«Vamos hacia una soledad total»

Ramón Cuesta es maestro en Herrerías y cada día, este profesor lleva a comer a sus ocho alumnos a un restaurante del pueblo. /Fotos: Alberto Aja / Sane / J. Luis Sardina
Ramón Cuesta es maestro en Herrerías y cada día, este profesor lleva a comer a sus ocho alumnos a un restaurante del pueblo. / Fotos: Alberto Aja / Sane / J. Luis Sardina
Cantabria

Cuatro testigos de la despoblación de la Cantabria interior creen que solo un milagro la evitaría | En Herrerías, Valdeolea y San Roque de Riomiera se convive a diario con el vacío y se es consciente de que hay muchos pueblos que se mueren

Violeta Santiago
VIOLETA SANTIAGOSantander

La población de Cantabria va lenta pero segura hacia atrás. Y más en las zonas rurales, que llevan tantos años en retroceso que para sus habitantes una soledad cada día mayor ya no es noticia. Pero el Icane (Instituto Cántabro de Estadística) auguró en uno de sus últimos informes que dentro de 20 años habrá puntos del interior que acusarán un vacío más intenso del que ya les hace tiritar hoy. El conjunto de la región perderá otros 50.000 residentes en ese periodo y pondrá a más de 40 municipios por debajo de las mil almas, un dato que ni siquiera hace falta a las personas vinculadas a estos territorios ya medio desiertos: ellas están viendo a diario cómo se clausuran viviendas y cómo abandonan los pueblos los jóvenes que van a crear una familia. Hablan de «agonía», de «panorama desolador» y tienen asumido que «esto desaparece». Contestan con «sobre todo, pena» a la pregunta de qué sienten al ser testigos del declive. Opinan, de forma unánime, que «haría falta un milagro» para reactivar este mundo.

Con todo lo doloroso que le resulta constatar el goteo, a Ramón Cuesta, maestro de la escuela de Herrerías, lo que le parece «terrible» es que el despoblamiento, el envejecimiento y la baja natalidad se traduzca sobre el terreno en que las localidades «vayan a perder su identidad. Quizá en algunos sitios las casas sigan abiertas en verano y los fines de semana, pero estarán ocupadas por el vasco o el castellano de turno: esto no servirá para mantener el entorno como lo conocemos». Cree que las casas seguirán en pie, «e incluso bien cuidadas», aunque estarán ocupadas «por colonos y la historia se perderá. Ya no habrá cantadas en los bares por las tardes. Por eso yo hablo de desconexión. Si los pueblos sobreviven será con poblamientos totalmente distintos. Habrá pobladores, pero no lugareños».

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Herrerías forma parte de la comarca del Nansa y es hoy uno de los municipios de Cantabria con menor densidad de población. La perspectiva de futuro no es precisamente halagüeña. Actualmente contabiliza 621 vecinos, número al que habrá que restar 200 para 2037. Una caída en picado. El núcleo de igual nombre mantiene abierta la escuela gracias a ocho alumnos de distintas edades: Jorge, Julio, Álvaro, Jana, Lucía, Mateo, Alba y Álex, cuyo maestro dice los nombres de corrido. Cuesta, vinculado a la comarca desde hace 36 años, lamenta la situación porque la zona «está bien cubierta en todo lo básico y la gente no tendría por qué marcharse. Tenemos una buena red de carreteras, médico, escuela... Estamos relativamente cerca de la costa. A una hora de Santander. Y la calidad de vida es digna». El profesor sabe que se relaciona con «gente saludable, contenta de vivir donde vive. Aquí no existe una idea extendida del 'me voy en cuanto pueda porque aquí no hay quien viva' o por lo menos, yo no lo veo».

«Me parece terrible que los pueblos seguirán en pie, pero habitados por colonos, no por lugareños» Ramón Cuesta, Maestro en Herrerías

A través de unos críos «felices» intuye que las familias del entorno no tienen «grandes problemas», tampoco en lo económico si bien reconoce que no existen oportunidades para la gente joven y que estos, una vez que se van a estudiar fuera «es muy difícil que vuelvan. Ni siquiera retornaron con la grave última crisis: yo pensaba que alguno regresaría a buscarse la vida por aquí y no ha vuelto ni uno». En este sentido, ve «resignación». «Cada dos por tres hay una esquela y el comentario siempre es el mismo: otra casa que se cierra».

José Ramón Ocejo, párroco en San Roque de Riomiera, dice que a las misas del sábado sólo van ocho feligreses. El panorama únicamente cambia para los funerales.
José Ramón Ocejo, párroco en San Roque de Riomiera, dice que a las misas del sábado sólo van ocho feligreses. El panorama únicamente cambia para los funerales.

¿Y el turismo rural, por el que han apostado fuerte otros distritos, como Liébana? Herrerías es tierra de cuevas (allí está El Soplao, joya del turismo regional). «Pues igual hacía falta un mayor espíritu corporativo y asociativo para tirar adelante con algún proyecto. Siempre digo que si El Soplao estuviera en Potes le hubieran sacado mucho más rendimiento que aquí. Es cierto que se ha puesto en marcha algún que otro negocio con el programa Nansa Joven, pero las casas rurales son un complemento a otros trabajos».

Tampoco advierte movimiento en la hostelería y la hotelería en su municipio Fernando Franco, veterinario residente en Valdeolea (y también alcalde popular) pese a que él le intuye posibilidades. Si se cumple la previsión del Icane, este término municipal será uno de los que se quedará con la mitad de habitantes en los próximos 20 años: de los 917 que contabiliza ahora, caerá en 419, en clara sintonía con la tendencia que marcan los matemáticos. El problema es mucho más grave en el sur, en todo Campoo.

«La ganadería está difícil y los hijos aspiran a cualquier otro trabajo. Se van para abajo» José Ramón Ocejo, Cura en San Roque de Riomiera

Franco defiende que Valdeolea goza de una gran belleza natural, por lo que poco debería envidiar a otras áreas, pero «somos muy desconocidos». Históricamente esta área fue industrial y ganadera. Esta segunda actividad sigue pesando lo suyo y los fondos europeos que ayudan a la supervivencia a las explotaciones ganaderas «no se están aprovechando bien. Tenemos un potencial tan bueno como en otras partes», la cuestión es que falta «concienciar, animar a explorar otras posibilidades y dar facilidades. Al que tiene una idea de negocio habría que ponerle una alfombra roja para apoyarle y esto aquí no pasa». El alcalde cree que en los Valles Pasiegos están consiguiendo «mejores resultados».

Carreteras que despueblan

A sus ojos, en este Ayuntamiento conviven dos realidades muy distintas: la de la capital (Mataporquera) donde el censo de empadronados se desliza hacia abajo aunque sigue concentrando «todo el movimiento»: los bancos, las consultas médicas y los restaurantes. Sin embargo, la única instalación que ha abierto sus puertas últimamente ha sido una residencia de ancianos con 60 plazas «de las que ya están ocupadas unas 40», cuenta el alcalde.

«Es muy complicado mantener los servicios en aldeas donde queda poquísima gente» Fernando Franco, Veterinario y alcalde en Valdeolea

No puede haber una foto más expresiva de la situación: cada vez menos y cada año que pasa más envejecidos. Con un agravante más, puesto que un buen número de las personas que trabajan en el municipio no reside en él. «Viven en otras partes y van y vienen a diario».

Este factor también lo tienen más que estudiado los expertos: las buenas vías de comunicación acercan las bondades de una ciudad a las áreas más rurales. Aunque funcionan igualmente en sentido contrario y animan a abandonar los lugares de origen por sitios más cómodos o con más ocio y servicios.

Fernando Franco veterinario y alcalde de Valdeolea, en la residencia de ancianos, una de las contadas instalaciones abiertas en Mataporquera en los últimos años.
Fernando Franco veterinario y alcalde de Valdeolea, en la residencia de ancianos, una de las contadas instalaciones abiertas en Mataporquera en los últimos años.

La segunda realidad de Valdeolea son los pueblos semivacíos, «aguantados» por la actividad ganadera «que para esta comarca es imprescindible. Las explotaciones cuentan con los jóvenes y hay que dar gracias a que existe relevo generacional porque, en este sector, partir de cero es imposible por las inversiones que se requieren».

Como veterinario que ejerce en su tierra -Fernando Franco es uno de los jóvenes que ha vuelto 'a casa' tras obtener su título universitario-, rompe una lanza por los ganaderos, «que son quienes evitan que muchas más localidades cuelguen el cartel de 'cerrado'. Trabajan mucho y sufriendo todo tipo de obstáculos. Este año ha sido la sequía. Es dura una existencia con tantas incertidumbres, pero ahí siguen». A sus ojos, son «personas arraigadas, que llevan bien hasta los inviernos, y eso que aquí son largos. Si ellos se fueran, esto sería mucho más difícil de gestionar», apunta.

Para Franco, es «una pena» ir a algunas aldeas donde la inmensa mayoría de las casas han bajado la persiana. «Si hablo en nombre del Ayuntamiento, no quiero ni contar el esfuerzo que supone mantener todos los servicios en lugares en los que queda poquísima gente: se nos junta que cada vez tenemos menos ingresos con el deber de mantener la red de aguas, la recogida de basuras, la limpieza de calles y caminos... Es muy complicado».

50.000 habitantes perderá Cantabria en 20 años, según la proyección del Icane

«Eran parroquias grandes»

José Ramón Ocejo, párroco de San Roque de Riomiera (también lo es de Riotuerto y La Cavada) cuenta una historia muy parecida de la zona pasiega en la que actúa como guía religioso desde hace dos años. Tiene asidero para la comparación porque un tío abuelo ya fue sacerdote por allí y él siempre le oyó que el número de feligreses era importante. «Eran parroquias grandes». Ahora siguen existiendo fiestas «a las que acuden todos, como la de la virgen de Merilla, por la que hay gran devoción» pero él solo da una misa nutrida si se trata de un entierro «porque la unión es muy grande y cuando hay un fallecido vuelven de todas partes». En la semana normal, sin embargo, a la cita del sábado «acuden ocho personas». La escasez de niños es notoria. Solo cinco están en el ciclo de tres años de catequesis.

«La vida es así»

San Roque empadrona en 2017 a 368 personas, que serán menos de la mitad en dos décadas. Quedan cabañas, paisajes verdes de postal, un puñado de restaurantes donde comer casero, alguna casa rural y varias iglesias. Ocejo relata que las ausencias «son continuas». Unos van muriendo. Otros dejan la zona en invierno buscando un mayor bienestar en Liérganes, Solares o La Cavada. Cada año se venden más cabañas «porque la ganadería está difícil y los jóvenes aspiran a cualquier otro trabajo. Los hijos se van para abajo».

El párroco cree que sus feligreses se encuentran «algo solos» aunque no lo expresen. «Tienen asumido que su vida es así, no hablan de soledad, ni de quien se va o quien se queda». Al sacerdote le apena que se vaya perdiendo la cultura pasiega en un lugar tan emblemático. «Los que vienen no entienden las raíces ni las formas. Aquí dar la mano era algo muy importante y eso dentro de un tiempo ya no se sabrá interpretar».

También le entristece que «se abandonen sitios tan bonitos y con tanta paz», aunque sea consciente de que los tiempos cambian. «Los más apegados a la tiera conservarán las cabañas como segunda residencia, pero es difícil que vuelvan para instalarse. Esto no tiene vuelta atrás. Ya se han ido muchos y se irán muchos más. Vamos a una soledad total».

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