El vino cántabro necesita «hacer ruido»

Alberto Aja

Productores y expertos debaten en El Diario Montañés sobre los retos de un «sector emergente»

Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

Cuando unos tipos se sientan a una mesa en torno a una botella y varias copas siempre surge un debate. El vino sugiere. Así que si los que se sientan son un grupo amplio de productores, bodegueros, distribuidores, sumilleres, restauradores y hasta futuros expertos en nutrición, el debate viene –nunca mejor dicho– servido en bandeja. La primera entrega del segundo curso del ciclo de conferencias ‘La agroalimentación en el siglo XXI’, que organiza El Diario Montañés a través de su suplemento Cantabria en la Mesa, fue precisamente eso. Una puesta en común. Probar y opinar, con el vino de Cantabria como protagonista. Perspectiva actual y retos. Con todos los elementos de la cadena. Y la ‘cata’ dejó un buen puñado de conclusiones. Que el sector ha pasado de la nada a una realidad, que «ya no es un ‘a ver qué pasa’», pero que queda mucho. Una muestra: «Ni la mitad de los que han estado este verano aquí han probado vino de Cantabria». Más presencia, más producción y más apuesta institucional. Necesidades. Y evitar que quede un cántabro que diga «que aquí no se hace buen vino». Que todavía los hay.

«Hay que hablar menos y beber más», comentó en tono jocoso uno de los ponentes. La frase de Ángel Luis Gómez Calle, profesor de la Escuela de Hostelería del IES Fuente Fresnedo, de Laredo, y miembro de la Asociación de Catadores Umami, tiene miga, más allá de la broma. «Porque aquí somos muy dados a llenarnos la boca hablando de vinos de Cantabria y luego a no saber ni dónde lo venden». Primer reto. «No está suficientemente presente», aseguró. «Y no sólo es estar; es estar con mejor criterio y no únicamente por la curiosidad de ser un vino de Cantabria», añadió Alfonso Fraile, presidente de Sumilleres de Cantabria y profesor en Las Carolinas.

Un vistazo al sector

Dos marcas
No hay Denominación de Origen en Cantabria, pero sí una doble Indicación Geográfica Protegida: Vino de la Tierra Costa de Cantabria y Vino de la Tierra de Liébana.
Las variedades
as más presentes (hay unas cuantas más) son el albariño en la zona de la Costa y la mencía en los pequeños viñedos que hay en Liébana.
Pequeñas extensiones
Casi todos son pequeños productores sin grandes fincas, una de las características distintivas.
Este año
El tiempo ha puesto en dificultades a los productores para sus vendimias de este año.

Dio un dato: «En el 90% de los casos con el cliente, el sumiller le convence del vino que debe tomar». Fraile recordó otro concepto básico al hablar de los premios Optimun –que, precisamente, se deciden hoy–. «Hay miedo a la palabra tipicidad. El vino te tiene que decir de dónde es, contarte que está vinculado a un suelo, a un clima y hasta a una gente».

Diferenciarse fue, en este sentido, una de las estrategias que defendieron muchos de los quince bodegueros que acudieron a la cita. Surgió ahí uno de los debates. Las trabas normativas para ampliar producciones, para recuperar variedades autóctonas distintivas o para usar determinadas uvas.

Fernando Mier, director de la Odeca (Oficina de Calidad Alimentaria), habló de eso y quiso destacar, en todo caso, los pasos enormes que se han dado. «En el año 95, cuando empezamos con esto, íbamos a las exposiciones, a las ferias, y carecíamos de vino. Durante muchos años, en el stand de Alimentos de Cantabria llevábamos un vino de La Rioja. Ahora hay una decena de bodegas bajo la Indicación Geográfica Protegida ‘Costa de Cantabria’ y cinco en ‘Vinos de la Tierra de Liébana’». Muy ilustrativo.

Todo lleva su tiempo

Gómez Calle y Mier intercambiaron opiniones sobre la necesidad de mejorar el conocimiento y el consumo interno –en Cantabria– o darse a conocer fuera. Cuestiones de rentabilidad, de producción suficiente... «Todo lleva un tiempo y llevamos muy poco. Se ha avanzado bastante, pero hay que hacer hincapié en los restaurantes. Cuando tratas de elaborarles un carta y crear un apartado, te lo echan para atrás. Eso será una semilla», apuntó el distribuidor José Antonio Argumosa.

«Están cambiando las panojas por viñedos»

Para hablar de lo hecho hasta ahora, Ángel Luis Gómez Calle pintó una postal de carretera. «Resulta sorprendente ver los praos, parece que se están cambiando las panojas por viñedos». Por eso –más que nada porque en el siglo pasado no había prácticamente nada– definió el vino cántabro como «del siglo XXI». «Y como todo lo que es joven, tiene que ir perfilándose. Porque esto va a más y se ha hecho mucho, pero esto es que aún no ha empezado...». Describió su experiencia y las dificultades para encontrar bodegas cántabras en los supermercados o en el chiquiteo. «Yo vivo en Laredo. Para encontrar uno allí tengo que ir con lupa y los sitios en los que hay los cuento con los dedos de una mano», puso como ejemplo.

Porque intervinieron muchos. Tantos que se dio voz a los quince representantes de bodegas de la región que aceptaron la invitación. A todos. El responsable del suplemento Cantabria en la Mesa, José Luis Pérez, les llamó uno por uno para hablar de producciones y de retos. De historias.

Y hubo de todo. El llamamiento a la unión del sector de Manuel Torío (Behetría de Cieza) o la petición de una apuesta institucional decidida a cargo de Carlos Recio (Casona Micaela). Gabriel Bueno (Miradorio de Ruiloba) habló del último riesgo en la larga lista de dificultades, la avispa asiática, y Pedro Agudo (junto a Diego Amilibia, de Matoblanco) defendió los proyectos casi románticos que persiguen la recuperación de variedades autóctonas. «Vinos de garaje», se definieron.

«Para muchos, Cantabria es aún un salto en el mapa»

«Lo que une el vino, que no lo separe el hombre». Fue una bonita forma de empezar. Alfonso Fraile definió a los bodegueros cántabros como «expertos en luchar con el banco para pagar y con el tiempo para las cosechas». «Ahora lo que toca es creérselo», apostó una vez conseguidos viñedos y productos «de calidad». «Todos los que vienen a ver Cantabria deberían llevarse un par de botellas de vino, como en otros lugares». En ese sentido, defendió la vía del enoturismo como una opción «fundamental, siempre y cuando lo cobren». O sea, rentabilidad y presencia para evitar que, como ocurrió durante años (y ocurre), «Cantabria sea un salto en el mapa, un desierto verde» al repasar las producciones que hay en España.

Claudio Planás (El Pendo) recordó la «necesidad de contar historias» en cada botella. Historias como las de Ignacio Abajo (Lancina), José Gabriel Quintanal (Viña Carmina) o Ricardo Sierra (Mies de la Amazuela). Con la pasión en el mensaje que ponen Isabel García (Orulisa) o José Antonio Parra (Picos de Cabariezo). O con la lista de iniciativas de Asier Alonso (Sel d’Aiz-Yenda) y Mikel Durán (Ribera del Asón). Hasta con la apuesta de unos manchegos en Cantabria a través de Pago Casa del Blanco (estuvo el enólogo Antonio Merino). Manel Gómez (Río Santo-Lusía) contó «la ilusión de su padre» e Isabel Rodríguez (Hortanza) la salida para su hija, también enóloga. Ella dijo una de las mejores frases: «Si en nuestros campos no hay panojas ni vacas, que nuestros jóvenes se queden con vino».

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