«Siempre da pena cerrar un colegio, pero es lo mejor para los alumnos»

«Siempre da pena cerrar un colegio, pero es lo mejor para los alumnos»
Javier Cotera

La fusión de los centros educativos del entorno de la calle Alta conlleva la desaparición del Simón Cabarga después de 30 años de actividad

José María Gutiérrez
JOSÉ MARÍA GUTIÉRREZSantander

Era el único tema de conversación en los alrededores del colegio. En medio de la fría mañana, padres y madres intercambiaban opiniones mientras sus hijos iban accediendo a clase: el Simón Cabarga, popular centro educativo situado en la calle Montevideo de Santander, junto a la plaza de toros, cerrará sus puertas al final de curso después de 30 años de actividad. La razón, la escasez de alumnos provocada por el reiterado descenso de matrícula durante los últimos años: sólo 60 alumnos, repartidos en cinco grupos, pueblan hoy en día sus aulas, 15 menos que el curso pasado, medio centenar menos que al inicio de la década. «Con estas cifras no es viable. Es un cambio que se tiene que hacer para racionalizar los recursos educativos y los gastos de personal y mantenimiento. Nosotros este año hemos tenido que juntar a los alumnos de 1º y 2º de Primaria en una clase y aún así sólo son 16 alumnos. Y el curso próximo nos veríamos obligados a hacerlo también en 3º y 4º. Tal y como están las cosas, es la solución más adecuada. Sentimentalmente, siempre da pena cerrar un colegio, pero va a ser bueno para los alumnos, que son lo más importante», expresa la directora Ana Sáenz de Santamaría.

Técnicamente, la decisión de la Consejería de Educación supone la fusión de tres colegios ubicados en un entorno muy cercano de la calle Alta -Los Viveros (Educación Infantil), Ramón Pelayo y Simón Cabarga (ambos de Primaria)- en uno, el número 27 de Santander, que comenzará a funcionar el próximo curso y tendrá su sede en las actuales instalaciones del Ramón Pelayo. Los tres comparten el problema de la constante pérdida de alumnos. Pero en la práctica, el cambio afecta sobre manera a los alumnos y profesores del Simón Cabarga, que serán recolocados «íntegramente» en el nuevo centro, que reunirá a todos los estudiantes de Primaria. Mientras, los niños que asisten a las aulas de dos años y a las de Educación Infantil de Los Viveros seguirán yendo a clase a las mismas instalaciones de la calle Justicia, aunque administrativamente el centro pasará a depender del nuevo que se constituirá. En definitiva, será un único colegio con dos sedes, sólo separadas por unos metros de distancia.

Los estudiantes y el profesorado serán reubicados en el nuevo colegio que se creará en la sede del Ramón Pelayo

Fue Sáenz de Santamaría quien explicó ayer a madres y padres de los alumnos del Simón Cabarga los cambios que suponía la decisión anunciada un día antes por el Gobierno de Cantabria. A la dirección se la habían comunicado el martes. No les sorprendió demasiado, porque los rumores estaban al pie de la calle desde hace tiempo.

«Es la solución más adecuada ante la pérdida de alumnos. Los recursos unidos van a ser más efectivos» ana sáenz de santamaría, directora del simón cabarga

La directora del colegio destaca las ventajas del traslado. «Los recursos unidos van a ser más efectivos. Los niños se enriquecerán con la convivencia con más compañeros -el Ramón Pelayo tiene otros 67 alumnos, cifra similar al suyo- y las instalaciones tienen más espacios disponibles en caso de tener que hacer desdobles de clases», explica. «Lo único que cambia es la ubicación, nada más», continúa. Y entre el edificio palaciego del Simón Cabarga y el del Ramón Pelayo, en el número 82 de la calle Alta, apenas hay dos minutos de distancia andando.

La caída de la natalidad, una amenaza

El Simón Cabarga tiene este curso 60 alumnos cuando al inicio de esta década tenía 107. En el Ramón Pelayo, más de lo mismo: 67 estudiantes frente a 98. Y en Los Viveros, 91 pequeños pueblan las aulas, 40 menos que hace siete cursos. Entre los tres centros han perdido 118 alumnos, un 36% menos.

La tendencia que se vive en estos colegios que conviven en el entorno de la calle Alta es un reflejo de lo que sucede en el conjunto de la educación de Cantabria debido a la caída de la natalidad: en la Educación Infantil, contando tanto la red pública como la privada-concertada, se han perdido 2.239 alumnos en los últimos cuatro años, lo que supone un 13,5% menos de matrículas.

Mientras, las familias viven la situación con la incertidumbre que provoca todo cambio y con dudas. «El uso del polideportivo va a ser funcionando igual; ellos también tienen programa bilingüe; la matrícula no os va a llegar más trabajo porque tenéis plaza reservada allí...», intentaba aclarar Sáenz de Santamaría. Opiniones hay para todos los gustos. «No es bueno, pero tampoco malo. A los niños no les gusta cambiar, les da miedo, pero sin más», afirmaba Eva en un improvisado foro de madres que se congregó en el patio del Simón Cabarga. «Les da pena, sobre todo a los más mayores, que llevan más tiempo en el cole», añade Julia. «Pero hay que positivizar: los niños pasan juntos al nuevo centro, no les van a separar, e incluso se van a reunir con antiguos compañeros de clase de Los Viveros, que se repartieron entre el Simón Cabarga y el Ramón Pelayo cuando les tocó pasar a Primaria», diserta por su parte Elena.

«Las formas empleadas por Educación no han sido las mejores, no nos han dado explicaciones» María Antonia Molino, Representante de las familias en el Consejo Escolar

La voz más crítica llegó por parte de María Antonia Molino, representante de los padres de alumnos del Simón Cabarga en el Consejo Escolar. «Racionalmente puedes entender la decisión, pero no las formas empleadas por Educación. No se ha acercado nadie a dar explicaciones, que son los que deben hacerlo. No puedes participar en la toma de decisiones si nadie te dice que va a tomar esa decisión», lamenta.

Molino también critica a la Consejería su «incapacidad» para vender las bondades de la educación pública. «Los colegios tienen en muchos casos más recursos que los concertados, pero no llegan a la calle, no saben venderlos. Debían replantarse su estrategia de apoyo de la escuela pública, porque la perdida de alumnos en esta zona no es sólo por la crisis demográfica, también porque hay cada vez más familias que apuestan por centros concertados», reflexiona.

«No es bueno tener un número tan bajo de niños en clase, ni para ellos ni para los docentes. Limita y empobrece la enseñanza» Isabel Fernández Directora general de Innovación y Centros Educativos

En lo que hay más unanimidad es en pedir al Consejo Escolar que mantenga el nombre de Ramón Pelayo para el centro que verá la luz, por ahora sólo denominado numéricamente (el 27).

No habrá recortes de personal

El mensaje de tranquilidad expresado a las familias también se transmitió a los profesores. «Los 21 docentes que existen entre los tres colegios mantendrán sus puestos, así como el resto de personal», aclara Isabel Fernández, directora general de Innovación y Centros Educativos. Tampoco la fusión afectará a los tres equipos directivos, ya que sus miembros se unificarán en el nuevo centro y se repartirán los cargos «de forma consensuada».

Fernández razona que la decisión no sólo se ha tomado en base a esos números fríos que revelan la escasez de alumnos, sino también por los efectos que provoca. «Hay clases con seis estudiantes, esto empobrece al alumnado y al profesorado, es muy poco motivante. Si es malo tener clases masificadas, también lo es tener un número tan pobre de niños, te limita mucho a la hora de hacer trabajos de grupo o en Educación Física», expresa.

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