«Ha sido una tortura psicológica»

Tras su amarga experiencia americana, Cristina Alonso ya está de vuelta en Soto de la Marina, donde reside con su familia.
Tras su amarga experiencia americana, Cristina Alonso ya está de vuelta en Soto de la Marina, donde reside con su familia. / Antonio 'Sane'

La cántabra Cristina Alonso estuvo dos días en una cárcel de Estados Unidos por un «simple error con el visado en el aeropuerto»

Daniel Martínez
DANIEL MARTÍNEZSantander

La pararon en el control de pasaporte, le pusieron las esposas, fue trasladada a una cárcel cercana donde le quitaron su ropa, tuvo que ponerse el mono naranja de presidiario de Estados Unidos y allí la dejaron las autoridades del país americano por «un simple error administrativo que probablemente no fuera tal». Esa es la secuencia resumida de lo que le sucedió a la cántabra Cristina Alonso y que considera «la peor experiencia» de su vida.

Cuando esta joven de 22 años y vecina de Soto de la Marina llegó el pasado 5 de julio al aeropuerto de Portland con la intención de mejorar su nivel de inglés y trabajar cuidando a los niños de una familia no se imaginaba que «cada segundo» de su estancia en el país iba a ser «una tortura psicológica». Antes de tomar la última puerta y salir a la calle, en el control de pasaportes, los agentes le dieron el alto alegando que había algún problema con su visado, un permiso de 90 días. «Todavía pienso que todo estaba en regla porque la documentación la saqué en la propia página web de la Embajada de Estados Unidos y era la misma que me había pedido la chica que me iba a recibir», apunta. Antes de ser trasladada a la prisión, Cristina estuvo cinco horas incomunicada en una estancia del aeropuerto.

«Me pusieron las esposas, el mono naranja de preso, me cachearon y tomaron mis huellas y fotos»

«En la celda me dio un ataque de ansiedad. Pedí un médico y sólo me dieron un vaso de agua»

Según su relato, los policías le dijeron que cuando se fueran el resto de personas que estaban retenidas podría hablar con sus padres para comunicarles lo ocurrido. Se fueron todos y ella siguió sin poder usar el teléfono. Antes, a pesar de que «no podía dejar de llorar y temblar», la amenazaron con pedir refuerzos para reducirla si «hacía algo que consideraban inapropiado». Todo esto, mientras una mujer mejicana, impresionada con la escena, hacía de traductora. La primera noticia que llegó a su casa de Soto la Marina sobre lo ocurrido la entregó Lory, la chica americana que la iba a recibir en el aeropuerto. «A ella le dieron muy buenas palabras, pero yo me encontré con otra cosa. La funcionaria me dijo que me llevaría a una casa para dormir y poder cambiarme de ropa si accedía a ponerme las esposas», recuerda.

Del aeropuerto, a la cárcel

Pero lo que ocurrió, a tenor de sus explicaciones, fue algo distinto. A los pocos kilómetros se dio cuenta de que en realidad estaban llegando a una cárcel situada a hora y media del aeropuerto. «Cuando bajé me pusieron las esposas tan apretadas que me marcaron las muñecas, me cachearon de nuevo, me quitaron la ropa, me dieron un mono de presidiario naranja como el que sale en las películas americanas, tomaron mis huellas y tuve que hacerme las fotos de frontal y lateral», rememora Cristina.

«Dijeron a mis padres que no se preocuparan porque me tratarían como en un hotel»

«Todavía pienso que la documentación estaba en regla, porque la saqué en la Embajada Americana»

Y también tuvo que firmar unos documentos que no comprendía y responder cuestiones relativas a su condición sexual o sobre si tenía intención de suicidarse en la prisión.

Para entonces ya eran las siete de la mañana y todavía no había logrado ponerse en contacto con su familia. En su cuenta bancaria de presa –se asigna al llegar– no tenía saldo y no sabía como llamar desde un teléfono extranjero. Fueron el resto de presas las que le ayudaron. El mal trago no acabó ahí:«Me quedé dormida entre llantos y me levanté con un ataque de ansiedad. Pedí un médico, pero sólo me dieron un vaso de agua». A las cuatro del día siguiente, tras 38 horas en la cárcel y otras cinco retenida en el aeropuerto, por fin salió del penal y tomó un avión de vuelta a casa.

La presión de su familia desde España no sirvió de nada. «En el Consulado de España en San Francisco les dijeron que no se preocuparan, que seguro que me estaban tratando mejor que en un hotel», dice. Tampoco recibieron ninguna llamada de vuelta del Ministerio de Asuntos Exteriores. Por eso ahora no se plantean pedir ayuda oficial para hacer ningún tipo de reclamación. Judicialmente, saben que es muy difícil que una persona pueda pleitear contra un Estado y lo único que le queda es dar a conocer su caso. «Esa es la mejor denuncia».

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