La satisfacción de mancharte las manos

El autoconsumo y el cultivo ecológico favorecen que cada vez más cántabros tengan sus propios huertos

Gema cultiva en Maoño los productos ecológicos que luego vende en su tienda de Santander, 'La huerta de Teresa'. / Alberto Aja
Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

En Holanda tienen una curiosa costumbre. Algunos ganaderos alquilan a precio muy bajo partes de su terreno para que otras personas pongan sus huertas. Las familias enteras cultivan. Abren la tierra. Cosechan, atan las ramas para guiar su ascenso. Ronald Schröder ayudaba a sus padres cuando tenía seis años. Ahora, son sus hijos Mateo y Alba quienes le ayudan a él en su casa de Mortera.

«Es una forma de que los niños sean conscientes del medio ambiente, no se trata sólo de que coman alimentos que no estén modificados genéticamente o tratados con productos químicos, se trata también de que aprendan a plantar y valoren lo que les llega al plato».

Pimientos. Tomates. Calabacín. Calabaza. Berenjena. Aromáticas. Ahora son sólo brotes, pero cada día que pasa se convierten en otra cosa. Es un cambio invisible, obcecado por naturaleza. Por eso, para Esther Pascual, bióloga de formación y con una huerta en La Cavada, «ver el proceso de crecimiento de una planta es bastante mágico» y asegura que asistir al crecimiento «genera un cambio en las personas».

¿Hasta qué punto es así? Sólo cuando se prueba se puede percibir lo fascinante de un proceso provocado por las propias manos, la vida abriéndose paso entre tallos diminutos, luego troncos, y al final, la «satisfacción» del fruto que alimenta. De eso habla Carlos López, vecino de Santander, para quien las huertas son como un jardín; igual de bello, igual de cuidado. Las observa en sus paseos hacia Monte, donde tiene su huerto. «Trabajé 42 años en una fábrica y cuando me jubilé pude al fin poner una. Era algo que siempre había deseado, pero viviendo en Floranes era imposible». No sabía nada. Jamás había metido las manos entre los terrones.

«Mercedes, la abuela de mi nuera, me ofreció un trozo de su terreno y empecé hace seis años». Desde entonces, dice, no hay día que no baje a la huerta. Y si llueve «me voy a la biblioteca a leer libros de horticultura, para mí no hay nada más satisfactorio». Pero dónde está la satisfacción de un trabajo físico, más bien solitario, dónde ese acicate para dedicar las horas libres. «El sabor no tiene ni punto de comparación con la verdura que compras por ahí, pero lo mejor es asistir al proceso, ver cómo crece una planta, de un día para otro, es una ilusión tremenda», dice Carlos. Luego está el valor de consumir lo que uno mismo ha producido, y la clave para eso está en cómo se toma uno el tiempo.

«El producto ecológico es un producto tratado sin prisa», dice Gema Agüero, que ha hecho de esa paciencia su forma de vida. Y no en el sentido figurado de la palabra, sino en el literal. Lo que cultiva es su negocio. Su madre, Teresa, siempre había tenido una huerta en Maoño, y gracias a un curso sobre agricultura ecológica al que asistió, cambió su huerta habitual y comenzó a producir de la manera más natural posible, es decir, sin ningún tipo de componente químico ni semillas transgénicas. No es una moda, dice, lo ecológico responde a una actitud que enraíza en ideas como cuidar lo que se come, pero también cuidar el medio ambiente.

Las bellotas germinadas de roble crecen en los maceteros de Ángel, en La Cavada, con el fin de «reforestar Cantabria»
Las bellotas germinadas de roble crecen en los maceteros de Ángel, en La Cavada, con el fin de «reforestar Cantabria» / Alberto Aja

«La química, por mucho que laves la verdura, ha penetrado dentro a través de la planta. Es como la madre y el feto, si la madre se alimenta mal, al bebé le llega», explica. ¿Y cómo pelear con las plagas que ponen en jaque cada verano las cosechas de Cantabria? Esa es la mayor amenaza de las huertas ecológicas, reconoce, pero hay también solución lejos de los pesticidas: «Mi madre quita los caracoles , pero lo más efectivo es con plaga biológica», es decir, introducen otro insecto en la huerta que luche contra la especie invasora: «Si entra por ejemplo el pulgón en el tomate, compramos una caja de mariquitas y la ponemos en la planta, se come al bicho sin dañar el tomate».

Esfuerzo y recompensa

Al esfuerzo de por sí implacable que supone cultivar, en la agricultura ecológica no hay atajos con la química. Todo lleva su tiempo, y en ese ritmo se da, sin embargo, la paradoja. En una sociedad en la que se impone la prisa y la urgencia, con métodos de consumo que aceleran todos los procesos de adquisición y consumo, se está imponiendo lo ecológico como una forma de vida, un retorno a las costumbres que pone el acento no sólo en qué se come, sino cómo. «En diez años que llevamos vendiendo hay que cada vez más gente que les gusta este producto, gente muy informada en nutrición y que exigen que lo que consumen sea respetuoso con el medio ambiente por no usar productos agresivos, y lo más locales posibles», dice Gema, que empezó hace doce años cuando el ayuntamiento de Torrelavega invitó a los inscritos en el registro del CRAE (Consejo Regulador de la Agricultura Ecológica) a una feria, y ese fue el germen de 'La huerta de Teresa', un negocio que lleva ya tres años funcionando en Valdenoja donde venden lo que cultivan en Maoño «de temporada» y también de otros productores locales.

¿Y el abono? ¿Tampoco es químico? Ninguna de los 'agricultores' consultados para este reportaje recurre a ello. La ganandería dispensa el aditivo natural indispensable para preparar la tierra. «Fuimos con los niños donde unos vecinos de Mortera que tienen vacas y les pedimos si podíamos coger», cuenta Ronald. Y ahora recoger estiércol forma parte de la rutina de la primavera. Lo mismo para el cultivo que en La Cavada sostienen mano a mano Esther Pascual y Ángel Cuevas. Vivían en Santander, en una casa de alquiler compartido en El Sardinero donde cultivaban un pequeño huerto. Cuando los propietarios vendieron las casa, buscaron entonces un lugar donde vivir y poder también cultivar. Así llegaron a La Cavada, donde tienen una huerta de trescientos metros cuadrados, lo suficiente para el autoconsumo. La pareja, ambos recién pasada la treintena, sabe que hay cierto contagio desde lo rural hacia lo urbano. 'Ruralbanitas', los llama Esther, que hizo de esta actitud el plan de empresa de su negocio. Se llama 'Ecoquchu' y se dedica a la venta de productos ecológicos como semillas, y también de kits para quienes desean plantar y ver cómo en sus ventanas y balcones crecen los tallos buscando la luz, aunque sea entre edificios. «Se nota que hay un cambio hacia hacer las cosas con tus manos, no tanto a vivir en el campo sino al gusto por la belleza primaria, lo que no necesita ningún adorno».

Entre calabacines, tomates y fresas, padre e hijo trabajan juntos en la huerta como una forma de educar respeto al medio ambiente.
Entre calabacines, tomates y fresas, padre e hijo trabajan juntos en la huerta como una forma de educar respeto al medio ambiente. / Alberto Aja

Los límites ahora ya no están más allá de la periferia de las ciudades, los límites para el consumo racional están en la propia conciencia, y como apunta Ronald Schröder, es una cuestión de actitud. En su país, lo que aquí todavía llamamos actitud es parte de su cultura, de su política, su forma de ser y estar en el mundo. «El ayuntamiento regala a las familias que tienen huerto un gran cubo de plástico para que fabrique su propio compost», dice en alusión al abono natural que se fábrica con restos orgánicos. «Nosotros reciclamos todo, pero el compost es una forma de gestionar también estos residuos y dejar de echar a la naturaleza nuestros restos».

Algo de esto hay en el trabajo de Ángel Nieto en La Cavada, no es una huerta propiamente dicho lo que él ha preparado, pero sí la oportunidad de «devolverle a la tierra lo que le hemos quitado». ¿Cómo? Cultivando quinientos robles. Todo empezó cuando en el terreno donde iban a levantar la huerta Ángel descubrió decenas de bellotas. Algunas estaban germinadas. Así que compró macetas forestales y una por una fue metiendo las bellotas, cuidándolas, dándoles el espacio y el tiempo necesario para brotar. Y así ha sido. En la actualidad tiene 300 brotes. «¿Venderlos?», dice extrañado, «¡qué va! Lo que quiero es devolverle a la naturaleza todo lo que nos ha dado».

Carlos dedica todas las mañanas a su huerta, en Monte, en primavera recién preparada para las primeros cultivos.
Carlos dedica todas las mañanas a su huerta, en Monte, en primavera recién preparada para las primeros cultivos. / Alberto Aja

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