«Los comediantes somos como los curas, ejercemos un oficio moralizante»

Albert Boadella, en una escena de ‘El sermón del bufón’./Jaime Villanueva
Albert Boadella, en una escena de ‘El sermón del bufón’. / Jaime Villanueva
Albert Boadella. Actor

El también dramaturgo ofrecerá el próximo miércoles en el Casyc su obra ‘El sermón del bufón’, dentro del ciclo ‘Escénicas’ de la UIMP

Rosa Ruiz
ROSA RUIZSantander

Albert Boadella (Barcelona, 1943) regresa esta miércoles a Santander con la obra ‘El sermón del bufón’, un monólogo en el que el «comediante» como se define se interpreta a sí mismo y recuerdas situaciones de su trayectoria. Se podrá ver en el Casyc, a las 22.00 horas, y en el marco del ciclo ‘Escénicas’ de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo que el año pasado le concedió el Premio Barraca.

–En ‘El sermón del bufón’ hace de Albert Boadella. ¿Es más fácil o difícil representarse a uno mismo?

–En público nadie consigue ser uno mismo. Quizás sólo lo somos en el baño, pero fuera de ahí siempre representamos el personaje con el que nos miran los demás, así que en la obra trato de ser lo más próximo a lo que íntimamente podría ver una persona en mí.

–La obra supone un repaso mordaz al oficio de comediante y, sobre todo, a su propia carrera. ¿Se ha callado algo?

–Cuando escribí mis memorias tuve claro una cosa: que todo lo que contase tenía que ser absolutamente veraz, cierto y absoluto. De forma que si tocaba un tema, lo desarrollaba hasta el final y si había alguno que afectaba a terceras personas o a mi intimidad de una forma excesiva, no lo tocaba. Con esto quiero decir que es evidente que uno se guarda cosas, pero en las que entro voy hasta el fondo.

–Supongo que también le habrá servido para hacer un repaso de su trayectoria. ¿Hay algo de lo que se arrepienta?

–Creo que uno siempre tiene que tener arrepentimiento, porque si no sería un vanidoso recalcitrante. Pero, en líneas generales, quizás de la única cosa que me arrepiento es de haber invertido demasiado de mi vida artística en Cataluña. He trabajado mucho para eso que llaman el mundo de la cultura catalana y creo que debería haberme ido a Madrid unos años antes de los que lo hice. Esto lo veo ahora, con el paso del tiempo y, sobre todo, con los acontecimientos políticos que estamos viviendo en la actualidad.

«La gente no quiere pasar por taquilla por nuestra manía de dar funciones gratis» Teatro

–El oficio de buzón, con el que da título a su obra, está muy pegado a la monarquía. Usted que ha vivido dos reinados, el de Juan Carlos I y ahora el de Felipe VI, ¿cuál cree que tiene más bufones de los dos?

–La actual monarquía lleva poco tiempo y seguramente que con el tiempo tendrá más bufones que la anterior. Los que vivimos la dictadura, siempre valoramos que el anterior rey nos facilitara el camino de la democracia, aunque si que es verdad que tenía aspectos muy graciosos, en relación a sus amistades, sobre todo a las femeninas. Yo creo que habrá más bufones en esta monarquía porque el ejercicio de reinar cada día es más complicado ya que la gente se replantea cada vez más que la herencia no puede ser determinante en nada y menos en cuanto a poder.

–En el título de su obra también utiliza la palabra sermón. ¿Boadella es un hombre creyente?

–Me atrevo a decir que hay muy pocos artistas que no tengan un sentido trascendente de la vida. El arte es la herramienta más importante para la trascendencia y yo en esta obra hago un sermón casi en la misma línea que lo haría un religioso. La mía es una profesión de moralizadores y en cierta forma somos como los curas, lo que pasa es que moralizamos en caminos distintos. Yo lo hago a través del sarcasmo y este no es el terreno de los sacerdotes. Pero en cierta medida partimos de la misma genética, la de los brujos de la tribu.

–Vuelve a Santander y a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en la que ha estado en varias ocasiones y que además el año pasado le concedió el premio La Barraca. ¿Qué recuerdos conserva de la UIMP?

–Tengo recuerdos fantásticos y no sólo del año pasado porque anteriormente ya había dado talleres de teatro. Para mí esta universidad es idílica, por el lugar, por el ambiente y, sobre todo, por toda la programación cultural que ofrece. Prueba de ello es que se ha mantenido. Es una de las pocas universidades de verano que ha logrado resistir.

–¿No cree que la Universidad, en términos generales, y el teatro han perdido su vocación crítica?

–Me parece que en la actualidad la Universidad sufre problemas de libertad. En mi caso sé que según a que universidades vaya a dar una conferencia voy a tener jaleo o no porque hay muchos universitarios que no aceptan ideas distintas. Y eso para la Universidad es algo muy grave que los propios rectores han permitido. Han dejado que se boicotee a gente con pensamientos distintos y críticos. Que hoy en día haya gente que no pueda ir a la universidad a exponer ideas distintas es un retroceso.

«Se ha creado una paranoia contra un enemigo inexistente, que es España» Cataluña

–¿Desde que empezó a trabajar hasta ahora cree que los españoles hemos aprendido a ver teatro?

–España tiene una tradición teatral extraordinaria. Es, junto con Francia, Italia o el Reino Unido, uno de los países del mundo con mayor tradición cultural. Pero en España hay un problema que es que la gente no valora el teatro en el sentido económico. En la taquilla. La gente no quiere pagar por ver teatro o al menos su precio real. Y en eso tenemos mucha culpa nosotros, lo propios comediantes, con la manía de hacer teatro gratuito, invitar o poner las entradas muy baratas. Esto es un inmenso error. Si el teatro tuviera su precio real, la gente lo pagaría y ahora no habría los problemas económicos que hay.

–¿Sigue sosteniendo que se puede hacer teatro sin literatura?

–Sin duda. En mis inicios hice teatro durante casi seis años sin literatura. Era teatro puramente visual, de expresión corporal. La propia danza es una forma teatral sin literatura. Por eso creo que la literatura es un elemento importante, pero no esencial.

–¿La crítica y la denuncia social llega mejor por medio del humor?

–El humor es uno de los refinamientos mayores del hombre civilizado. Marca distancia con los acontecimientos. Yo reconozco que me gusta ver la vida, incluso las cosas trágicas, con un cierto sentido del humor. Con sarcasmo y con la propia paradoja de porqué estamos en este mundo, que aún no lo sabemos, ni que hacemos. Para mi el humor es una forma muy refinada de pensamiento.

–Últimamente proliferan los monólogos, ¿es por la crisis que afecta a su profesión o porque los actores son cada vez más individualistas?

–Es cierto que últimamente hay muchos monólogos por cuestiones de crisis económica porque el teatro no ha sabido resolver sus formas de producción. Siempre ha estado pendiente de lo que cae del ‘papá Estado’ y en esto se ha equivocando. Ahora bien en mi caso no es así. En esta obra el monólogo es obligado porque hablo en primera persona de mi vida. Creo que es un caso insólito en la escena porque el teatro siempre es ficción y en este caso no la hay.

–El eterno debate de Cataluña y la independencia, ¿no le da algo de pereza?

–Más que pereza me provoca rechazo. Hace mucho años que predije que Cataluña, con dos generaciones educadas en el odio a España, iba directa hacia la independencia. Nadie me hizo caso y por eso todo esto que está ocurriendo ahora me provoca una inmensa tristeza. Me deprime ver como un territorio que ha sido ejemplo de sentido común, de sensatez y de buen vivir se ha convertido en una patochada constante con la gente enferma de paranoia contra un enemigo inexistente que es España.

Fotos

Vídeos