Rincones a vista de pájaro

Rincones a vista de pájaro

Parapentes de colores inundan el cielo de Islares, un escenario excelente para volar y donde la Escuela Cántabra tiene su base

SAMIRA HIDALGO Y ALEXANDER AGUILERA

Cuando llegas a la base de la Escuela Cántabra de Parapente, situada en una finca en Islares, se respira un ambiente familiar. Los miembros del club se reúnen en verano tomando unas cervecitas mientras contemplan desde abajo a sus compañeros de vuelo, sus despegues y sus aterrizajes. Así pasan la época estival, siempre que las condiciones meteorológicas lo permiten. Tras preparar el material para despegar, con un todoterreno acceden al monte Cerredo, en la zona de Llanzomo, para disfrutar de unos minutos de vuelo.

Tino Cancio, castreño residente en Islares y director de la escuela, deja claro que «no se trata de una empresa de actividades turísticas», sino que lo hacen «por amor al arte», por pasión hacia este deporte. Tanto es así que en verano se acercan muchos pilotos de otras comunidades autónomas para disfrutar de las vistas de nuestra región. «Vienen desde el interior para librarse de las altas temperaturas y también porque allí las condiciones de vuelo con el calor se ponen más brutas», explica el director, quien asegura que, del mismo modo, ellos viajan a otras zonas.

A sus 51 años, lleva más de 5.000 viajes de biplazas a sus espaldas, ha llevado a niños desde cinco años hasta a mayores de ochenta y nunca ha tenido que aterrizar antes de tiempo. Paisajísticamente hablando, Cancio define esta área como excepcional. «He volado a nivel internacional, algo que ha servido para sentirme privilegiado de la zona de vuelo que tenemos a la puerta de casa», asegura orgulloso el director, quien recuerda: «Llevamos una aeronave, no un paracaídas y, aun así, lo bueno de este deporte es que engloba todas las edades. En mis veinte años de experiencia he enseñado a volar desde chavales de 16 a mayores de 65, porque este deporte no es muy físico y aunque hay un aprendizaje previo, se disfruta desde el principio».

En un día despejado, a 800 metros sobre el nivel del mar, los pilotos pueden disfrutar de las vistas aéreas de Santoña, de Guecho, del valle de Guriezo, del Macizo Cerredo, de la playa de Islares, Oriñón y Sonabia. Por eso, los miembros del club pasan el verano pendientes del parte meteorológico. «Los pilotos estamos en contacto y si creemos que las condiciones son óptimas, quedamos. También hacemos salidas a otras zonas de vuelos, como al puerto de Los Tornos, el de la Sía, la zona de Reinosa y Laredo, teniendo en cuenta que cada sitio tiene sus características», explica el director de la escuela. Los pilotos de Islares coinciden en que el ambiente es de lo mejor de este deporte debido al gran compañerismo y a que saben que a cualquier zona de vuelo que vayan, siempre les acogen e integran en el grupo.

Íñigo Soto, de 44 años, vuela desde hace tres meses y acaba de aterrizar. Aunque es de Guipúzcoa vive en Entrambasaguas. «Era una cosa que quise hacer siempre, pero nunca tuve opción por las circunstancias. Soy escalador, espeleólogo y barranquista, así que el parapente era mi asignatura pendiente. Volar es una experiencia única, y hacerlo con un cacho de trapo es una sensación mágica. Desde fuera puede parecer algo vertiginoso, pero una vez que montas es algo fluido», comenta Soto.

Bañeres, con ‘Tabira’, antes de emprender el vuelo
Bañeres, con ‘Tabira’, antes de emprender el vuelo / DM

Por su parte, Pablo Llames, de 43 años, cuenta que empezó con este deporte en los años noventa porque conocía a Tino cuando él comenzó a volar, lo que le transmitió curiosidad. El director de la escuela le enseñó y estuvo tres años practicando. «Lo tuve que dejar por falta de tiempo, pero ahora que las niñas ya han crecido, he vuelto a retomar mi afición», explica Llames, quien asegura que el verano aporta una temperatura agradable para volar en parapente. «Me da tranquilidad y me sirve para evadirme del día a día. Cuando aterrizas sigues pensando en el vuelo», señala. Además, dice que trabaja en el sector de la hostelería y que en verano tiene una mayor carga de trabajo, pero que aun así siempre sale a volar con sus compañeros, porque es un deporte que «engancha».

«Invento espectacular»

El día de su 45 cumpleaños acude a la base Jorge Pérez. Un viaje a Perú, en Lima, le despertó la inquietud por el parapente y ahora lleva diez años practicándolo. «Vengo todo el año y cada vuelo es diferente. En verano haces más tertulia en la base con los compañeros de la escuela y, además, vienen en vacaciones pilotos de otros clubes que has conocido. El parapente es una maravilla, un invento espectacular que te aporta paz, y es cierto que engancha, pero tienes que aprender a gestionarlo; así, a partir del quinto año asumes mejor los días que por inclemencias del tiempo no puedes despegar», explica Pérez, que además valora el buen ambiente que hay: «En invierno vuelas y vas al bar, pero en verano aprovechamos en la base al aire libre para tomar unos refrescos a gusto».

Desde la capital hasta Islares, el santanderino Fernando de la Torre, de 30 años, realiza su quinto vuelo con descenso asistido. Asegura que de pequeño quería ser astronauta, después piloto, pero como era «muy caro», finalmente optó por el parapente. No es el único deporte que De la Torre practica, ya que también hace montañismo, triatlón y remo. «Aunque aún llevo poco tiempo, volar da tranquilidad, excepto en el despegue y en el aterrizaje», indica. «Más adelante me gustaría hacer algún tipo de vuelo acrobático. Vengo desde Santander y en verano es la mejor época, porque se supone que no llueve tanto y la brisa marina aguanta más. Además, el ambiente es muy relajado y si hay veces que no se puede volar por el viento cruzado, nos hemos quedado por aquí tomando algo, como una pequeña familia. Algunos vienen con sus parejas y niños. Es un ambiente muy bueno», asegura.

Volando con un águila

Alfonso Bañeres viene desde Durango, Vizcaya, acompañado de ‘Tabira’, su águila americana. Bañeres es veterinario de fauna salvaje. «Un cliente me regaló a ‘Tabira’ y yo la crié. Ahora tiene ocho años y quiero conseguir que volemos juntos», explica Bañeres, de 44 años. El veterinario y su compañera de vuelo salen al campo todos los días, donde la suelta, ya que la tiene entrenada. Ahora se han embarcado juntos en este curioso proyecto: «La estamos enseñado a que quite el miedo, ya que un parapente en vuelo es algo muy grande y de colores, algo que al principio asusta al águila. Este es el cuarto día y poco a poco va superándolo», añade. Esta es, sin duda, otra manera de disfrutar de este deporte tan ligado a la naturaleza.

De la Torre explica que en la zona «hay unas buitreras bastante exclusivas y el único hayedo de costa que hay en toda Europa». Lo describe como un sitio «bucólico en el que la gente de fuera quiere quedarse». El santanderino no es el único aprendiz. Amaya Pérez, tras aterrizar con su parapente morado, acaba de terminar su cuarto vuelo sola. Asegura Amaya que lleva desde finales del verano pasado en el curso y que las clases dependen del tiempo que hace: «En invierno se puede salir menos, y en el verano podemos disfrutar un poco más de la naturaleza, de las vistas y del contraste entre montaña y mar. Es un deporte muy sano y con gente muy maja», explica, y termina confesando que se ha «enganchado» al mundo del parapente.

Al igual que Amaya y Fernando, en la escuela también aprendió Álvaro Murillo. A sus 23 años lleva volando cuatro, pero ya es subcampeón de España de Parapente Acrobático. Este joven de Santoña comenta que lo bueno de la cordillera Cantábrica es que tiene muchas zonas de vuelo cada poco tiempo. «En verano dedico casi todo mi tiempo libre al parapente, porque es la temporada y le tienes que dedicar mucho tiempo. Soy electrónico en una empresa de Maliaño y muchos días vengo a Islares directo del trabajo». Sobre nuestra región, el joven indica que volar en Cantabria es «precioso» y que, además, hay una travesía bastante famosa en parapente que va desde Laredo hasta Castro, volando por todas las montañas, pegado a acantilados y pasando las bahías. «Es una pasada», concluye.

Todos coinciden en que el parapente es una forma de vida que une al piloto a la naturaleza, y que ahí arriba sólo está el hombre, acompañado, eso sí, de las aves que en las alturas se puedan encontrar.

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