«Cuando me dibujo, me pongo más alto y más guapo»

Paco Roca posa sonriente delante de un mural. / kai försterling/efe

El premiado novelista gráfico casi no conduce por miedo a perderse y a no encontrar aparcamiento | El Goya por ‘Arrugas’ se lo dejó a un amigo con un restaurante en crisis

FERNANDO MIÑANA

Durante muchos años los veranos de Paco Roca (Valencia, 1969), autor de exitosas novelas gráficas como ‘Arrugas’, no eran veranos. «Tengo una profesión en la que no tengo vacaciones nunca, pero tampoco trabajo a tope nunca. Hasta ahora el verano me daba un poco igual porque viajaba en enero a cualquier país y aprovechaba para quedarme unos días más, pero desde que tengo dos niñas empieza a parecerse a los de la infancia». Una niñez con veranos abrasadores en un chalet entre las localidades valencianas de Marines y Olocau que es el protagonista de su novela gráfica ‘La casa’. «Fue algo generacional. Aquellos padres que, con mucho esfuerzo y sin otras aficiones, se hicieron una casita austera y sin ningún criterio estético».

– De niños leíamos en verano los cómics de ‘Tintín’, ‘Astérix’, ‘Mortadelo y Filemón’... ¿Qué ha sustituido a aquello?

– Sigue haciéndose cómic infantil y en España siguen siendo Ibáñez y ‘Mortadelo y Filemón’ prácticamente los que ocupan todo en el cómic infantil. A nivel mundial aún se vende Astérix, pero se ha ido renovando todo.

– Cuando uno se dibuja a sí mismo, como hace en ‘Memorias de un hombre en pijama’, ¿no cae en la tentación de hacerse más fuerte, más alto o más guapo?

– Por supuesto. Me pongo más alto y más guapo. Y mis amigos me lo dicen que me he quedado estancado en hace diez años. Pero al final se convierte en un personaje con identidad propia que tiene muchas de tus neuras pero también muchas exageraciones. Lo curioso es que la gente empieza a tratarte como si fueras ese personaje.

– ¿Qué cuelga de las paredes de la casa de un dibujante?

– De todo menos mis dibujos. Me cuesta verlos porque no te relajas nunca: siempre estás viendo lo que has hecho mal. Tengo algunos dibujos de mi chica o de mis hijas. También cuadros o ilustraciones que me han regalado amigos. Uno de mis grandes tesoros es del hombre que hacía las portadas de las ‘Joyas literarias juveniles’, que editaba Bruguera cogiendo clásicos y convirtiéndolos en cómic. Muchas son icónicas y cuando lo conocí nos intercambiamos unos dibujos y tengo la portada de una novela de Julio Verne en un lugar privilegiado.

– El morbo de los trofeos. ¿Qué hizo con el Goya?

– Menos en mi casa anda siempre por algún sitio. Nada más me lo dieron se lo dejé a un amigo que tenía un restaurante, no le iba muy bien y me lo pidió para ver si le daba suerte y la gente quería hacerse fotos con él. Después de eso ha ido de una exposición a otra hasta ahora. Ningún premio ocupa un lugar destacado. No ya por vanidad, sino porque la mayoría de los premios son muy feos y mi chica no me deja ponerlos. Los más especiales, como el primero del Salón del Cómic de Barcelona, o uno que dieron en Roma a mi trayectoria, los tengo casi ocultos por los libros.

– ¿Qué lee ahora?

– Me gusta leer libros dedicados a lo que es el oficio de contar y ahora estoy con ‘De qué hablo cuando hablo de escribir’, de Murakami.

– Una novela gráfica.

– ‘La grieta’. No está dibujado, sino que es el trabajo de un fotógrafo y un redactor que estuvieron viajando por todos los países europeos que hacen frontera. Desde Ceuta y Melilla hasta Turquía, Finlandia... Viendo el sentimiento europeo y lo que hay en esas fronteras. Está hecho con fotografías.

– ¿Y una película animada?

– ‘La tortuga roja’.

– ¿Ve la vida con ojos de dibujante? ¿Traduce situaciones cotidianas a su lenguaje?

– Hay una mezcla. Lo primero es que te obligas a estar más atento que otra persona a todo lo que te rodea. Necesitas una acumulación de anécdotas o experiencias y estás obligado a estar atento. Y a veces, como pasatiempo, acabas de vivir una situación y piensas cómo lo contarías en una viñeta, en un cómic...

– ¿Cuál ha sido su último gran despiste?

– Hace poco perdí la cartera en el tren durante un viaje. Un amigo me dejó 50 euros y cogí un taxi. Le dije al taxista que llevaba 50 euros y empezó a pegarme la bronca. «Desde luego, ya eres el segundo de hoy...». Entonces hice lo de la mentira-bola: «Es que he ido al cajero y me ha dado un billete de 50». A lo que replicó: «No pasa nada, puedes pagar con tarjeta». Claro, entonces no sabía cómo decirle que era mentira, tuve que contarle toda la historia desde el principio, bajar a cambiar...

– ¿De verdad dejó de conducir porque se perdía?

– Me estresa porque me pierdo con facilidad. Lo que más me agobia es la sensación de no poder volver a aparcar nunca. Se me da fatal. Cada vez que cojo el coche me imagino, veinte años después, dando vueltas buscando un sitio.

– ¿Qué llegará tras el verano?

– Estoy terminando una recopilación de ‘Un hombre en pijama’, que saldrá en septiembre. Y para noviembre voy a sacar un libro-disco con José Manuel Casañ, el cantante de Seguridad Social. Es algo que no se suele hacer en un cómic: una conversación. Durante años nos reuníamos para hablar del proyecto y en esas conversaciones hablábamos de mil cosas. Y llegado a un punto pensé que lo verdaderamente interesante no era el proyecto, sino las conversaciones que habíamos tenido durante dos o tres años.

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