Habitantes del olvido (23)

Guerrillero del cine

Guerrillero del cine
David Vázquez Mata
Manuel de la Escalera | Escritor y cineasta

Emigrante de ida y vuelta, escultor en París y apóstol del séptimo arte, la represión de posguerra frustró su carrera

Javier Menéndez Llamazares
JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

Conservar testimonio de nuestros actos suele ser una de las más comunes aspiraciones humanas, y en momentos tan dramáticos como una guerra ese afán se convierte muchas veces en obsesión y en auténtica necesidad. Como lo fue para la República española el dejar constancia de qué sucedía en una contienda bélica atroz e imparable. Qué mejor forma de hacerlo que mediante la entonces incipiente cinematografía.

De documentar lo sucedido en el frente cántabro en 1936 y 1937 se encargaría el escritor Manuel de la Escalera, auxiliado en la técnica por el pintor Rufino Ceballos. Una labor por la que pagaría un altísimo precio: más de dos décadas de encarcelamiento.

Descendiente de un indiano lebaniego, Manuel de la Escalera Narezo había nacido en San Luis de Potosí (México) en 1895. Sus primeros años fueron un auténtico trasiego transoceánico: estudia en Santander y más tarde en Vizcaya, y a los quince años regresa a México, donde estalla la revolución. Pero a Manuel lo que le interesa es la escultura, y se matricula en la Academia de Bellas Artes de San Carlos, estudios que terminaría en España, antes de instalarse en París en busca del éxito artístico.

Lo que encontraría en la Francia de entreguerras, sin embargo, sería un vuelco intelectual; en pleno apogeo de las vanguardias –allí frecuentaría a grandes como Picasso–, el joven descubre las corrientes freudomarxistas, y además un nuevo arte: el cine. Así que no le costaría demasiado aparcar sus aspiraciones escultóricas y entrar a trabajar en los estudios Joinville, junto al director ruso Alexis Granowsky.

De regreso a España, destruye todas sus esculturas y se consagra a la cinematografía y al movimiento obrero. Su fórmula de fusión serán los cine-clubs obreros, e incluso llegará a fundar dos en Santander: el del Ateneo Popular y el Cine Club Proletario. De la mano de Gerardo Diego, también colaboraría con revistas de la época.

Toda esa intensa actividad sería redoblada durante la guerra civil, en la que fue nombrado oficial del ejército republicano. Su campo de batalla serían las ‘guerrillas de cine’: con un proyector ambulante llevaría el séptimo arte por toda la provincia. Al caer Santander, se negó a exiliarse, y sería apresado por las tropas franquista meses más tarde en Asturias.

Cautiverio

Acusado de propaganda ilegal –pese a que tanto sus filmaciones como las proyecciones habían sido ordenadas por el estado mayor republicano–, sería condenado a muerte, iniciando un tortuoso periplo por diversas cárceles, desde la santanderina Tabacalera, Alcalá de Henares o Burgos. Precisamente allí, en el ‘corredor de la muerte’, le asaltaría la pulsión literaria, y burlando las severas prohibiciones escribiría un diario donde reflejó con crudeza las penurias que vivían las víctimas de la represión franquista. Tras conseguir sacarlo de prisión, el manuscrito se guardaría durante diecisiete años en la caja fuerte de un banco, antes de que viera la luz en 1966 bajo el título ‘Muerte después de Reyes’.

Su vida en prisión resultaría especialmente difícil; hijo único, tras la muerte de sus padres no contaba con ningún familiar cercano que pudiera auxiliarle. Por disputas ideológicas había abandonado el partido comunista, lo que aumentaba su aislamiento. Su salud, además, se resintió notablemente. Tan sólo su particular carácter y don de gentes conseguiría aliviar su situación. Y es que sus muchos amigos serían su apoyo. Entre las rejas del Dueso trabaría amistad con Antonio Buero Vallejo –quien recordaría su encuentro en el prólogo de ‘Cuentos de nubes’–. Pero lo verdaderamente fascinante fue la capacidad de Antonio para reinventarse; salvada la amenaza de la muerte, durante sus largos años de cautiverio se acogió a los programas educativos para especializarse en ingles literario, consiguiendo convertirse en una traductor más que notable que llamó la atención del mismísimo Josep Janés. Como un monje medieval, en la soledad de su celda traduciría a Katherine Mansfield, Somerset Maugham, Neville Shute o Edgar Rice Burroughs. Incluso firmaría la versión del Ulises de Joyce de 1955, una auténtica proeza dados los escasos medios con los que contaba. Todo realizado bajo la ‘supervisión’ del capellán del presidio, y publicado con pseudónimo –Manuel Amblard, apellido de su abuela–.

Finalmente liberado en 1962, regresaría a México donde trabajaría como traductor. La editorial Era publicaría ‘Muerte después de Reyes’; según confesión propia, financiada por otro cántabro, Eulalio Ferrer. No regresaría España hasta 1970, cuando la tímida apertura del régimen le permitió trabajar para las grandes editoriales –Aguilar, Seix y Barral, Akal, Siglo XXI…– e incluso publicar su libro ‘Cuando el cine rompió a hablar’, editada por Taurus en 1971.

De vuelta a Santander, se reintegraría en la vida cultural de la ciudad. De nuevo, los amigos: el escritor y editor Ramón Viadero le publicaría en 1980 ‘Mamá grande y su tiempo’, en sus Ediciones Puntal. Fernando Vierna le ayudaría a tramitar una pequeña pensión, y pasaría sus últimos años en la Residencia para Mayores de Caja Cantabria. La muerte le llegaría antes que los homenajes, rendidos por amigos como el pintor Manuel Calvo o el cronista Benito Madariaga de la Campa.

Estos días, Manuel de la Escalera está de nuevo de actualidad; tras el rescate de sus memorias del presidio en 2014, la editorial Akal ha anunciado la reedición de ‘Mama grande’, en la que repasa sus vivencias infantiles en México, y próximamente reaparecerán sus ‘Cuentos de nubes’. Buen momento para descubrir por qué sus amigos le quisieron tanto.

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