Santander, la sublevación truncada

Reparto de comida en Reinosa durante la Guerra Civil española.
Reparto de comida en Reinosa durante la Guerra Civil española. / DM

Nadie podía pensar que Cantabria, una región tradicionalmente de derechas, no secundaría el levantamiento | El poder del movimiento obrero de las localidades industriales y el carácter de dos hombres clave marcaron el devenir de la Historia en 1936

José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

Quizá el levantamiento contra la República fracasó en Cantabria fruto de un plan de acción que pecó de exceso de confianza. Nadie imaginó que una región tradicionalmente conservadora fuera a mantener la fidelidad al gobierno republicano; pero lo cierto es que el Santander de los años treinta vivía tiempos de profunda modernización política. «Existía un frente industrializado y obrero muy localizado pero poderoso que era el que sustentaba la izquierda en la región; luego estaban los propietarios rurales que mantenían el conservadurismo. El poder del movimiento obrero se fortalecía por el control de las comunicaciones, que con lógica daban cobertura a la industria», analiza el historiador Miguel Ángel Solla. Las fuerzas estaban entonces más equilibradas de lo que se imaginaba; aunque al margen de todo análisis sociológico, el rumbo de este episodio de la historia lo escribieron en su esencia dos hombres y un suceso.

Política, pero no de extremos

No todo el derechismo era extremista. No toda la rama conservadora de la población respaldaba la escalada de violencia que en aquellos días se manifestaba en forma de atentados y desobediencia civil. El punto álgido de ese rechazo llegó el 3 de junio de 1936 con el asesinato del periodista socialista Luciano Malumbres. El entonces director del diario La Región y presidente del Ateneo Popular siguió su rutina vespertina de partida de dominó con los amigos en el bar ‘La Zanguina’, en la calle Marcelino Sanz de Sautuola de Santander –hoy llamada calle del Martillo–, cuando un militante de La Falange entró en el lugar, le preguntó su nombre y le descerrajó un tiro a sangre fría.

Un baño de sangre en el Ayuntamiento de Reinosa

El levantamiento frustrado apenas se cobró muertes en Cantabria. En Reinosa, sin embargo, la sangre de 21 guardias civiles, el alcalde y un cenetista corrió por los despachos y las escaleras del edificio el 21 de julio. Las versiones del relato se entrecruzan en ciertos puntos y se pierden por caminos diferentes en otros. Pero la única verdad es que la tensión del momento terminó con el peor desenlace que podía haberse previsto. Hoy, los nombres de los muertos, y también de los que fallecieron después fruto de la represión fascista, están inmortalizados en la fachada de la iglesia de la ciudad.

La reacción popular condenó con fuerza el suceso, y las voces más razonables llamaron a respetar la legalidad de las urnas. «La propia gente de la derecha maldecía a quienes cometían esos actos violentos. El rechazo creció entonces hasta obligar a los dirigentes fascistas más activos del momento a retroceder hasta las sombras», evoca el historiador José Ramón Saiz Viadero.

Este contexto social amainó la efervescencia que podría haber alimentado las fuerzas del levantamiento; pero poco después, a efectos prácticos, dos hombres clave definieron el devenir de Cantabria tras el 18 de julio de 1936.

La cautela que frenó el golpe

Lo que parecía claro era que el germen del levantamiento en Marruecos contaba con la colaboración segura del coronel José Pérez García Argüelles, jefe del Regimiento Valencia ubicado en la calle Alta y gobernador militar de Santander; pero la cautela de este hombre de principios religiosos y de arraigadas convicciones derechistas, amante del orden y la disciplina, dio al traste con el plan falangista.

José García Vayas Sus convicciones eran claras: ‘El respeto de la legalidad de las urnas obligaba a frustrar cualquier intento de levantamiento’. Por eso ordenó inmovilidad a los 60 hombres a su cargo en Santoña, mandó apresar a los restantes altos cargos militares del regimiento y terminó por convertirse en la máxima autoridad militar en el Santander republicano. Probablemente la Historia hubiera tomado otro rumbo si su decisión hubiera sido otra.

Templado, escarmentado tras su participación en la ‘sanjurjada’ de agosto del 1932, García-Argüelles decidió no sumarse al movimiento «hasta que la orden venga directamente de la autoridad militar de Burgos». Pertrechado en el cuartel de la calle Alta, comenzó a atraer a sus muros a los milicianos izquierdistas, alertados ya ante las confusas noticias de golpismo que llegaban desde Marruecos. «El antagonista a este personaje es el comandante José García Vayas, jefe del batallón de Santoña, de gran importancia por el gran número de sus efectivos. Hombre de fuerte carácter y de firmes convicciones izquierdistas, frenó en seco las aspiraciones de sublevación en Santoña, un cuartel donde se contaba con 600 hombres. Más tarde ocupó el lugar de García-Argüelles en Santander», evoca Miguel Ángel Solla.

Juan Ruiz Olazarán Dialogante, taimado y calculador, supo manejar con brío el arte de la negociación y el engaño para neutralizar las aspiraciones golpistas del entonces gobernador militar de Santander José Pérez García-Argüelles. Su decisión clave fue la interceptación de sendos telegramas que la autoridad militar de Burgos remitió a García-Argüelles la madrugada del 18 de julio del 1936 para instarlo a sumarse al levantamiento. Los mensajes nunca llegaron a su destino.

La misma cifra de hombres caracterizaba al destacamento santanderino, pero justo en ese tiempo, también tras las sospechas de lo que se estaba gestando en Marruecos, el Gobierno había ordenado permisos en todos los cuarteles del país. En Santander quedaban solo 200 efectivos. Eso también iluminó las perspectivas de los milicianos izquierdistas de sofocar el incendio falangista en el caso de que hubiera prendido; aunque en realidad nunca se encendió.

La astucia de un hombre

Una mezcla de astucia, cálculo y templanza caracterizaron al presidente de la Diputación Provincial, el socialista Juan Ruiz Olazarán. «Fue él quien en la noche del 17 de julio, cuando ya se tenían noticias de que algo fuera de lo normal sucedía, convocó a los representantes del Frente Popular, de la UGT y de la Federación Local de Sindicatos (CNT) para una reunión en la que tomar decisiones», recuerda Solla.

Ordenó cortar las comunicaciones del cuartel donde el coronel García Argüelles aguardaba las órdenes vía un telegrama que nunca llegó. No porque no fuera remitido, sino porque fue intervenido por el propio Olazarán. «Limitó con esto toda posibilidad de levantamiento», recuerda Solla. Continuando con esa astucia invitó después a García-Argüelles a dimitir y logró que lo hiciera tras cierta resistencia. El coronel no tuvo intención de dar su brazo a torcer pero probablemente se percató de que ese camino era el único posible para esquivar el fusilamiento. Curiosamente salvó la vida en aquel trance y tiempo después fue la propia represión falangista la que lo mató. Dicen que en el paredón gritó algo así como ‘Muero por cobarde, que no por traidor’.

Por fortuna el desarrollo de los hechos impidió la sangría que estos días de confusión e ira desencadenaron en otras ciudades. En Cantabria el único episodio oscuro se localizó en Reinosa. El alcalde de la ciudad ordenó el 21 de julio que los 21 guardias civiles del destacamento allí asignado se personaran en el Ayuntamiento. «Cuentan que el teniente Gerardo García entró en el despacho del alcalde y comenzó una acalorada discusión», narra el historiador Jesús Gutiérrez Flores. El teniente disparó al alcalde y lo mató, y los milicianos que aguardaban en el ayuntamiento asesinaron al resto de guardias civiles allí presentes, que previamente habían sido desarmados. Murieron 21 guardias, el alcalde y el cenetista Benito Mesones.

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