La temperatura del mar en Cantabria batió el récord en junio al alcanzar los 22,1 grados

Un pescador de Suances tira la caña en el Cantábrico, que el pasado 21 de junio llegó a la temperatura histórica de 22,1 grados centígrados. / Luis Palomeque

Aunque la tendencia al alza es clara, los expertos no tienen suficientes datos para confirmar que se debe al calentamiento global, principal tesis

Daniel Martínez
DANIEL MARTÍNEZSantander

El pasado 21 de junio a las 20.00 horas, la boya científica Augusto González Linares situada frente al Cabo Mayor señaló que el mar se encontraba a 22,1 grados centígrados. Nunca antes en un mes de junio desde que existen registros –esta herramienta de medición se puso en funcionamiento en 2008– la temperatura del agua frente al litoral de Santander había alcanzado esas cotas. Es cierto que ese récord coincidió con el pico de la ola de calor que aquella semana subió los termómetros hasta los 40 grados en muchos puntos de Cantabria, pero la tendencia al alza es clara. «Lo más plausible es que tenga que ver con el proceso de calentamiento global», señala Gerardo García, director del Museo Marítimo del Cantábrico, quien apunta que en las series históricas se aprecia esa variación «continua y en toda España». Porque no sólo afecta a las aguas marinas de la región ni al Cantábrico. La Red de Boyas de Puertos del Estado observó el pasado mes subidas de temperatura que oscilan entre los 0,5 y los 2,5 grados.

Desde la sede cántabra del Instituto Oceanográfico Español también aprecian una tendencia común, pero son algo más cautos a la hora de determinar las causas. Ponen sobre la mesa dos datos un tanto contradictorios. Hasta hace dos años nunca el termómetro había pasado de 18,8 grados. Por ejemplo, en 2013 no llegó a los 16. Pero también es cierto que aunque la media de temperatura del mar este junio fue de 19,1º y superó en más de un grado la de 2016, mucho más llamativa fue la marca de 20,8º de 2015. «Estamos trabajando en este ámbito desde 2008 y todavía no hay suficiente material para hacer una análisis científico serio», afirma Daniel Cano, uno de sus investigadores. En su opinión, la hipótesis de que este aumento tenga que ver con el calentamiento global es creíble, pero son muchos los factores que influyen en la temperatura del mar.

Nuevos visitantes frente a las costas de la región

Las variaciones en las condiciones en el Cantábrico, que cada vez son más evidentes, están provocando un cambio en las especies que se acercan hasta las costas de la región. En los últimos años se han detectado animales marinos hasta ahora desconocidos y una mayor frecuencia de otros que visitaban la zona en momentos concretos del año. Es el caso del ballesta o gatillo, un pez con el que desde hace algunas décadas se topan los pescadores cuando llega el verano. Lo que ocurre es que cada vez es más común encontrarlos en otras épocas debido, teóricamente, al aumento de temperatura del agua. «El rango de meses que pasan por aquí se está agrandando. No hay una constancia estadística de ello porque no hay ningún respaldo científico al respecto, pero se está comprobando», señala el responsable del Museo Marítimo del Cantábrico. Aunque en la región no hay muchos estudios que analicen las especies alóctonas que están ocupando las aguas marinas, sí que hay instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales que están trabajando en este terreno en Asturias y Galicia.

Por ejemplo, el catálogo de nuevos visitantes elaborado por la Coordinadora para el Estudio y la Protección de las Especies Marinas (Cepesma), con sede en Gijón, llega a las 27 especies de peces, crustáceos y cefalópodos. «La mayoría son animales de aguas mediterráneas o tropicales que empiezan a aparecer de forma sistemática por el Cantábrico», afirma su presidente, Luis Laria, que no duda de que tiene que ver con el calentamiento global. Por ese mismo motivo cada vez aparecen más ejemplares de tamboril, un animal tóxico que ha empezado a verse de forma masiva por pescadores cántabros, asturianos y vascos desde 2014. Es el hermano europeo del pez globo japonés y su ingesta elevada genera problemas intestinales y desencadena fallos renales hasta provocar incluso la muerte. Su lista también incluye el Trachypterus arcticus –conocido como el rey de los arenques–, el pez remo, el pez pata de pulpo –se llama así por su forma peculiar–, el lumpo, el pez unicornio, el pez luna, el calamar rombo... O cefalópodos de gran tamaño como los calamares gigantes que cada vez se acercan más a la costa. Y continúa con especies microscópicas más difíciles de detectar y algas como la Sargassum muticum, hasta hace poco desconocida.

Uno de los más importantes son los afloramientos costeros, un proceso que se crea cuando sopla viento nordeste. Esta brisa aparta la capa superficial de agua y ese espacio es ocupado por masas más frías que suben desde las profundidades. La llegada o ausencia de estos vientos «influye mucho y no tiene nada que ver con el cambio climático, por eso hay que ser cauto».

En cualquier caso, y aunque un aumento de temperatura tan brusco parece circunstancial –un grado en un año–, ambos coinciden en que es probable que con el paso de los años la sensación de frío cuando un bañista se meta en las aguas del Cantábrico sea a ser cada vez menor. Para Cano, resulta muy complicado prever con exactitud lo que ocurrirá de ahora en adelante, pero «todo parece indicar que la temperatura del mar seguirá por este mismo camino». «Sobre la tendencia no hay dudas. Habrá picos y valles de un verano al otro, pero la línea será creciente. Lo que habría que ver es la velocidad a la que se produce», señala García.

Temperatura del mar (media de junio)

2017
19,1
2016
17,9
2015
20,8
2014
18,5
2013
15,8
2012
17,8
2011
18,8
2010
17,9
2009
18,3
2008
18,7

De ello dependerán las consecuencias en el ecosistema marino. «Lo que es seguro es que las temperaturas de hace 20 años no van a volver. Una variación mínima puede producir efectos multivariables. Cuando se rompe el equilibrio actual se abre un abanico de cambios muy grande», anticipa el responsable del Museo Marítimo. Un grado más no sólo afecta a la temperatura, también a las corrientes, a la acidez del agua y a la hidrodinámica del medio. Y con ello a todas las especies que viven en él. En principio, los grandes cetáceos estarán menos expuestos que las especies planctónicas, organismos de menos de un centímetro de los que se alimentan muchos de los peces de interés económico.

O lo que es lo mismo, entre las muchas consecuencias de las que habla García, una de ellas puede ser cambios en los hábitos pesqueros. Porque si el bocarte, el verdel o el bonito no encuentra en el Cantábrico unas condiciones en las que se sientan cómodos, puede que elijan otras aguas. En el caso del bonito del norte, que está visitando en estos momentos las costas de la región, los bancos viajan por una especie de autopistas marinas que oscilan entre los 18 y los 22 grados centígrados. Para ellos ese es el rango ideal.

Es de esperar que si las temperaturas aumentan de forma significativa –y un grado por encima de la media lo es–, puedan cambiar de destino. «Lo que ocurre es que también puede pasar lo contrario, que lleguen a esta zona nuevas especies e incluso que alguna tenga interés pesquero», apunta García, quien insiste en que las consecuencias son difíciles de prever.

Sin rastro de las medusas

Lo que todavía no ha aparecido en las aguas marinas de Cantabria son las temidas medusas. «Aún no nos han visitado, pero pueden llegar en cualquier momento», explica Pedro Díez, responsable del Servicio de Socorrismo y Salvamento de Cruz Roja, quien recuerda que este tipo de especies no se mueve por la temperatura de las aguas ni busca aquellas más cálidas, como frecuentemente se piensa. La prueba es que se pueden localizar tanto en invierno como en verano. Su presencia en las playas depende de otros factores, especialmente las corrientes y el viento. Por eso es «muy complicado» avisar a los bañistas del momento exacto en el que van a aparecer.

En los últimos años, las intervenciones del personal de Cruz Roja para socorrer a personas que han sido alcanzadas por una medusa han sido mínimas. Más que nada porque estos animales de cuerpo gelatinoso han optado por otras latitudes. Desde 2011 no se han detectado bancos de tamaño significativo. Ese año, fue la medusa comúnmente conocida como clavel la que arribó a muchas playas de la región y especialmente de la bahía de Santander y provocó picaduras. Y lo mismo ocurrió con las aguamalas.

Más importantes fueron las consecuencias del contacto con las carabelas portuguesas, otro tipo de medusa que causa urticarias y, en casos extremos, hasta la muerte a personas con problemas cardíacos. Estas medusas hace varios veranos que no amargan el baño en Cantabria –la última vez que se vieron fue en 2010 y 2011–.

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