La casa de la Patrona

Vista del santuario de la Bien Aparecida. / DM
  • Este jueves, 15 de septiembre, se celebra el día de la Bien Aparecida por lo que será fiesta en toda Cantabria

  • La aparición de una pequeña imagen de la Virgen en el año 1605 dio renombre a una zona que vivía del campo, del ganado y de las ferrerías

  • Desde 1905 es patrona de la diócesis y de Cantabria y en 1955 fue sido coronada canónicamente por el obispo Eguino y Trecu

Cantabria honrará este jueves, 15 de septiembre, a su patrona, La Bien Aparecida, en el santuario de Marrón, en el municipio de Ampuero, una fiesta de Interés Turístico Regional que llena los alrededores del santuario de manifestaciones folclóricas tradicionales de Cantabria.

Los árboles que enmarcan la campa a la entrada del Santuario de la Bien Aparecida ofrecen refugio frente a un sol de justicia. Es la hora de comer, así que la terraza del restaurante de enfrente (Solana, una estrella Michelin) está llena, mientras que la iglesia está completamente vacía. Y fresca. Encontrarla así permite mirar las cosas con más detenimiento y darse cuenta de que si no fuese por el pedestal, el manto, la corona y el camarín, la diminuta Patrona se perdería en un retablo tan lleno y recargado. Hay que acercarse mucho para distinguir su cara de muñeca, tanto como para que el olor de las flores que hay ante el altar pueda con el del incienso, que aquí parece que no se escatima.

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Recorriendo el templo, el visitante se fija en la imagen del Dios Padre que mira desde arriba y parece asomado a una ventana, con medio cuerpo fuera y el mundo, como una pelota, en la mano; en el pelícano que se pica con furia el pecho para alimentar a las crías, y en los dos enormes cuadros que presiden las capillas, que no deben de estar entre lo mejor de César Abín. Por si acaso nota algo, también toca la hornacina donde en 1605 se halló la figura de la Virgen.

La aparición más o menos milagrosa de la talla dio renombre a una zona que, como toda la cuenca del Asón, vivía del campo, del ganado y de las ferrerías. Esa industria del hierro le valió también merecida fama, sobre todo cuando, en el siglo XVIII, se fabricaban aquí las anclas de los navíos de la Armada, unas piezas que podían pesar casi cuatro toneladas y que dejaron pasmado al mismísimo Jovellanos cuando visitó los talleres de Marrón. Se dice, no obstante, que la relación de Ampuero con el mar es mucho anterior, hasta el punto de incluir a un vecino, un tal Gómez de Rascón, en el primer equipo expedicionario de Cristóbal Colón. Ese supuesto armador de la Pinta es la razón de que se plantase una carabela –casi por las buenas– en el escudo del lugar.

De camino hacia la capital del municipio, siguiendo el río y envueltos en olor a silo, los periodistas tienen la visión fugaz de un hombre caminando sobre las aguas. Frenan en seco y echan a correr para acabar contemplando a unos chavales sacudiéndose el calor en una presa cerca de Coterillo. Allí está Patricia Casado, bilbaína de 20 años, acomodada como puede en el dique, que explica que hace unos días se encontró a Efrén Vázquez –piloto de motociclismo–, dándose un baño. Supone que la familia del chico, como la suya, tendrá casa por allí y que se ha venido a pasar las vacaciones al mejor sitio. "Ampuero es un sitio tranquilo, con buena gente... y buena comida".

Cuando llegan a la villa, los cronistas la encuentran convertida en rancho, con las calles recorridas por vallas de madera, listas para los encierros. Santiago Brera, tercera generación de relojeros de la localidad y muy interesado por su historia y costumbres, les cuenta que esa fiesta, a imitación de la de Pamplona, comenzó a celebrarse en 1941, y que pudo tener su origen en el traslado de unas monchinas rebeldes, desde las zonas de pasto que se habían inundado hasta los corrales, a través de una especie de pasillo. Lo único cierto es que ni siquiera sus primeros impulsores esperaban que alcanzara tal éxito: empezaron con un encierro, y luego dos, tres y hasta cuatro. "El mayor esplendor se vivió en los años 50, 60 y 70. Ya no es lo mismo, pero a pesar de que las fiestas hayan bajado, el ambiente sigue".

Demasiada fiesta

Que haya más gente tampoco tiene por qué ser necesariamente mejor. Eso es algo que aprendieron en Ampuero después de que la localidad pareciese apostarlo todo a la hostelería: desde los 90 hasta hace cosa de diez años los sábados por la noche se consagraron al botellón multitudinario, una época que ahora se recuerda con pavor. "Todo se ha reconducido, es ahora más tranquilo y más fino. Las terrazas están llenas, pero ya no es un ambiente tan nocturno".

En el establecimiento de Santiago, pendientes, collares, anillos y relojes comparten espacio con una colección de botellas antiguas. Mirándolas, los visitantes se enteran de que, mientras duró, hubo en el municipio un próspero negocio de gaseosas que producían las marcas Santa Marta, Los Periquitos –de Jaime y Eloy Rivas–, y La Deliciosa –de Antonio Rivas–. En cualquier caso, advierte, ninguna de estas bebidas pudo competir en popularidad con el producto estrella de la localidad: el anís Udalla, como las otras, ya desaparecido. Fabricado por Destilerías Santa Marina, era su licor con mejores ventas, pero no el único, ni mucho menos: llegaron a comercializar hasta ochenta especialidades, como la exitosa ginebra Langosta y el coñac Comendador. El anís Udalla se distribuía por toda España y se exportaba a México, Cuba, Argentina y Guinea Ecuatorial donde, por algún motivo, tenía gran demanda. Tanta, que en sus carteles publicitarios aparecía un negrito junto a una botella de ese aguardiente, "el más rico e higiénico de todos los conocidos".

Los viajeros deciden acercarse a Udalla para ver qué queda de aquella fábrica que enviaba botellas por todo el mundo, pero el único rastro que encuentran es un rótulo medio borrado que anuncia el anís en la fachada de una casa.

A fuerza de preguntar, terminan dando con los familiares del fundador de la empresa, que les cuentan que todo aquello fue posible gracias al trabajo de dos hermanos, Pascual y Baldomero Landa. El primero, ingeniero de obras públicas que había participado en la construcción del puente de Ampuero, fue uno de los responsables de la puesta en marcha del ferrocarril entre Santander y Bilbao, en 1896. Gracias a la nueva vía de comunicación, Baldomero, que había marchado a Cuba, de donde regresó con dinero, pudo sacar adelante su proyecto empresarial: una fábrica de licores con la que conquistó el mercado y que sus sucesores mantuvieron viva el tiempo que pudieron. Apenas queda nada de aquella época de esplendor: unas botellas vacías, el recuerdo de sus parientes y las fotografías del rey Alfonso XIII visitando su stand en la Feria de Muestras de San Sebastián en 1922.