La rebelión que se emboscó en el monte

Los gerrilleros Manolín (Manuel Alonso) y Aurelio Caxigal (Constantino Suárez), emboscados en el monte, en una estampa repetida entre los milicianos.
Los gerrilleros Manolín (Manuel Alonso) y Aurelio Caxigal (Constantino Suárez), emboscados en el monte, en una estampa repetida entre los milicianos. / DM

Los que se escondieron en los bosques eran jóvenes capaces de entregar su vida a unos ideales

José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

Para unos no eran más que bandidos, bandoleros y delincuentes; para otros, la única esperanza para salvar España de la dictadura. La realidad es que su ímpetu de juventud los empujó a entregar su vida a unos ideales políticos. Algunos escaparon de las cárceles que se improvisaron por toda la región. Los grandes edificios se habilitaron para tal efecto a partir de la llegada de las tropas franquistas a Santander en verano de 1937: Los Salesianos, los Escolapios, las Salesas, Monte Corbán, las caballerizas de La Magdalena, etc. Entre los huidos, hubo quien optó por esconderse en rincones inverosímiles: en los pliegues de un colchón hueco, entre los tabiques de una casa o en armarios con doble fondo. A esos los llamaron ‘topos’.

Los que rechazaron esa vida que cambiaba el calabozo por el zulo, se echaron al monte. «Fue la génesis del movimiento guerrillero que por equivocación hemos llamado maqui. Ese término se acuñó en Francia tiempo después. Aquí siempre fueron los que se echaron al monte», defiende el periodista y escritor Isidro Cicero. «Huían de la cárcel, del fusilamiento y las palizas», y aprendieron a caminar entre las sombras de la montaña en Liébana, Campoo, Miera, Vega de Pas, Los Carabeos y de forma esporádica en Herrerías, Valdáliga, Santa María de Cayón o Villaescusa.

El Cariñoso, la historia de un maestro del disfraz traicionado

Cuando todo el mundo lo buscaba en la montaña, José Lavín Cobo, ‘Pin el Cariñoso’, uno de los guerrilleros más buscados en la Cantabria de la posguerra, campaba a sus anchas por la capital cántabra. «Tenía una habilidad maravillosa para el camuflaje. Engordó muchísimo y se disfrazaba de cura, tenía documentación falsa...», narra Isidro Cicero. Es uno de los nombres legendarios de los del monte. Su astucia lo llevó a vivir como cualquier ciudadano normal pese a estar perseguido. De no ser porque lo delataron, probablemente nunca lo hubieran encontrado.

Una mujer reconoció al enlace del Cariñoso en Unquera y a éste no le quedó más remedio que delatarlo. El 27 de octubre de 1941 la Guardia Civil acudió a su casa en el número 44 de la calle Santa Lucía. El enlace llamó a la puerta: «Pin, abre que es un asunto muy importante». El Cariñoso despertó de la siesta, entreabrió la puerta y al instante descubrió la trampa: «¡Cabrón, me has traicionado!», exclamó.

«Bajó corriendo detrás de su enlace con las pistolas en la mano, disparando como un loco, y conforme iba bajando las escaleras se abrían las puertas y se asomaban uno, dos, tres, cuatro… Cien guardias, cien policías disparando con sus pistolas, sus metralletas. Solo en el portal le alcanzaron los tiros al Cariñoso […]», narra Isidro Cicero. Nadie ha encontrado ninguna foto suya. «Es lo más parecido a una leyenda, que además significó un golpe muy duro al movimiento rebelde porque sucedió en la ciudad, a plena luz del día, muy lejos de los montes donde nadie veía lo que estaba pasando con ellos».

Dominaban el terreno, estaban acostumbrados a la vida rural. Al principio hubo muchos, pero la represión, los fusilamientos y el desaliento fueron minando la valentía de todos estos hombres. La gente los conocía por sobrenombres, era una forma de asegurar el anonimato: desde Juanín y Bedoya hasta Tampa, Rada, el Ferroviario, el Cariñoso, Gildo, Machado, el Gitano, el Vasco, el Joselón o el Practicante...

En 1948 todos estaban muertos o encarcelados. Solo dos sobrevivieron a las búsquedas: Juanín y Bedoya, hoy iconos del movimiento, casi leyendas del monte. «Cabezas visibles de una masa de jóvenes y no tan jóvenes que huían de las represalias. Sabían que el regreso a sus pueblos era el camino más rápido hacia el paredón», cuenta el escritor Jesús Gutiérrez Flores. «El partido comunista continuaba su propaganda desde el extranjero. Imprimía octavillas para alentar a la lucha. Más o menos todo el mundo pensaba que Franco podía caer tras la derrota de Hitler en Stalingrado». Era el verano del 1942. Un grupo de guerrilleros españoles huidos a Francia –unos 48 combatientes– regresaron a Cantabria para precipitar el final del régimen fascista; pero quedaron atrapados en el puerto del Escudo cuando a su camioneta se le agotó el combustible. «Fueron inmediatamente detenidos por la Guardia Civil», recuerda Gutiérrez Flores.

Una caza paciente

El trabajo del cuerpo resultó frenético para frenar el movimiento guerrillero. «Primero se construyeron muchos cuarteles, en todas partes. Se llegaron a desalojar pueblos enteros y se concentró el ganado en las zonas bajas de los valles». Las llamadas ‘contrapartidas’ fueron la estrategia más fulminante para acabar con la rebelión de la montaña. «Eran guardias civiles disfrazados de guerrilleros. Se infiltraban en el pueblo e incluso en las cuadrillas. Llegado el momento daban el soplo y acababan con el movimiento. No había escapatoria a ese engaño», explica Gutiérrez Flores.

Las familias cargaron con buena parte del castigo que iba dirigido a los huidos. «Soportaban palizas, vejaciones. Se quemaron casas...», agrega Gutiérrez Flores. De aquel tiempo quedan historias tan rocambolescas como escalofriantes. «La gente se veía obligada a estar en medio de toda aquella batalla y muchas veces ofrecía cobijo en su casa por tener la fiesta en paz». «Cuentan que hubo una casa en Valdeolea donde en una misma noche durmieron unos guerrilleros en el pajar y unos guardias civiles en el sótano. Es la situación llevada al extremo, pero esto era un poco así». «La equidistancia es el negacionismo español», sentencia Isidro Cicero. «Se confeccionó un sistema educativo centrado en la construcción del olvido y aún hoy somos víctimas de eso».

Miedo

Llegó un tiempo en que la batalla del monte ya no le preocupaba a nadie. «La gente estaba cansada, asustada. Nadie quería saber nada de rebelión, de guerrilla, incluso lo que se buscaba era olvidar que jamás existió, como la propia guerra. El miedo a la represión era demasiado fuerte. Sobrevivieron solo Juanín y Bedoya porque para el resto todo aquello no llevaba a ningún sitio», explica. La leyenda de los dos famosos combatientes ha vendido centenares de libros. El mejor ejemplo es el título ‘Los que se echaron al monte’, del propio Isidro Cicero. «Cuando Juan Fernández Ayaña ‘Juanín’ se echó al monte estaba en libertad condicional. Cumplía en Valencia. Tras quedar libre en 1943, regresó a Potes para trabajar en el Patronato de Regiones Devastadas. Cuentan que le propinaban tales palizas que por la noche, al quitarse la camiseta, se arrancaba pedazos de piel ensangrentada». Escapó de aquello y acompañó a Francisco Bedoya en el monte.

«El día que mataron a Juanín, Bedoya iba doscientos metros rezagado», cuenta Cicero. «Era la manera que siempre tenían de caminar». Fue el 24 de abril de 1957. «Después de la muerte de su compañero, Bedoya anduvo errante por los montes, desamparado, solitario y cada día que pasaba se sentía más acosado». Murió el 2 de diciembre de ese año, presa de una trampa urdida por miembros de la Brigada Social y Política en complicidad con su cuñado José San Miguel. Era éste quien conducía la motocicleta modelo Derby con Bedoya como paquete para ayudarlo supuestamente a escapar a la frontera. En un punto entre el puente de Oriñón y el langostero de Islares los paró un coche: «¡Paco, alto a la policía!», exclamaron, y los cosieron a balazos, a los dos.

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