algún amigo o familiar que viene por aquí y nos comunica que quiere hacerse cargo de los gastos. Son muy pocos los casos que finalmente lo utilizan», remarca la responsable municipal.El Código Civil deja claro que es el heredero quien debe pagar los gastos del sepelio y todas las obligaciones y cargos de la herencia. En este apartado se incluyen costes como el de la última enfermedad, el entierro o la incineración, los derivados de la defensa de los bienes de la herencia, los juicios de testamentaría, los de entrega del legado y el pago de legítimas, entre otros asuntos.

«Pueden llegar sin identificar al Instituto de Medicina Legal, pero al cabo de diez o quince días lo normal es que se les ponga nombre porque aparecen en una base de datos o se pone en contacto algún familiar», precisa Pilar Guillén, forense responsable de esta institución. Todo el proceso se hace bajo investigación judicial. Precisamente en el juzgado sigue el caso de ese joven, que ha sido reclamado recientemente por sus padres. Sus supuestos padres, mejor dicho, que están convencidos de que se trata de su hijo. Ahora se está comprobando mediante la aplicación de técnicas como la del ADN si realmente es un leonés que se disponía a hacer submarinismo cuando se le perdió la pista.

«Muchas veces llegan para la autopsia sin identificar, pero a los pocos días se les puede poner nombre» Pilar Guillén | Instituto de Medicina Legal

Ese mismo protocolo se siguió en enero de 1998 cuando fue localizado el cadáver de un joven en un barco que acababa de llegar al puerto de Santander. El chico, un varón de raza negra, venía como polizón y no fue capaz de aguantar el viaje en la bodega de la embarcación. María Bolado, responsable del cementerio municipal de la capital, recuerda perfectamente aquel caso: «Estuvo un tiempo aquí sin identificar y después, de alguna forma, la Policía logró ponerse en contacto con su familia en África. No tenían recursos para venir a por él y llevarle a su país, pero por lo menos pudieron cerrar ese trágico capítulo». Gracias a eso, le pusieron nombre y apellido. Desde el año 2000, sólo hay «constancia segura» –no hay bases de datos ni estadísticas al respecto lo suficientemente fiables– de otros dos ‘cadáveres anónimos’. Uno en el cementerio de Torrelavega y otro en la capital, una mujer de raza blanca, entre 30 y 40 años, de 1,65 metros y delgada con pelo oscuro y media melena que apareció sin ningún tipo de documentación el 20 de septiembre de 2001 en Santander. Desde entonces, el caso está en el Juzgado nº1 a la espera de, si llega, alguna novedad. El resto, todos se han resuelto antes o después.

A partir de las huellas

El proceso de identificación que realizan los forenses no siempre es el mismo. El primer paso es tomar la huella dactilar del muerto y enviarla a las autoridades policiales. «A cualquier ciudadano español, cuando se hace el DNI, se le toma el índice para supuestos como este», apunta Guillén. Si por algún motivo no se puede tomar la huella de este dedo para la comprobación, se puede hacer la prueba necrodactilar con cualquier otro dedo, pero sólo aparecerá en la base de datos de la Policía Nacional si tiene antecedentes. A partir de ahí, continúan con la autopsia y el cuerpo se traslada al cementerio tras recoger una muestra de ADN por si todo lo anterior no ha sido suficiente para su identificación. «En centros más grandes, como el de Madrid, tienen cámaras donde se quedan los cadáveres», precisa la forense. Aquí van directos al nicho. Y en caso de que, posteriormente, por diferentes causas, haya que exhumar el cadáver para realizar nuevas comprobaciones, se puede localizar de forma inmediata.

El problema viene cuando el fallecido es extranjero. O cuando las yemas de los dedos están desfiguradas porque ha muerto en un incendio o el cuerpo está en proceso de descomposición. Entonces la prueba dactilar es inútil. La única vía es el ADN, una técnica que en los últimos años ha avanzado de forma exponencial. Aunque también tiene sus limitaciones: «Podemos tener la cadena completa, pero si no hay otra con la que cotejarla no sirve para nada». Pasa a una base de datos y se compara con las muestras existentes. Cuando algún familiar piensa que el cuerpo puede ser de su ser querido, presenta una muestra para comprobarlo.

«Este tipo de casos se te quedan grabados. Son muy pocos, pero suelen ser muy llamativos» María Bolado | Cementerio de Ciriego

En Castro Urdiales, el actual equipo de gobierno reconoce que la «gestión caótica» en la que ha estado sumido el cementerio municipal de Ballena durante la última década hace muy difícil confirmar a ciencia cierta que no existe ningún caso de este tipo, pero no tienen constancia de ellos. «Sí es verdad que existen algunos nichos de hace algunas décadas que en estos momentos no están identificados, pero se debe a otros motivos», explica Alberto Domingo, técnico municipal. Si no figura su nombre no es porque en el momento en que llegaron al camposanto no se conociera, sino porque las inscripciones se han perdido con el paso de los años y su identidad se ha traspapelado en los archivos. Sí que hay casos que se retrotraen a la época de la Guerra Civil. Lo mismo ocurre en Santander y Torrelavega.

Transeúntes

El enterrador de Reinosa confirma que allí tampoco hay casos recientes de personas que hayan recibido sepultura sin ser identificadas, pero sí otro supuesto «más triste incluso». Se trata de dos personas cuyos nombres y datos personales son perfectamente conocidos, pero que no han sido reclamadas por nadie. «El último cuerpo llegó hace casi cinco años y todavía están aquí todas sus cosas de valor esperando a que alguien venga a por ellas», cuentan en el Ayuntamiento de la capital campurriana.

Ambos eran ‘transeúntes’, personas procedentes de fuera de la ciudad que por distintas circunstancias vitales acabaron habitando en Reinosa. Debido a su avanzada edad y como no tenían nadie que estuviera a su cargo, recibieron una plaza en la residencia de ancianos y allí murieron. De hecho, fueron los propios trabajadores de este centro los que se encargaron de llamar a la funeraria y realizar todos los trámites administrativos antes de ser enterrados en el cementerio.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos