Tierra de nadie y de todos

La escritura desarma su papel
  • Esto no es un artículo sobre la controversia en torno al libro ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’, escrito por Elvira Navarro y repudiado por Víctor Erice, pero ese cachavazo literario sirve para reflexionar sobre los limites entre ficción y realidad. Escritoras como Marta Sanz o Nuria Labari, editores y cineastas nos dan las claves para entender ese binomio.

La escritora Valeria Luiselli pone a recitar en un pasillo del metro de Nueva York a dos poetas: el mexicano Gilberto Owen y el español Federico García Lorca. Su actuación subterránea es todo un fracaso, ambos se mueren de la vergüenza, tienen pavor al ridículo. Esta improbable escena pertenece a ‘Los ingrávidos’, libro en el que Luiselli, ayudada por un juego de voces y una escritura fragmentada, inventa una vida para su compatriota Owen. Esta vida literaria a veces queda iluminada por fogonazos biográficos auténticos, pero son los menos. Valeria Luiselli construye una vida alternativa para Owen, una vida con gatos y llena de escenas en el metro. Esa vida es pura ficción y el encuentro con Lorca es sólo una hipótesis.

La tensión entre realidad y ficción alienta la creación literaria y formas novedosas de componer un relato. En ocasiones, sin embargo, esa tensión deriva en controversia. Es el caso de lo ocurrido con el libro de Elvira Navarro ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’(Random House). Adelaida García Morales fue una escritora española, autora, entre otros, del texto titulado ‘El Sur’, en el que se basó la película homónima que rodó en 1983 Víctor Erice, por entonces su pareja. Elvira Navarro ha explicado que su libro es una completa ficción –se señala este extremo en la contracubierta del libro–, que se ase a la realidad solo a través de una anécdota –los 50 euros que García Morales solicita a la administración para viajar a Madrid poco antes de morir– para abordar una reflexión sobre la construcción de la identidad, entre otros asuntos. El relato de esos ‘últimos días’ de García Morales, dice Navarro, son una mera especulación. La escritora fallecida es el motivo y no la protagonista de su libro, ha insistido Elvira Navarro.

La escritura desarma su papel

Pero esta ficción ha sido rechazada por el entorno de García Morales. Víctor Erice escribió un texto censurando la obra, cuestionando la «autoridad moral e intelectual» de Navarro para apropiarse de la identidad de su expareja y mostrando su asombro porque la autora no se hubiese puesto en contacto con nadie cercando a ella. El duro texto de Erice fue portada del suplemento Babelia y generó una polémica que se ha servido en páginas de diarios, columnas, blogs, redes sociales. En algunos casos, los pronunciamientos públicos han sido meros posicionamientos tras el director o la escritora, o consejos para haber propiciado un acercamiento, pero otras reflexiones han puesto de nuevo el foco sobre el debate realidad-ficción. Este debate es inmenso, va a la raíz de la literatura. También ha generado enfrentamientos, algunos tan rocambolescos como el que protagonizaron Javier Cercas y Arcadi Espada, desde las columnas de dos diarios nacionales, a cuenta del uso de la ficción en el relato periodístico. Espada, que ya había cargado contra Cercas por ficcionar algunas partes de su libro ‘Soldados de Salamina’, sacó la artillería ultrapesada y lanzó el bulo de que Cercas había sido detenido en un prostíbulo, durante una operación policial real. El debate poco menos que acaba en los tribunales. Más allá de eso, este artículo plantea una primera cuestión: ¿Deben imponerse límites a la ficción cuando aborda hechos reales, la realidad?

«Creo que no se puede poner ningún límite a la creación. Eso, más que una opinión, es una evidencia. Ahora bien, personalmente creo que para abordar hechos reales desde la ficción es necesario haber tocado el corazón de esa realidad, conocer si no de forma erudita, sí de forma íntima, de lo que se está hablando. De otro modo creo que la ficción terminará convertida en un barro de marketing y literalidad. Que se puede hacer, claro que se puede. Pero no tendrá ningún interés». Esta es la reflexión de Nuria Labari, periodista y escritora. Labari es autora de ‘Cosas que brillan cuando están rotas’ (Círculo de Tiza), una ficción sobre los atentados ocurridos en Madrid el 11 de marzo de 2004, resumidos en la memoria colectiva como el 11-M. Labari cubrió aquellos atentados terroristas como periodista de ‘El Mundo’. Dejó pasar el tiempo, posó aquella experiencia y escogió la ficción para contarla, construyendo una narración a tres voces: la de una periodista, la de su marido y la de su hija adolescente. «Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad», escribe Labari al comienzo de la Nota preliminar, a modo de declaración de intenciones. Sigue después: «Por eso necesitaba regresar desde la ficción a la quiebra de sentido que fue el 11 de marzo de 2004 para mí. La ficción es siempre un ejercicio de superación. […] La investigación, las fechas, las horas, los titulares, los obituarios, las caras, los andenes, los nombres… Toda la información que aparece en esta novela es real. Y sin embargo se trata de un estricto ejercicio de ficción». Rescatemos un pedazo de esa realidad hecha ficción contenido en ‘Cosas que brillan cuando están rotas’. Labari describe así el interior de Ifema: «Ifema es grande y diáfano. Las naves están atravesadas por pasillos infinitos que no se sabe dónde terminan. Cuando llevas un rato aquí olvidas por dónde entraste y cómo salir. Todo es blanco y todo es silencio. Tengo una sensación sobrecogedora, mareante. Las dobleces del pantalón vaquero del chaval que atraviesa la sala, los labios rojos de la mujer que está a mi lado, la madera crujiente de la puerta frente a la que esperamos, el pomo dorado de la puerta: todo es hiperreal».

¿A qué dudas se enfrentó Labari en el proceso de escritura? «Fue lo más difícil de este libro. Mi único miedo al publicarlo, al escribir sobre un tema tan sensible que tiene protagonistas de carne y hueso y tanto dolor alrededor, era herir de alguna manera a quienes fueron protagonistas de aquel horror –el del 11-M me refiero, que es también protagonista del libro–. Esto no ha ocurrido y eso ha sido lo mejor que le ha pasado al libro». ¿Y cómo solucionó estas dudas? «Intenté solucionarlas con empatía, una palabra que detesto por lo gastada y vacía que se está quedando últimamente. Yo intenté trabajar con empatía en su sentido más clásico, es decir, trabajar con indagación e imaginación. No me refiero aquí a ponerme en los zapatos de los otros, de las víctimas, de la madre de los autores materiales, de los periodistas... Me refiero a ser otra, todos esos otros. Es decir, de nada sirve que te subas con tus prejuicios y forma de ver el mundo a unos zapatos usados. La relación entre ficción y realidad es un viaje íntimo, profundo que tiene que resolverse con verdad (de la íntima y de la otra). La empatía es una forma de ficción».

Marta Sanz es autora de numerosas novelas –la última, ‘Farándula’ (Anagrama), ha sido merecedora del Premio Herralde–, algunas autobiográficas como ‘La lección de anatomía’ (Anagrama), un fantástico relato de su vida en primera persona del singular, desde su infancia hasta los 40 años aproximadamente. Sanz tuvo que enfrentar la tensión ficción-realidad a la hora de construir la novela, su círculo más cercano quedaba representado en sus textos. Explica que, más allá de eso, encontró la complicidad e inteligencia de sus seres más cercanos, justo lo contrario a lo que experimentó Carmen Laforet tras publicar ‘Nada’, y que fue el rechazo de su familia. Sanz explica: «Yo hablé de mi madre y de mí misma en primera persona. De mis amigas. Pero afortunadamente mis personajes, que eran a la vez personas importantes en mi vida, también son buenas lectoras que saben que la literatura es un artificio –no necesariamente una ficción o una verdad, sino una representación verosímil–, en la que el lenguaje saca del espacio de lo obsceno el episodio cotidiano. En la literatura se consigue un efecto de autenticidad a través de los filtros retóricos que, a veces, en cuanto son más sofisticados resultan más verosímiles, como en el caso de El Quijote. En definitiva, se trata de lo de siempre: la pipa es y no es a la vez una pipa; es una pipa, una pipa pintada, el ojo que mira la pipa, la mano que la traza...».

En cuanto a los límites de la ficción «estoy con mi amigo el escritor Carlos Pardo, supongo que el único límite es el que marque el Código Penal». Sanz, además de señalar que el momento de esplendor del binomio realidad-ficción está en las ‘Ficciones’ de Borges, es clara al darle la vuelta al planteamiento: «Creo que ha llegado el momento de darle la vuelta: todo es realidad, incluso las ficciones, incluso esas noticias que se espectacularizan para ser comerciales […]. Así que para mí la línea roja es la que trata de camuflar las realidades para dulcificarlas –la que convirtió la Guerra del Golfo en un videojuego televisivo– o la que las manipula para venderlas».

Realidad controlada

Francisco Araújo dirigió, junto con Ernesto de Nova, la película ‘El Rayo’ (2014, estrenada en el Festival de San Sebastián), que cuenta la vuelta a Marruecos de Hassan Benoudra a lomos de un tractor. Es una historia real –se filmó por carreteras secundarias de España; el equipo de rodaje siguió a Hassan y a su Massey Ferguson de segunda mano; los materiales y personajes son reales; no se guionizaron los diálogos–, pero también es una historia controlada por los directores. De esa tensión entre ambas dimensiones surgió un hermoso y equilibrado relato. ¿Cómo abordaron el trabajo? Francisco Araújo explica que fue «extremadamente difícil», porque tenían el deber de representar a un ser humano real, con una historia, con una idiosincrasia. «Hubiera sido un fracaso que él no se sintiera reflejado en la película, era una gran responsabilidad», por lo que trataron de abrir un espacio cinematográfico donde pudiera darse esa doble ‘verdad’: la de Hassan y la de sus directores, y donde no se forzaran situaciones o puestas en escena. Las decisiones se iban a tomando día a día, conforme avanzaba el viaje, hablando, discutiendo. «No se puede trabajar de espaldas a los seres humanos que vas a representar».

Araújo cree que la búsqueda artística es la búsqueda de la verdad, y que esta puede hacerse desde lo real o desde lo ficticio. No hay una «línea clara» que separe ambos mundos, sino que esa zona intermedia es una zona difusa. No hay películas buenas o malas, dice a continuación, sino películas honestas o deshonestas. ‘El Rayo’ es cine de lo real, según los cánones, pero Araújo prefiere pensar en términos de honestidad para esta historia enorme y cotidiana.

En ‘La lección de anatomía’, Sanz también abordaba su realidad cotidiana. Si se hubiera centrado en una figura con peso en la historia ¿lo hubiera hecho desde la ficción o hubiera preferido hacerlo desde la literatura de hechos? «Casi siempre se había llevado a cabo esta tarea desde la literatura de hechos. Desde las exigencias de la documentación y del rigor académico o periodístico. Desde los parámetros de los géneros biográficos y la indagación histórica. Sin embargo, yo creo que igual que yo puedo escribir sobre mi madre en primera persona, sobre las personas de mi entorno inmediato que condicionan mi manera de estar y de entender el mundo, también puedo hacerlo sobre esos personajes relevantes que marcan la mujer que soy: nombres propios de la vida política y cultural que no nos pasan por encima sin dejar huella, sino que se meten dentro de nosotros dejando marcas profundas en nuestra ideología y nuestro cuerpo».

Sanz pone un ejemplo de cómo ha relacionado la realidad con sus representaciones: cuando escribió ‘Daniela Astor y la caja negra’ señaló a actrices del destape con nombres y apellidos. «Tenemos derecho a transmitir esa visión trascendente del hecho cultural y político, de la relación ente el constructor de un texto, el texto y el receptor de un texto que forma parte de un público históricamente condicionado. Y tenemos derecho a transmitirlo desde nuestra subjetividad, más allá de la obligación de documentarnos, porque manejamos un género de ficción». Marta Sanz cree que eso es lo que ha hecho Elvira Navarro. «Y, más allá de que Víctor Erice pueda, legítimamente, ofenderse y expresarse, creo que la escritora ha mostrado su respeto por el personaje de Adelaida García Morales a quien ha utilizado como un símbolo de la precariedad de la escritura y de la cultura en este país, la falta de respeto a nuestro patrimonio y la vulnerabilidad, en concreto, de las mujeres que escriben».

Sin líneas rojas

Pablo Mazo, fundador de la editorial Salto de Página, no cree en líneas rojas entre realidad y ficción, ni en tabúes, «porque no creo que la ficción tenga la facultad de exceder sus propios límites ni deba ser juzgada como otros géneros del discurso cuando ha sido debidamente presentada como ficción». Mazo, profesor también en escuelas y talleres de escritura donde se enseña a escribir desde la ficción, no daría más consejo a uno de sus alumnos que los que atañen a las convenciones y recursos de la propia ficción. «Claro que en un curso de novela histórica o de no ficción pueden darse pautas (más o menos de sentido común) sobre una buena labor de documentación, pero incluso en estos casos la mejor aportación de las escuelas de escritura suele ser la que les es propia: enseñar a contarlo mejor, al margen de cuál sea la materia prima del relato».

Mazo defiende la ficción como herramienta para hablar de una figura histórica. «Siempre se ha hecho, y es una licencia y un privilegio de la ficción tratar esos hechos y personajes sin las constricciones propias de otros géneros discursivos, pues lo que la ficción nos permite es precisamente servirnos de un referente histórico (Judas, Napoleón, Henry Ford) para hablar de otra cosa (la traición, el poder, el capital). ¿Qué sería, de otra forma, de la obra de Graves, Carrère, o incluso Shakespeare?».

Emily Dickinson, en una carta a Thomas Wentworth Higginson [su mentor literario y artífice, tras su muerte, de que su obra poética se reuniera y publicara] fechada en febrero de 1876, escribió esto: «La honestidad es el único truco». ¿Vale solo con eso?