El lápiz afilado de félix de Azúa

El académico y ensayista se sube a la tribuna de la UIMP y El Diario

Javier Menéndez Llamazares
JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

Para muchos jóvenes lectores de la época, Azúa fue una revelación, una especie de estrella pop en la narrativa de los ochenta, cuando nos dejó alucinados con su ‘Historia de un idiota contada por el mismo’. Corría 1986 y Anagrama, más que una editorial, era una fábrica de textos sagrados, una ventana a lo que debía ser una España distinta: Ignacio Martínez de Pisón, Enrique Vila-Matas, Javier Tomeo, Álvaro Pombo… y Félix de Azúa. Con una ironía demoledora, su personaje iba desmontando una a una todas sus experiencias, las etapas de su vida, rastreando bajo las apariencias –la felicidad, el orden, la justicia, la esperanza– para descubrir con desagrado el enorme vacío existencial de una generación traicionada en todo lo que le había sido dado como cierto. Una novela durísima en su mensaje, pero que capeaba el pesimismo con un humor descarnado, visceral, y una capacidad inédita en nuestras letras para evitar tomarse a sí mismo demasiado en serio: «Me aburría practicando una sexualidad de bolsillo», o «Aquella tarde descubrí el valor del suicidio», por entresacar algunas citas. Desde entonces, se diría que Félix de Azúa ha vivido varias vidas paralelas, casi siempre a lomos del éxito. Este barcelonés del 44, fue poeta de los novísimos –Castellet le incluyo entre sus nueve elegidos, él se lo agradeció lamentando que el profesor no gobernase en Cataluña–, las huelgas del sesenta y ocho en la universidad le empujaron hacia París, donde Agustín García Calvo le ganaría para la filosofía.

En el futuro sería profesor de estética en el País Vasco y luego catedrático en Barcelona. Tras bascular de la poesía a la narrativa, logrando con ‘Diario de un hombre humillado’ el premio Herralde del ochenta y siete, que vino a rentabilizar los méritos de su obra anterior. El máximo reconocimiento le llegaría en 2015, al ocupar el sillón H de la Real Academia Española.

Aunque su gran dimensión pública se debe al columnismo, ejercido titánicamente durante cuatro décadas en medios nacionales y catalanes. Su opinión, casi siempre a contracorriente, ha ido evolucionando hacia posiciones integradoras y alejadas de los nacionalismos. En 2005 fue uno de los fundadores del partido Ciutadans de Cataluña; seis años más tarde, se trasladaría a Madrid, desde donde sigue observando la actualidad política y social con el lápiz afilado y el espíritu más crítico que nunca. No rehúye ninguna polémica, y precisamente por eso siempre merece la pena escuchar lo que tiene que decir.

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