La vida, mismamente

Hay libros que te hacen mejor persona, que ennoblecen tu forma de ser. Gracias a ellos aprecias de otra manera el mundo, lo encaras con mejor provecho y te enfrentas a sus pobladores –y a ti mismo– con un humor más adecuado a su azaroso funcionamiento. Tres ejemplos rápidos que en mi caso han provocado esa elevación indescriptible: ‘Los Miserables’ de Víctor Hugo; las aventuras de ‘Calvin y Hobbes’ de Bill Watterson, y todo cuanto he leído de Richard Ford. Al cerrar sus páginas, me entraba más luz por la cara. Pasaba la gente alrededor y me fijaba. Algo salía mal –un día se torcía, un dolor– y me parecía natural. Sentía, y sigo sintiendo cada vez que los leo, que basta con pasar a la siguiente página, y que allí aparecerá otro traspiés, otro dolor, otra frustación; pero también otra gente. O la misma. Y otra página.

Hay quien desecha a Richard Ford porque en sus novelas, aparentemente, no sucede casi nada, algo imperdonable en estos tiempos donde la diversión, la información, la moda, todo, tiene que ser eléctrico. Entiendo esa crítica, aunque en realidad (y ya me disculparán) el problema lo tenga ese tipo de lector que no encuentra chicha, aquel al que ‘Los Miserables’ le parece una fenomenal colección de peripecias, pero no se encandila con su retrato humano. Porque en los libros de Ford sucede absolutamente todo. La vida, mismamente. Estás con un amigo tomando una caña anodina y os transcurren varios minutos callados los dos. Un día rutinario de trabajo de los que no te dejan huella alguna. O cuando estás viendo la televisión pero no estás viéndola, sino deambulando por las peregrinas preocupaciones del dinero, el sexo, los jefes y demás. Todo eso sucede en Ford.

Su talento reside precisamente en relatar la normalidad con una aparente normalidad de estilo (en realidad, el fluir sencillo y perfecto de un río) que transforma nuestro aburrimiento en algo formidable. Con sus líneas reposadas, Ford magnifica la poca cosa que somos. Es pura vitalidad. Lean bien un trayecto en coche de Frank Bascombe, su personaje más conocido, y al día siguiente conducirán con esa placidez que nos vendían aquellos anuncios de BMW que invitaban, de una forma temeraria, a sacar la mano por la ventanilla. Con Richard Ford, no hace falta ni bajarla.