El sector primario ha perdido más de la mitad de sus empleos en los últimos 20 años

El sector primario ha perdido más de la mitad de sus empleos en los últimos 20 años
María Gil

Los ganaderos piden precios justos y servicios básicos en las zonas rurales para frenar la sangría. «En el campo sobra trabajo, lo que no hay son incentivos»

DANIEL MARTÍNEZ MERUELO/SAN PEDRO DEL ROMERAL.

Hubo un tiempo en el que se decía que en Cantabria había tantas vacas como habitantes. A fecha de 31 de diciembre de 2016, cuando el Instituto Nacional de Estadística publicó la última encuesta sobre la estructura agrícola del país, el número de reses 'domiciliadas' en la región no llegaba ni a la mitad. Exactamente, 276.005 cabezas de ganado, un 22,2% menos que hace dos décadas, una caída que se queda en anécdota si se compara con la de la ocupación laboral. Porque el 60% de los empleos que existían en 1997 en el sector primario ha desaparecido y su peso en el PIB autonómico se ha reducido a la mínima expresión. Menos manos, menos granjas y, paradójicamente, prácticamente la misma producción.

Desde su explotación bovina de Meruelo, la misma que anteriormente había dado de comer a sus antepasados, Raúl Pascual lo explica de forma sencilla: «Antes en este pueblo había cuarenta ganaderías. Ahora seremos cinco y producimos la misma leche». Repite el tópico -tan real hoy como hace veinte años- de que su trabajo no entiende de horarios y que lo de cogerse un día libre es una entelequia, pero en su tono no hay ni una pizca de resignación. Tuvo otras opciones y fue él quien eligió tomar las riendas de la explotación cuando su padre se jubiló. «Lo había visto toda la vida y llegó un momento en que llegué a aborrecerlo. Me fui a Segovia a trabajar con maquinaria pero a los diez años opté por volver», cuenta. Ya lleva casi 28.

En ese tiempo, según el INE, han desaparecido en Cantabria el 43% de las explotaciones hasta quedarse en cerca de 8.106 -en esta cifra se incluye también el sector ovino, caprino, porcino, equino, de aves, conejos y hasta las colmenas- en la actualidad. Una causa, la menos negativa, tiene que ver con la implantación de mejoras técnicas que permiten producir más con menos medios y operarios. «El precio del progreso», sentencia Gaspar Anabitarte, presidente de la Unión de Ganaderos y Agricultores Montañeses (UGAM). En su opinión, «en el campo hay trabajo de sobra». «Podía haber dado empleo a mucha gente en la época de la crisis. Lo que ocurre es que hay trabas y no hay suficientes incentivos para venir, ni sueldos decentes». En esa segunda parte de su reflexión se encuentra otra de las causas, la que más duele al sector. Porque hay jóvenes que quieren quedarse en el pueblo y las circunstancias no siempre se lo permiten.

Esas circunstancias casi siempre pasan por el aspecto económico. En el caso de la ganadería bovina -la más importante con diferencia sobre la siguiente en Cantabria- las quejas de los productores se concentran en el precio de la leche. Hasta hace poco, Raúl Pascual vendía el litro a 42 pesetas (25 céntimos). «Con esas condiciones no podíamos continuar y, si no llego a cambiar de modelo y pasarme a la ganadería ecológica, no seguiría con las vacas», apunta. Ese cambio supuso apartar los abonos químicos, las hormonas y los piensos elaborados para los animales. Ahora todo lo que comen sus reses es natural.

El margen de beneficio es más elevado, porque después de la inversión inicial para adaptar su granja le pagan un 50% más por una leche que encima es mejor -es cierto que la producción es algo inferior, pero también los costes- y que tiene una buena acogida en el mercado. Raúl figura como titular de la explotación, pero tanto como él -a veces «incluso más»- trabaja su mujer, Mónica Trueba. Y a ellos se suman los hijos de ambos, universitarios. Cuando hace falta echan una mano.

Este de Meruelo no es, ni mucho menos, un caso aislado. Casi todas las ganaderías en Cantabria tienen un carácter familiar. La organización del trabajo en casa de Vanesa Bustamante es muy similar. Sólo que en San Pedro del Romeral y con vacas de carne, que en estos momentos en Cantabria superan en número a las lecheras. Allí, todos colaboran. «Es lo que he aprendido en casa desde pequeña. Me acuerdo cuando era niña, en verano, que iba a la hierba con mis padres. Sudaba como si estuviera haciendo deporte, pero cuando acababa me daban un beso y con eso me bastaba», afirma. Entonces todas las vacas eran de leche y en estos momentos tiene en una decena de cabañas y 80 hectáreas alrededor de 70 cabezas de ganado de carne, que dan menos trabajo y permiten compaginar la actividad ganadera con otra ocupación. En su caso, la de trabajadora de un comedor escolar.

Menos médicos, escuelas...

Para ella, uno de los mayores problemas de tener ganado es que tienen que vivir en un mundo rural en el que cada vez los servicios básicos son más escasos. El médico, la escuela, la oficina bancaria... «Aquí tenemos una pequeña sucursal a la que vienen dos veces a la semana para atender a los clientes. La iban a cerrar, pero dimos un poco de guerra y al final rectificaron. En otras cosas no podemos hacer nada. Aquí tenemos un colegio estupendo, con una infraestructura magnífica, pero ahora los niños tienen que ir a Ontaneda cuando cumplen 12 años y a Castañeda para hacer Bachillerato. Entiendo que tienen razones para no traer profesores, pero...», lamenta.

Una suma de elementos que un joven con intención de formar una familia valora y que a menudo le alejan de la profesión por muchas ganas que tenga de empezar a trabajar en el sector. Del trabajo diario no se queja: «No tenemos grandes lujos y sabemos que hay que estar aquí todos los días, pero claro que se puede vivir de esto dignamente». A pesar de ello, durante la época de crisis el ritmo de descenso en el número de ocupados del campo fue algo más leve. Como era más difícil trabajar en la industria o la construcción, muchos prefirieron quedarse en casa. De hecho, eso hizo que la elevada tasa de envejecimiento dejara de crecer. En todo caso, mucho menos de lo recomendable para garantizar el relevo generacional. En estos momentos, sólo el 0,4% de los trabajadores del sector tiene menos de 25 años y el 1,6% no llega a los 30. En cambio, en la parte alta, la mitad supera los 55 años y hasta el 22% de los ganaderos ya jubilados siguen activos y cobrando (la ley lo permite) subvención.

Según los datos que maneja el Gobierno de Cantabria, cada año llegan a la región 55 millones en ayudas a la ganadería y la agricultura. Sin esta inyección, la sangría en el número de explotaciones sería incluso mayor, pero la Política Agraria Común (PAC), el programa europeo que regula el sector y decide cómo se reparten las subvenciones, es también en ocasiones un arma de doble filo. Y la decisión de eliminar las cuotas lácteas tampoco ha ayudado.

«La PAC ha tenido una influencia tremenda porque ha provocado una caída de los precios y la banalización del producto. La comida es lo más barato de todo lo que compramos. Está bien para que sea accesible, pero lo que no es justo es que sea a costa del trabajo del productor. Ante eso, la solución que pone Europa es la subvención, que para algunos es todo un chollo, pero no para la mayoría», critican desde UGAM. Eso, a la vez, hace que desde las zonas urbanas no se valore la importancia de la actividad primaria: «Es que socialmente no está bien visto. Hay cosas que son irritantes, como que los chavales en el instituto te nieguen que son hijos de ganaderos».

Para Vanesa Bustamante, una de las medidas urgentes que tendrían que tomar los gestores es modificar esas ayudas. Por ejemplo, para que los jóvenes tengan mayores facilidades a la hora de comenzar o para que no tengan que adelantar la inversión -los bancos se niegan a dar financiación a pesar de tener la subvención concedida- y reciban la subvención dos años después. «Mucho del dinero que ahora cobran los jubilados debería ir a los jóvenes. Es verdad que hay que apoyarles, porque las pensiones del campo son muy bajas, pero de otra forma», apunta. Además, señala que en algunas zonas se genera competencia desleal a la hora de comprar los terrenos. Los mayores hacen mejores ofertas y los que quieren incorporarse se quedan con las ganas. «La subvención al final nos atonta. Si tuviéramos un precio digno no necesitaríamos dinero», apoya Raúl Pascual, quien considera que los propios ganaderos también tienen mucha responsabilidad por no saber administrar bien sus recursos y aprovechar las opciones de mercado.Pero no exculpa a la clase política: «Antes, en campaña, nos engañaban con promesas. Ahora es incluso peor, ni nos nombran».

Más allá de las vacas

Las explotaciones bovinas no son las únicas que han menguado en los últimos veinte años. El sector ha caído un 22% (en número de productores), el caprino un 28,3%, el porcino un 47,6%, el equino un 54,1% y el avícola un 84,2%, en línea con el de los conejos (86,5%). Eso no significa en todos los casos que haya menos unidades de ganado, sólo que están mucho más concentradas.Desde el Ejecutivo regional, el director general de Ganadería, Miguel Ángel Cuevas, explica que esta tendencia que hace que la participación del sector en el PIB se vaya reduciendo se repite en los países desarrollados, pero también que el modelo familiar de Cantabria «no corre peligro» si se apuesta por nuevas fórmulas.

Anabitarte destaca que cuando una ganadería echa el cierre y la familia emigra a una ciudad no sólo recibe una estocada el pueblo, también todo el entorno: «Históricamente, el trabajo en el campo no sólo era la producción de leche, trigo o carne. Para eso era necesario tener las fincas cuidadas, los caminos decentes y los bosques limpios, que en cambio ahora arden a las primeras de cambio». Por eso es muy crítico con aquellos modelos que intentan repoblar el campo sin campesinos que lo trabajen y que lo mantengan. «El único nicho de empleo que ve el político en los pueblos es el turismo rural. Está bien, pero esa no es la solución. Y tampoco esa gente que sale en la televisión diciendo que ha vuelto al pueblo y trabaja desde casa. Habrá casos, seguro, pero yo no conozco ninguno», afirma.

El sector ecológico y frutícola, los únicos que ganan peso

No todo son malas noticias para el campo de Cantabria. Según las mismas estadísticas del INE, algunos sectores han ganado enteros en los últimos veinte años. Es el caso, por ejemplo, del frutícola. En 1997 había 22 hectáreas y ahora se han multiplicado por cinco gracias a productos que hasta hace poco eran poco comunes en la comunidad autónoma. Cítricos, frutas de climas cálidos o tropicales, frutos secos... También ha crecido la superficie dedicada a la patata (de 68 hectáreas se ha pasado a 200) y la de viñedos y girasoles, que hace dos décadas no existían.

Pero donde se ha producido un mayor salto cuantitativo es en el subsector de la agricultura y ganadería ecológica. No sólo crece, sino que acostumbra a ser rentable. Para el director general de Ganadería, Miguel Ángel Cuevas, este es uno de los caminos hacia el éxito. «Hace falta que el productor consiga dar un valor añadido a su producto», apunta el responsable del Gobierno de Cantabria, quien considera que los consumidores cada vez apuestan más por la calidad y el respeto al medio ambiente.

Por eso funcionan las experiencias de alimentos de proximidad, los que se venden a pocos kilómetros de donde se producen. «El sector sufrirá mucho más la situación de crisis de precios en la medida en que sea dependiente de un transformador», recuerda Cuevas, que anima a los ganaderos y a agricultores a buscar nuevas salidas. Como la venta directa al consumidor o al quesero del pueblo de al lado. Reconoce que también la administración puede remar a su favor. Por ejemplo, afinando más la definición de agricultores para que no se les considere como tal -y cobren ayudas- a todos aquellos que tienen tierras y las trabajan, sino sólo a los profesionales. Esto ayudaría también a las nuevas incorporaciones.

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