"Escribo para intentar darle al mal y al dolor un sentido que sé que no tienen"

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El público llenó el Ateneo para asistir a la charla de Rosa Montero, acompañada por Jesús Cabezón y Manuel Ángel Castañeda. / Daniel Pedriza

  • Rosa Montero presentó su última novela, 'La carne', en el Aula de Cultura de El Diario, en un Ateneo abarrotado

Rosa Montero va por la vida observando sus detalles y con algunos le pasa que tiene que atraparlos. «Esto para mi mundo». Un día, hace ahora tres años, un amigo le contó que una conocida suya había contratado los servicios de un gigoló para dar celos a un examante en una cena. Y Rosa Montero debió de pensar: esta historia para mi mundo. La anécdota fue el «huevecillo» del que surgió ‘La carne’, su última novela que ayer presentó en el Ateneo de Santander, dentro del Aula de Cultura de ‘El Diario Montañés’. La acompañaron Manuel Ángel Castañeda, presidente del Ateneo; el redactor jefe del periódico, Guillermo Balbona, y Jesús Cabezón, poeta, exdiputado europeo y secretario de la institución.

La escritora desmenuzó ante los asistentes que llenaron el salón de actos la carne de la que está hecho su libro. Para empezar es una carne cercana. Montero sentía desde hacía unos años el deseo de escribir una novela pegada a su propia realidad, y por eso ‘La carne’ transcurre en Madrid, las protagonistas tienen una edad similar, y la historia discurre en un ambiente entre literario y artístico.

Montero, que no quería enfrentar un texto autobiográfico, pensó que «el hecho de ser ya tan mayor y de haber alcanzado una madurez literaria me permitiría contar un mundo tan cercano al mío pero sin hablar de mí, sin que mi propia historia empequeñeciera la historia».

Montero también contó que la carne de este libro tiene una estructura poco convencional, el lector será incapaz de averiguar el siguiente paso de la historia.

Al mismo tiempo se trata de una carne conocida, porque aborda asuntos tratados en otros textos: la muerte, el paso de tiempo, la locura, la relación con los otros, y, en esta, «está especialmente el amor». «Toda la novela está llena de carne. […] La carne que nos aprisiona, nos enferma, nos envejece y nos mata, pero que también nos hace rozar la gloria a través de sexo y el deseo. […] Es también la carne animal que nos salva de ser solo humanos, esa carne que, cuando bebes un vaso de agua, provoca el éxtasis».

Carpintería y oficio

Montero habló de su evolución. «A medida que se crece como autor cada vez se domina más la carpintería. Escribir es un oficio y se aprende escribiendo. Al mismo tiempo esa carpintería está al servicio de ese brote que tiene que atravesarte de la forma menos controlada posible».

En definitiva, piensa Montero que el escritor tiene que diluirse para escribir buenos textos, debe «ir perdiendo todos los mandatos del yo», debe aparcar esa ambición de escribir el novelón de su vida «porque eso forma parte del yo, no de la novela».

Y sin embargo, las ganas de escribir algo bueno mantienen encendida la llama de la tenacidad, y, aseguró Montero, para ser escritor hay que ser tenaz, «tener calma y piel de elefante, perseverancia», no decaer; y otra cosa importante: tratar de no vivir de la escritura creativa, porque la carga de las facturas puede provocar la pérdida de la libertad, que se escriban textos solo alimenticios. Montero ha visto muchos casos de ese tipo a su alrededor.

Ella vive del periodismo, «que es escritura también». El periodismo experimenta ahora su particular «travesía por el desierto»: concentración de medios, pérdida de pluralidad, seguidismo político, amarillismo, periodistas-orquesta, precariedad. Pero el oficio es esencial para la sociedad y la democracia, defendió, sí que «se encontrará una solución porque no se puede vivir sin eso».