DE NACIÓN, CÁNTABRO

Esteban de Garibay y Zamalloa fue el primer historiador que habló de España como unificación de sus partes integrantes

Juan Luis Fernández
JUAN LUIS FERNÁNDEZ

La primera historia de España propiamente dicha fue la constituida por ‘Los cuarenta libros del compendio historial de las crónicas y universal historia de todos los reinos de España’, obra impresa en Amberes en 1571. Costeaba la publicación el propio autor, Esteban de Garibay y Zamalloa, quien se presentaba así: «de nación, cántabro, vecino de la villa de Mondragón, de la provincia de Guipúzcoa». Así pues, el primer historiador de España como unificación de sus partes integrantes fue un ‘cántabro’ de finales del siglo XVI. Garibay, como otros muchos entonces, creía que los vascos eran los descendientes de los antiguos cántabros mencionados en las fuentes clásicas. A fuer de tales, eran los verdaderos españoles. Garibay se consideraba, «como cántabro», especialmente capacitado para escribir de «nuestra propia nación española», según indicó en su dedicatoria al arzobispo de Sevilla.

Hasta que el agustino Enrique Flórez mostró en 1768 que no era justificable históricamente la identificación de lo cántabro con lo vascón, pasaron dos siglos en los que estas asimilaciones fueron bastante comunes. Así, un vasco de Zumaya, Baltasar de Echave, publica en 1607 en México sus ‘Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra bascongada’, es decir, la que hoy llamamos euskera. Echave empleaba una ficción literaria presentando a este idioma como «una Matrona venerable y anciana, que se queja de que, siendo ella la primera que se habló en España, y en general en toda ella, la hayan olvidado sus naturales, y admitido otras extranjeras». El figurado personaje «habla con las provincias de Guipúzcoa y de Vizcaya, que le han sido fieles, y algunas veces con la misma España». Echave piensa que esta originariedad y generalidad de la lengua cántabra-vascongada debería ser más reconocida: «Justísimo es que España se honre con ella, como con tan propia suya, en quien se hallan cosas tan particulares y útiles y honrosas para nuestra verdadera nación española».

No solo se hablaba abiertamente de la ‘nación española’ en torno a 1600, sino que son precisamente autores guipuzcoanos cultivadores del vascuence quienes más ardor ponen en la expresión. ¿Qué habría sido del pobre nacionalismo vasco si los demás españoles hubiéramos abrazado estas tesis y recuperado plenamente el vascuence como lengua propia, al estilo en que los israelíes han resucitado el hebreo desde 1948? Sin duda una España euskaldún sería la pesadilla del Euskadi Buru Batzar: si todos volvemos a ser españoles originarios, descendientes de Túbal, nieto de Noé venido desde Armenia, ¿dónde estaría el hecho diferencial justificador del derecho diferencial? En los siglos XVI y XVII la diferencia era la exclusiva de la nacionalidad española originaria; en el siglo XX y XXI, es la exclusiva de la nacionalidad no-española originaria.

La mitología del origen pervivió, pero evolucionó, en una obra de otro guipuzcoano, el jesuita Miguel Larramendi: «De la antigüedad y universalidad del vascuence en España», impresa en Salamanca en 1728. También Larramendi presumía de haber sido esta la lengua primera, «común y universal de todos los españoles». Lo novedoso era que, además, le confería cualidades comunicativas muy superiores y, de hecho, terminaba insultando a las lenguas latina («agusanada en pergaminos viejos»), castellana («¿Es tu origen más que las heces, que dejaron tantas lenguas, que rodaron por tu país?»), francesa («cutre y miserable de pronunciaciones») e italiana («engañosa y lisonjera»). La originariedad histórica era suplementada con la superioridad semiótica.

Esto muestra el nacionalismo vasco como la evolución, en época industrial, de un anterior sentimiento de excepcionalidad vinculado a religión y lengua. Esta identidad tuvo que reinventarse tras haber destruido Flórez en ‘La Cantabria’ la pretensión de continuidad histórica de lo cántabro a lo vascongado. La ‘descantabrización’ de Vascongadas condujo del españolismo ‘pata negra’ al separacionismo euskaldún, con etapa intermedia en las guerras carlistas. Pasaría de ser la cuna auténtica de lo español a reserva étnico-espiritual contra la degeneración española.

La segunda gran historia unitaria de España se publicó también en el reinado de Felipe II, en 1592. Fue su autor el jesuita talaverano Juan de Mariana, que la hizo imprimir en latín. La tradujo al castellano en 1601 como ‘Historia general de España’, ya reinando Felipe III. Esta obra fue la incombustible narración de referencia hasta que entre 1850 y 1866 el liberal palentino Modesto Lafuente publicó su monumental historia (sobre ella hay un excelente estudio del profesor de la UC Roberto López Vela, en el libro ‘La construcción de las historias de España’ coordinado por Ricardo García Cárcel).

La ambivalencia de lo cántabro-vizcaíno también está presente en Mariana. Por ejemplo, especulando sobre la etimología de ‘Navarra’, señala que puede significar ‘tierra llana’, del castellano ‘nava’ o llanura y de que «los cántabros la tierra llaman erria». Con agudeza apunta que ‘Cantabria’ pudo tener antiguamente dos significaciones: la pequeña o de Ptolomeo y después la grande que incluía Rioja, parte de Navarra y Vizcaya (en su sentido pan-vasco).

Flórez interpretaba la supervivencia del vascuence como signo del poco interés que para los romanos habían revestido las montañas vascas y navarras. En cambio, donde Roma había puesto el ojo y el subsiguiente tráfico humano, las antiguas lenguas cantábricas desaparecieron en favor del latín. Y así en la Cantabria pequeña su lengua se desvaneció antes de pensar en utilizar el alfabeto latino para recoger sus expresiones.

Para la mitología política del vascongado de los Siglos de Oro, era importante reclamarse de aquél que Horacio en una oda había señalado como ‘bellicosus Cantaber’, o de quienes Flavio Josefo había descrito la locura guerrera (en griego, ‘Kántabroon areomanía’). La distinción aristocrática, hidalguía del vizcaíno, procedía de hazañas bélicas y pureza de linaje. El nacionalismo de Sabino Arana representa un cambio radical, resultado de la recurrente frustración de la promesa carlista: en vez de ser el vasco un español primigenio, se trata de una raza aparte que siempre ha estado en pugna con la española. La belicosidad no sería rasgo protohispano, sino antihispano. Para el ‘euskeriano patriota’, escribía Arana, «España es una nación extranjera». ¡Qué lejos del «nuestra nación española» de Echave y Garibay!

Un vasco fue el primer historiador de España; otro quiso crear una historia sin ella. Al final, ni los guipuzcoanos eran cántabros ni los vizcaínos post-armenios: era España misma, que una vez movía a admiración y otra a desdén, dependiendo del ocasional grado de autoestima de los españoles y su interpretación, optimista o pesimista, del cambio social.

Fotos

Vídeos