«El mundo debe ver todo esto»

Stuart Weitzman, el zapatero norteamericano de las estrellas, volvió ayer a visitar La Garma

Celedonio
ÁLVARO MACHÍNSantander

Stuart Weitzman (Massachusetts, 1941) miró ayer los zapatos del conductor del coche nada más bajarse. El vehículo se paró al borde de la carretera. Un maizal a un lado y la falda del monte, al otro. «Son bonitos. Me gustan... Tienes gusto, aunque tal vez no lo sepas». No es poca cosa si viene de un tipo que se ha pasado la vida decorando los andares de mujeres como Kate Moss, Angelina Jolie o Michelle Obama. Alguien que sabe de belleza y que quedó emocionado hace ahora cuatro años. Por entonces, quería conocer Altamira y no pudo ser, pero le hablaron de otro lugar. Le dijeron que, incluso, «más espectacular en algunos aspectos» que la joya de Santillana. La visita casual le dio una respuesta. «Después de tantos años en España, me preguntaba qué puedo hacer por este fabuloso país que ha hecho tanto por mí. Mi vida, mi nombre en el mundo, la marca, las actrices que aman mis zapatos... Quería devolver algo de todo eso».

Weitzman volvió ayer a La Garma. Un regreso generoso. El zapatero retornó con una Fundación bajo el brazo y un cheque por valor de 370.000 dólares (300.000 euros). Un convenio que servirá para seguir descubriendo secretos y dar a conocer la cueva. Ayer se pasó casi seis horas dentro. «Entré con mucho entusiasmo, salgo con más. No sé por qué el mundo no sabe de esto y debe saberlo». Hoy explicará todo su proyecto.

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«Estoy muy emocionado». Lo dijo ya en el Hotel Real, donde pasó la noche. Fueron a buscarle a las once. A él y a la que durante años ha sido su mano derecha en el negocio y que ahora es su socia en la Fundación que ha creado para preservar las cuevas, Bárbara Kreger. Junto a ellos, Pablo Longoria (de World Monuments Fundation, gestores del proyecto e intermediarios con el Gobierno de Cantabria) y Marina Bolado (la ya exdirectora general de Cultura). «Por fin estamos de nuevo juntos. Tenía muchas ganas de que volviéramos a vernos», le dijo ya en Omoño a Roberto Ontañón. Fue su guía la primera vez y volvió a serlo ayer junto a Pablo Arias (ambos dirigen la investigación en La Garma).

«Después de tantos años en España, me pregunté qué podía hacer por este fabuloso país»

Weitzman usa un 42. Le buscaron unas botas y le dieron un casco después de comer unos bocadillos a media mañana. Todo, entre preguntas. La similitud con las técnicas de Altamira, los materiales, las dificultades en la excavación... Hubo tiempo hasta para hablar de la película de Antonio Banderas. «Me encantó. Era un Galileo». Todo, antes de empezar a subir. Casi a trepar, porque el zapatero echó en un par de ocasiones las manos al suelo en la subida empinada que lleva hasta la entrada principal de la cavidad. Antes tuvo tiempo de decirle al alcalde de Ribamontán al Monte, Joaquín Arco, que su pueblo «será famoso» y de partirse de risa al enterarse que en algunos puntos del recorrido bajo tierra «hay wifi». «Puedo llamar a mi hija y decirle: estoy en La Garma, dentro». Lo cierto es que no dejó de bromear –y también de ‘vender’ la cueva–. «Os doy el número de mi familia por si acaso tenéis que informarles de algo... Pero ellos sabrán que mientras pasó me estaba divirtiendo». Eso les dijo a los fotógrafos justo antes de entrar.

Una larga visita

Fue en torno a la una y salió cuando apenas faltaban veinte minutos para las siete de la tarde. «Hola a todo el mundo, vengo de hace 20.000 años y no se pueden ni imaginar», exclamó al poco de asomar la cabeza por el estrecho pasadizo de acceso. Algo cansado, pero pletórico. Exultante. «En cada galería he dicho a Roberto: Yo creo que eso no lo he visto hace cuatro años... Él me decía que sí, que estaba ahí. Pero todo me parecía nuevo. El mundo debe ver todo esto. Es toda la cultura del ser humano, no sólo de España. Aquí lo tenemos y tengo el orgullo de ayudar a desarrollarlo». Con la misma sonrisa de toda la jornada y disparando chascarrillos de forma permanente («Todo el mundo sabe quién es Julio Iglesias, pero no saben de esto...»). «Es la energía que sale de aquí –prosiguió–. Y pensar que el ser humano que vivió allí abajo tiene tu ADN. Somos iguales, no hemos cambiado nada en 50.000 años. Hemos aprendido, unos se han civilizado y otros no, pero somos iguales...».

«Entré con mucho entusiasmo, salgo con más. No sé por qué el mundo no sabe de esto»

Este viernes repetirá el discurso en el Museo de Prehistoria, en Santander. Junto a Miguel Ángel Revilla (la primera visita a la cueva la hizo con Ignacio Diego como acompañante cuando estaba a cargo de la presidencia) y con el nuevo consejero de Educación, Cultura y Deporte, Francisco Fernández Mañanes. Presentarán el acuerdo entre el Gobierno y su Fundación. Será el acto protocolario. Hablarán de los trámites ya en marcha para un centro de interpretación e instalaciones para los investigadores, de la idea de una posible réplica, de las visitas virtuales a través de la tecnología digital, de la promoción del resto de cuevas cántabras... La cita oficial. Porque la de ayer, para Stuart Weitzman, fue la reservada a las emociones.

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