Refugiados que llegan con «mucho miedo» aprenden en Cantabria a «partir de cero»

Nour, Yuleima y Michelle tuvieron que salir de sus países, Siria y Venezuela, y comenzar de nuevo en Cantabria. :/Luis Palomeque
Nour, Yuleima y Michelle tuvieron que salir de sus países, Siria y Venezuela, y comenzar de nuevo en Cantabria. : / Luis Palomeque

La región acoge a 250 de los 2.634 desplazados enviados a España, y el Centro de Extranjeros de la Cruz Roja en Torrelavega es el nuevo hogar de personas procedentes de más de treinta países

Pilar González Ruiz
PILAR GONZÁLEZ RUIZSantander

Los recuerdos de Nour tienen rostro. Los de su madre y su hermana, que sobreviven entre los escombros de lo que un día fuera la capital cultural del mundo árabe. «Donde antes vivían siete millones de personas, ahora apenas hay 200.000», relata para que nos hagamos una idea. Y para que se entienda el presente, enseña las fotos del pasado. Amplias avenidas, edificios lustrosos, tentadoras palmeras bajo las que protegerse del sol. Ahora todo es polvo y en lugar del sol toca protegerse de las bombas y pagar hasta 50 euros por un paquete de harina. No hay reglas. Sólo destrucción y la obligación de vivir al día. Hoy, como Yuleima y Michelle, pone voz a los refugiados desde Torrelavega.

Hace dos años, la Unión Europea aprobó un plan comunitario para acoger a las víctimas civiles de la guerra en Siria. Miles de personas a las que un conflicto armado enquistado hizo huir de sus hogares. Distintos países europeos establecieron cupos de acogida para recibir a los desplazados. Las cifras, cuyo límite expiraba en septiembre, planteaban la llegada de 160.000 personas entre las fórmulas de reasilados y reubicados.

Los números reales distan bastante de los oficiales y ascienden al 17% del total previsto: 27.695 personas. ¿Cómo se traduce eso en España? Más de 17.300 personas deberían haber comenzado una nueva vida, más segura, más digna, en nuestro país. Pero tan sólo 2.634 solicitantes de protección internacional han llegado a su destino, y Grecia y Turquía, puntos de primera estadía, continúan aumentando su población migrante en condiciones paupérrimas.

«En la primera etapa, seas de donde seas, te enseñan a estar aquí, a vivir de otra manera» Yuleima Pimentel | Venezuela

Los datos más recientes proceden del trabajo de las organizaciones que participan en la llegada e integración de los refugiados, ya que la estadística del Gobierno central solo abarca hasta 2015 y no ha sido posible recibir las actuales ni desde Empleo ni desde Interior, las dos áreas responsables de la gestión.

Cantabria también forma parte del mapa de destinos de los refugiados. Cruz Roja, Movimiento por la Paz y Nueva Vida son las tres organizaciones que ejecutan la parte práctica de este plan. Este mismo jueves recogieron en Madrid al último grupo de personas, llegado desde Líbano. Son 203 refugiados sirios, de los que 14 ya están en nuestra región.

El Centro de Extranjeros de Cruz Roja, que por capacidad gestiona la mayor parte de las acogidas está en Torrelavega. Sus 91 plazas están continuamente ocupadas, en un trasiego constante de perfiles y nacionalidades. Venezuela y Siria son los países de donde más personas han llegado en el último año, con poco más que su memoria como equipaje.

Volver a empezar

Con veinte años, su mujer, su hija de apenas once meses y «con mucho miedo», Nour salió de Siria. Caminaron durante días, viajaron en patera, llegaron a Turquía y de ahí cruzaron a Grecia. Por el camino perdieron el dinero que les quedaba en forma de sobornos. «Cada diez kilómetros hay una barrera», cuenta. En esa barrera puede detenerte el Daesh, la mafia o cualquiera de las numerosas organizaciones armadas que operan en el país. Todos contra todos. Con un riesgo añadido en su caso; «Somos kurdos -matiza-, peor aún». Si consiguieron huir, dice, fue gracias «a la suerte». Así, la familia Khalill llegó a Torrelavega hace justo un año. Nour, Makboula y Nadia, que pesaba apenas cuatro kilos a sus 16 meses y tuvo que pasar una semana ingresada en Valdecilla para tratar una severa desnutrición. Otra forma de herida de guerra.

De sus orígenes ya no queda nada en Siria. Su padre y su hermano están en Alemania, ganándose el derecho a ser considerados ciudadanos. Tampoco queda nada de la fábrica textil que poseían, «ni de la cadena de peluquerías de mi tío», cuenta con resignación. El futuro asegurado se desvaneció. Nour ha intentado recuperar una parte. Ha hecho un curso de peluquería y busca trabajo. Aquí se siente «superbien», afirma. Y sonríe con timidez mientras encoge los hombros. Todo su lenguaje corporal expresa precaución. Su pequeña, convertida en un torbellino, tiene ya dos años, está escolarizada en el Zapatón y tiene un gato «al que vuelve loco», explica su padre. Y lo hace en español, lengua que dominaba con soltura en apenas seis meses para sorpresa de los profesores del centro, y que la niña habla mejor que su árabe nativo. A Yuleima, sin embargo, le costó entender algunas palabras a pesar de ser su idioma, bromea.

Desde Trujillo, en Venezuela, esta mujer resuelta y sonriente se embarcó en una aventura transatlántica con sus tres hijos para reencontrarse con el padre, Ricardo, que llevaba seis meses en Barcelona. De ahí se trasladó a Cantabria, un lugar que tuvieron que «buscar en el mapa» para ubicar la vida que les esperaba. Dejar su casa fue una decisión complicada. «Teníamos un negocio allí y una vida estable», expone. Pero «los costes subían, los suministros se acababan y al final era directamente el Gobierno quien pedía dinero con amenazas». Una noche cerraron y decidieron que no podían seguir. El clima político era solo un aspecto más. «No es fácil de decir, pero pasamos hambre», añade Yuleima.

«Somos kurdos en un país en guerra; si hemos llegado hasta aquí ha sido gracias a la suerte» Nour Khalill | siria

El Centro de Extranjeros se convirtió en el hogar de la familia Pimentel Briceno. Dos habitaciones para los cinco y espacios comunes con el resto. La casa de todos y de tantos. «No es fácil vivir los inicios», cuenta. No es de extrañar; la vetusta fachada del edificio y su distribución como antiguo hospital no resultan acogedores. Pero el calor se va creando dentro, planta a planta.

Michelle, de 22 años, la primogénita de la familia, una réplica exacta de la madre, estuvo dos meses sin apenas salir y tres sin lograr dormir bien. «Tenía miedo», dice. El cambio ha sido para ella un salto al vacío. En su país le quedaba un año para terminar la doble licenciatura de Derecho y Administración. «Aquí no tengo nada; la homologación no es posible y solo queda la opción de empezar de cero». Llora. Michelle trabaja como camarera y Yuleima como asistenta en un hotel. Han renunciado a la ayuda económica de la Cruz Roja y solo recurrirán a ella de nuevo si las cosas se complican.

Para el personal del Centro sólo tienen buenas palabras. No son cargos o administradores. Es Sandra y su autoridad amable, la determinación de Cristina, Ana y su sonrisa, la cercanía de Hamid, el cariño de Javi. Son las personas que les ayudan a encontrarse y reconstruirse. «En la primera etapa, seas de donde seas, te enseñan a estar aquí», explican.

Estar «aquí» implica cambiar las costumbres. Desde los horarios a la comida. Nour dice que no les gusta «mucho» el pescado, pero Yuleima reconoce que ellos ya se guían por las recetas españolas. «¡Ya no hacemos arepas!». La burocracia también es un mundo aparte. «Cuando uno sale huyendo de su país, no suele llevarse los papeles de la universidad o la cartilla del médico», razona la coordinadora. Cada trámite puede tardar semanas. Andres, el más pequeño de la familia, juega en la Gimnástica y tiene como apodo de jugador venezolano. Federarlo ha sido como terminar un máster de tanta documentación como han tenido que aportar. Un bucle de difícil solución: para trabajar, residir o viajar se exigen determinados papeles, papeles que no pueden obtener por estar lejos de sus países o ni siquiera existen. Salir de la condición de dependiente es complicado.

Movimiento por la Paz acaba de sumarse al programa de acogida de refugiados sirios. Veinte personas, cuatro familias, residen en pisos de Santander, gestionados por la organización y sufragados con los fondos de la subvención ministerial. En total, como explica el coordinador, Pablo Lobo Paredes, disponen de 40 plazas que esperan completar en los próximos meses de acuerdo a las necesidades que vayan surgiendo. Del ejecutivo regional reciben ayudas en materia de coordinación.

Graves incumplimientos

El Gobierno de Cantabria aprobó en 2015 el Plan Integral de Atención a las Personas Refugiadas del que formaban parte distintas áreas del ejecutivo -Educación, Sanidad, Política Social, Empleo- además de los grupos parlamentarios y las ONG. En palabras de la vicepresidenta regional, Eva Díaz Tezanos, «Cantabria es tierra de acogida». Una tierra a la que han llegado más de 250 refugiados en el último año y medio. El próximo martes llegará otro grupo. Para Díaz Tezanos no es suficiente. La diferencia con los objetivos establecidos se observan «con preocupación y mucha indignación». Pone el foco en el Gobierno central, «a quien hemos reclamado y exigido en numerosas ocasiones que tuviera una actitud responsable», denunciando lo que considera «graves incumplimientos».

«Hay que aprender a aceptar incluso el miedo, porque, si no, no puedes seguir adelante» Michelle Timaure | Venezuela

Otros organismos, como CEOE- Cepyme, también ofrecieron su colaboración. En concreto, para facilitar la integración laboral de los refugiados sirios. Sin embargo, como expone Lorenzo Vidal de la Peña, «hasta la fecha se nos ha solicitado un apoyo y visibilidad más simbólicos que efectivos con la colaboración en eventos solidarios en los que desde luego hemos tomado parte». Los recursos de la patronal «están ahí disponibles para cuando sean requeridos», ya que, como concluye Vidal de la Peña, se sienten «moralmente comprometidos» y esperan «la ocasión de ser movilizados».

En los dos ejemplos que ilustran este reportaje, las personas han ganado a la estadística. Las familias Khalill y Timaure Pimentel están en la segunda fase de integración, esto es, han salido del centro y viven en pisos con el apoyo y tutela de Cruz Roja. Siete personas que no eran pobres, no querían dejar su hogar, no necesitaban ayuda. Tenían negocios prósperos, estudios superiores, planes de futuros y una vida por delante muy distinta a la actual.

A pesar de las dificultades, se sienten afortunados. «Quien no aprecia lo que le dan aquí es un sinvergüenza, como dicen ustedes», dice categórica Yuleima, a la que el resto de residentes en el centro llaman cariñosamente 'mami'. Su hija, todo el tiempo con la sonrisa dispuesta, cierra la conversación con un mensaje de optimismo. «Hay que aprender a aceptar, porque, si no, no puedes seguir -dice-. Seas de donde seas y aunque tengas miedo, no pasa nada. Puedes ganar o perder, pero sigue adelante».

«Los civiles son los que pagan las guerras»

Celebrarán la Navidad. También la Nochevieja. Habrá «un menú especial», como ocurre el día de la Patrona, en agosto. Todo ello, tras explicar en qué consiste cada una de las celebraciones. Porque no es lo mismo en Camerún que en Irak, recuerda Sandra García Liaño, coordinadora del Centro de Inmigrantes de Torrelavega.

No se detiene en sentimentalismos. No tiene tiempo. El movimiento en el centro es constante, pero conocen a los residentes por su nombre y sus duras historias. Los conflictos internacionales se miden en tiempo de separación, traumas e incertidumbre. «Siempre son los civiles quienes pagan las guerras», concluye.

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