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Carlos Galán, en el Ateneo de Santander, institución que dirigió entre 2005 y 2012 / M. de las Cuevas

Muere Carlos Galán, el hombre que 'hacía' cultura

  • Artífice de los Martes Literarios de la UIMP, donde dirigió los cursos de español para extranjeros, y presidente del Ateneo durante cuatro mandatos, falleció este lunes a los 84 años tras una enfermedad

Gestor cultural es una palabra que suena hueca cuando antedece al nombre de Carlos Galán (Huesca, 1932). Lo suyo era otra cosa, quizá encaje mejor la palabra 'hacedor' cultural, como el zapatero que fabrica las suelas de la ciudad, como el panadero que prueba con la boca el pan de cada día. Así dispuso su acción en la cultura, dentro de ella, amasándola desde las instituciones y también fuera de ellas desde que llegó en los años 70 a la región para dirigir la enseñanza de español para extranjeros de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Desde entonces, aun en el silencio en que le envolvió la enfermedad los últimos cuatros años, fue un hacedor cultural hasta que la enfermedad le detuvo para siempre la tarde de este lunes, 28 de noviembre, en Santander.

Carlos Galán deja tras de sí cuatro décadas de huellas, miradas y pies de foto en los que su nombre se asomó con insistencia. Su biblioteca tenía más de 20.000 libros, pero ni cuando la ceguera le quitó lo que más amaba dejó de leer. Se acostumbró a que una voz amiga, familiar, ajena al sonido que hacen las letras en silencio dentro de cada uno, lo hiciera por él. Carlos Galán hablaba y era cultura. Entendía esta no como un territorio abstracto donde caben polisílabos y discursos sino como la postura natural del que pasea observando lo que hay a su alrededor, siempre rodeado de un Santander al que vio cambiar y evolucionar hacia territorios más abiertos, y encorsetados siempre en su propia complacencia.

Él vio los cambios desde la UIMP, en los que creó el ciclo de los Martes Literarios, hoy en día letra capital de cada capítulo veraniego dotado con fondos y forma institucional, pero no así cuando arrancaron: "Los Martes en un principio fueron modestos, se crearon a base de insistencia y ahora son una especie de institución con un pedigrí extraordinario", decía. En la UIMP, su labor de 'hacedor' recaía en su tarea de formar a nuevas generaciones de profesores de español como director de los cursos, a los que miraba "con tristeza" años después de abandonar él su cargo en la universidad de verano porque los datos evidenciaban una "merma en el número de matrículas". Aún así, volvía asiduamente a La Magdalena, y nunca dejó de ejercer entre líneas todas las labores radiales a su profesión.

Una de las que más le gustaba era la de crítico literario. La ejercía sin complacencia sino con la profundidad que le daban sus llamativos ojos azules, esos mismos ojos que al final perdieron la luz. Mientras la vista se lo permitió, desmontaba páginas y versos y arrancaba la cáscara del fruto encuadernado: "Hoy en día se publica buscando sólo el éxito inmediato y lo rentable", afirmaba, él que había firmado una demoledora crítica del propio Delibes y que el vallisoletano le "agradeció por carta a pesar de no estar de acuerdo".

Entre otras tareas, Galán emprendió la de jurado del Premio Nacional de la Crítica, el de su "querido amigo" José Hierro (poesía para menores de 30 años) o el Tristana de novela. Impulsor del premio de novela Eulalio Ferrer, detuvo sus pasos profesionales a punto de cumplir 80 años cuando dejó la presidencia del Ateneo, que ocupó durante siete años (entre 2005 y 2012). Cumplía entonces su cuarto mandato -de dos años cada uno- al frente de la institución santanderina. Era diciembre 2012. Ese fue su último cargo 'oficial'. Su problema de visión y "el cansancio" le alejaron de la vida cultural de la región a la que había estado íntimamente vinculado personal y profesionalmente durante más de cuarenta años.

«Llevo trabajando desde los 17, ideas y ganas me sobran y estoy en disposición de ayudar a quien haga falta», decía en su última entrevista a este periódico, cuando su mayor duda pasaba por cumplimentar de qué manera iba a llenar el tiempo cultural que le faltaba: "Sería divertido contar mis memorias, recorrer mis peripecias con Torrente Ballester, Alberti o Delibes... Me atrae en cierto modo».

Su memoria quedará escrita en su tiempo de vida dedicado a la literatura, con la poesía en la parte delantera de su lengua, siempre apuntando hacia el cielo cuando hablaba de su "querido amigo José Hierro", con el que le unía una amistad empeñada en superar la muerte. Cuando el Premio Cervantes falleció, Carlos Galán no dejó de hacer referencias a su nombre, a su obra, ejerciendo de maestro de ceremonias en homenajes como la última que le prestó en calidad de comisario de la exposición 'La mano de Pepe Hierro', diez años después de la muerte del escritor. De un amigo uno se acuerda, pero Galán sabía hasta la fecha de la primera vez que le vio: "Le conocí el 1 de agosto de 1962, estaba tomando un café y un chinchón en la UIMP y me dije, 'esa cara me suena'". Al menos reconforta pensar que ahora mismo puedan estar hablando de nuevo juntos.