Románticos del vino

Pablo Oria y José Gómez Eguren, en la parcela de cepas madre de Cortiguera (Suances).
Pablo Oria y José Gómez Eguren, en la parcela de cepas madre de Cortiguera (Suances). / Luis Palomeque
Cantabria

Al calor de la expansión de la producción vitícola en Cantabria, emprendedores desarrollan singulares iniciativas que han encontrado una gran aceptación popular | La recuperación de viejas plantaciones, variedades autóctonas y tradiciones conviven en entusiastas proyectos

José María Gutiérrez
JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZSantander

Durante las dos últimas décadas, Cantabria vive una progresiva recuperación del cultivo de la vid, especie que siglos atrás ocupaba una vasta superficie en la región. La tendencia se ha traducido en proyectos de vinificación de vinos blancos jóvenes en la zona costera y de vinos tintos, sobre todo, y también blancos jóvenes en la comarca de Liébana, amparados en las Indicaciones Geográficas Protegidas (IGP) 'Vino de la Tierra Costa de Cantabria' y 'Vino de la Tierra de Liébana', respectivamente, que permiten el uso de casi una veintena de variedades de uva distintas.

En la actualidad, una quincena de bodegas sustentan ya un negocio creciente y los vinos cántabros se han hecho un pequeño hueco en establecimientos hosteleros, comercios y tertulias en torno a una mesa. Y al calor de esta tendencia conviven una serie de incipientes proyectos, más pequeños en extensiones pero igual de grandes en ilusiones, románticos, artesanales en algunos casos, que buscan la recuperación de tradiciones, variedades originales de uva y viejas plantaciones a lomos de entusiastas emprendedores.

Suances

Doble proyecto a raíz de una rica historia vitícola

El viticultor e ingeniero técnico agrícola Pablo Oria (1978) lidera el proyecto de recuperación de las variedades originales del vino de Suances, una laboriosa iniciativa que puso en marcha ahora hace cinco años junto a José Gómez Eguren. «Empezamos buscando en el catastro de La Ensenada y en diferentes archivos la historia de la viticultura en el municipio de Suances y nos dimos cuenta que en el pasado hubo un sector bastante boyante, porque se llegaron a producir cerca de 50.000 litros de vino», relata. En el cartulario de la Abadía de Santillana del Mar hay datos que ya registran producción vitícola en la zona en el año 890.

Y del estudio a la práctica, porque Oria y Eguren empezaron a recoger material vegetal por las zonas donde estaban las antiguas plantaciones -en sus investigaciones hallaron cerca de 40 hectáreas de viña en el municipio- y mandaron a clasificar un par de variedades de uva al Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino de La Rioja. Los resultados identificaron la Carrasquín y la Petit Verdot, ambas productoras de vino tinto, a partir de las cuales realizarán una plantación.

Pero todavía queda tiempo para eso. Paso a paso, porque las prisas nunca son buenas consejeras. Y menos en los viñedos. En la actualidad tienen plantadas 200 cepas madres en una extensión de unos 1.000 metros cuadrados ubicada en Cortiguera, en una parcela que mira a la ría de San Martín de la Arena, que era la zona donde antiguamente se concentraba el mayor número de plantaciones. «Cuando tengan un tamaño considerable y den madera suficiente para hacer un reproducción de 2.000 o 3.000 cepas, haremos una plantación. Tendremos que volver a esperar cuatro o cinco años, u ocho, para poder tener una vinificación grande y poder comprobar la calidad del vino, pero este negocio es así», detalla.

Una iniciativa con muchas dosis de romanticismo pero que «con el interés que está despertando -reconoce Oria- creo que alcanzaremos un volumen de producción en un futuro que nos permitirá desarrollar el sector en la zona y comercializar».

La iniciativa de Suances ha tomado una segunda vía al calor de la respuesta popular. Conocido el proyecto de Pablo Oria, vecinos del municipio como Raúl Tresgallo, Ignacio Coterillo, Ramón Gutiérrez y el propio Gómez Eguren, se sumaron al interés por producir vino y le encomendaron poner en marcha en sus propiedades nuevas plantaciones para cultivar vino de la tierra.

«Llevamos ya hectárea y media plantada», presume con orgullo. En este caso utilizando dos variedades de uva foráneas (Albariño y Godello) para la producción de vino blanco que se incluirá dentro de la IGP 'Costa de Cantabria'. Y las previsiones para el año que viene son empezar a cultivar en otra hectárea y media y que se sume a este «proyecto asociativo» un nuevo propietario de fincas. «Ahora, con esta pequeña extensión, el volumen es pequeño, pero con las expectativas de tres hectáreas en total para el año próximo, estamos hablando de una producción futura de entre cerca de 8.000-9.000 botellas aproximadamente», relata.

Pablo Oria comparte estos dos proyectos en Suances con sus tareas en los viñedos de Mazcuerras, cinco hectáreas que, después de ocho años de trabajo, ya han dado dos cosechas de vino blanco 'Malacoria' y ya va camino de la tercera.

Diego Amilibia y Pedro Agudo, en Cueto, junto a sus parras. / Roberto Ruiz

Santander

Cueto ya presume de sus primeras botellas de blanco

A mediados del siglo XVIII los documentos de la época certificaban que la cosecha de chacolí en Santander se acercó a las 6.000 cántaras. Pero la necesidad de alimentar a una población que iba en aumento provocó que, en pocos años, la mayoría de los viñedos que rodeaban la villa desaparecieran. En Cueto, Monte, el Río de la Pila, San Simón, Miranda, San Román y Peñacastillo el cultivo de la uva para chacolí fue dejando paso al de verduras, patatas o legumbres y a prados para el mantenimiento del ganado. A principios del siglo XIX la producción de chacolí era ya muy escasa y la posterior llegada del oidium, mildium (hongos que atacan la vid) y finalmente la filoxera hizo que su cultivo desapareciese por completo.

El conocimiento de este pasado vitícola, transmitido por su familia, llevó a Pedro Agudo a plantearse la recuperación del chacolí en Cueto, pasión que contagió a su amigo Diego Amilibia. Fue en 2010 cuando el proyecto dio sus primeros pasos y fue el año pasado, seis después, cuando recogieron sus primeros frutos en forma de botellas: 350 unidades de un vino blanco «muy bueno» según vecinos y amigos, que han sido los primeros catadores. «Les ha encantado a todos». Esta primera vinificación y la implicación total de los cuetanos en el proyecto han paliado los sinsabores que quedaron por el camino.

Con el proyecto en marcha, Agudo y Amilibia tuvieron un pequeño gran «problema». «Nuestra idea cuando empezamos era cultivar la variedad que nacía en Cueto toda la vida -denominada Seña- y que sigue naciendo salvaje en algunas zonas. Pero la Consejería de Medio Rural, Pesca y Alimentación del Gobierno regional nos dijo que no podíamos porque no puede conceder derechos de plantación de variedades que no están reconocidas. Es una incongruencia porque se pueden plantar especialidades foráneas pero no las que se han dado siempre aquí», lamenta Agudo.

Así, ante la imposibilidad de plantar Seña, se vieron obligados a cultivar otras: primero apostaron por Hondarrabi Zuri, que es la que ya han vinificado, y después por Albariño, ambas de uva blanca. «Pero por aquí lo siguen llamando chacolí», indican. Curiosamente, aunque el chacolí es un vino normalmente blanco, la variedad autóctona de Cueto es tinta.

«Decepcionados» por no poder hacer el vino que se hacía 200 años atrás, la forma en la que recuperaron la ilusión por el proyecto fue la posibilidad de plantar las antiguas viñas de Cueto. El vínculo con la tradición se mantenía así en pie. «En Cueto, a los prados pequeños se les ha llamado toda la vida viñas», apunta. Además, Agudo y Amilibia tienen controladas más de 60 plantas de Seña que siguen creciendo de forma natural por la costa de Santander. «Las tenemos identificadas y las cuidamos, salteadas. Como no podíamos plantarlas, por lo menos cuidamos las que hay».

Tienen ganas de que llegue ya la vendimia para comprobar los resultados de la segunda cosecha, que será «bastante superior» a las 350 botellas de la primera porque otras parcelas «empiezan a crecer y producir». En la actualidad tiene plantadas más de 3.500 plantas y con la perspectiva de seguir creciendo. La previsión es que el próximo año ya tengan más de una hectárea dado que más vecinos de la zona les van a ceder nuevos terrenos. «Y sin pedir nada a cambio, simplemente porque les gusta que se recupere la tradición», relata Agudo.

Con lo que tienen plantado en la actualidad, «cuando esté todo produciendo y se dé un bueno año», calcula que podrán hacer entre 6.000 y 7.000 botellas, «que no son pocas» para alguien que se dedica de forma altruista a ello. Porque Agudo y Amilibia, ambos de la generación del 79, comparten sus trabajos de interino en el Ayuntamiento de Santander y de profesor con la afición vitícola, a la que dedican todas las horas que pueden. Por ahora, no tienen pensado comercializar el vino más allá del uso personal. «Los gastos que conlleva son impensables con la poca producción que tenemos ahora. Pero en el futuro, en el momento que todas las viñas estén produciendo, seguramente lo haremos».

Claudio Planás revisa el estado de sus viñedos en El Pendo. / Dani Pedriza

El Pendo (Escobedo de Camargo)

El vino como corazón de un proyecto multidisciplinar

Claudio Planás decidió hace cuatro años dejar la consultoría donde trabajaba y emplear las tierras familiares situadas a la vera de la cueva prehistórica de El Pendo, en Escobedo, para convertir en negocio su afición por la viticultura. Una aventura personal a la que se lanzó con 38 años en el DNI, porque «creí que tenía la edad, la fuerza y la experiencia ideal para ello. O lo hacía en ese momento o ya no lo iba a hacer, tenía que coger el tren y perseguir este sueño». En sus palabras transmite el componente «visceral, romántico» que guía su apuesta y que considera «fundamental» en un mundo complejo con el de la producción de vino.

Ya tiene plantadas casi 10.000 plantas en 3,8 hectáreas. «Estamos en el tercer ciclo completo biológico del viñedo, a las puertas de recoger la primera vendimia. Recogeremos en octubre los primeros kilos, empezaremos a hacer pruebas y a testar un poco la uva para saber hacia dónde vamos y si hay suficiente calidad para salir ya el mercado», explica el máximo responsable de Bodegas El Pendo.

El objetivo es que durante 2018 puedan sacarse a la venta las primeras botellas del primer vino de Camargo. «No sé si con la vendimia de este año o con la del próximo, pero sí, el propósito es ese», indica con la paciencia a la que obliga cualquier proyecto vitivinícola, donde los resultados «son siempre a largo plazo».

El viñedo tiene plantadas tres variedades de uva blanca -Riesling, Godello y Treixadura-, cuya producción se acogerá a la IGP 'Costa de Cantabria'. «El vino tiene un elemento personal muy grande, no existen dos vinos iguales, no existen dos botellas iguales. Cada vino tiene un sentido y deben estar hechos a imagen y semejanza del lugar. Los vinos modernos, aparte de verse, olerse y degustarse, tienen que hablar, contar cosas personales de la localización, del terreno», apunta.

La ubicación de la plantación, junto a los accesos al yacimiento que alberga una sobresaliente riqueza arqueológica y a las faldas de la sierra del Peñajorao, no sólo determina las características del vino, también las posibilidades de un proyecto que Planás ha concebido con distintas vertientes. «El Pendo es el único sitio en Cantabria que, a la vez, tiene la consideración de Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco y la de Área Natural de Especial Interés del Gobierno regional», subraya.

Por ello, esta aventura emprendedora tiene por objeto, además del incipiente negocio vitícola -el objetivo es poder producir casi 10.000 botellas en un medio plazo y 25.000 en los mejores años-, la dinamización del entorno próximo a la cueva. El singular edificio de la bodega, integrado con el entorno, está preparado para acoger eventos sociales, culturales y gastronómicos, y Planás busca establecer sinergias con instituciones publicas y universidades para potenciar la afluencia de visitantes a la zona a partir de su atractivo turístico.

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